Desde tiempos remotos, filósofos, pensadores y científicos se han preguntado: ¿qué influye más en el carácter y, por tanto, también en el destino de una ... persona, la naturaleza o la crianza? En general, todos coinciden en que somos el resultado de una mezcla entre nuestra forma de ser innata y el modo en que las circunstancias externas nos moldean y modifican.
La visión de Freud al respecto era compleja y evolucionó con el tiempo. Él reconocía el rol que juegan los instintos y las pulsiones inconscientes en el comportamiento de cada uno. Pero al mismo tiempo enfatizaba la importancia de circunstancias y experiencias tempranas. O dicho en sus palabras, el por él llamado «ello», que representa los instintos primitivos, mientras que el ego y el superego, o superyó, se desarrollan a través de interacciones con el entorno. En resumen, para Freud existen las pulsiones naturales, pero él enfatiza también el papel que juegan las experiencias tempranas y los procesos inconscientes a la hora de moldear el comportamiento humano.
Entre los filósofos existen teorías que difieren. John Locke, por ejemplo, pensaba que la mente humana es una tabula rasa que se moldea y cobra forma a través de las circunstancias y experiencias de cada uno. Kant, en cambio, sostenía que la estructura cognitiva innata configura nuestra comprensión del mundo. Rousseau, por su parte (y esta es la teoría que más ha prevalecido de todas), afirma que el ser humano es bueno por naturaleza y son las instituciones y la sociedad quienes lo corrompen.
En la actualidad el fenómeno está siendo estudiado desde un punto de vista menos filosófico y más científico, digamos. Son especialmente interesantes los estudios que se han hecho observando el comportamiento de gemelos idénticos que, por circunstancias, se han criado en ambientes diferentes (al ser adoptados por distintos padres, por ejemplo). Gracias a esta observación, se han podido elaborar algunas estadísticas que apuntan, por ejemplo, a que la heredabilidad del coeficiente intelectual es de alrededor del 40-50 por ciento, mientras que el entorno supone del 20 al 30 por ciento. Pero no solo la inteligencia conforma una personalidad. Hay otros factores que juegan un papel importante en la forma de ser de cada uno, como la bondad innata, el hecho de si esa persona es apocada o no, optimista o no, etcétera.
En estos casos, la ratio es 40-50 por ciento para la naturaleza, mientras que el entorno o la crianza explican del 20 al 40 por ciento. Otro parámetro que se ha medido es la varianza de la felicidad. En este caso, la genética influye en un 35-50 por ciento, mientras que el entorno y la crianza se quedan en el 20-30. En cambio, en otros factores como es el desarrollo del lenguaje, el entorno juega un papel claramente preponderante. Y lo mismo ocurre con los gustos y las aficiones, de modo que padres que aman la cultura o el deporte, por ejemplo, suelen contagiar estos gustos a sus hijos.
Me sorprendieron estas estadísticas porque da la impresión de que, excepto en el último apartado, me refiero al que tiene que ver con los gustos, la naturaleza gana ampliamente a la crianza. Inquietante como dato que nuestro destino pueda estar tan configurado por la genética, y seguro que Rousseau –que pensaba que la especie humana es mirífica– se revolvería en su tumba si lo conociera. Pero para mí estos estudios ponen de manifiesto otro dato adicional.
Hoy en día se tiende a pensar que la maldad, la falta de empatía y el egoísmo se explican siempre por las circunstancias personales de cada individuo, por su pasado, por sus traumas, por las malas experiencias sufridas. «Sí –se dice–, fulano es un ladrón, un abusador, una mala persona, pero es porque su mamá no lo quería y el pobre tuvo, además, tal o cual experiencia traumática». Como si una infancia desdichada justificase cualquier mal comportamiento posterior. Como si todas las personas que han tenido un pasado infeliz, al hacerse adultos, se convirtieran en ladrones, abusadores o malas personas, cuando obviamente no es así. Precisamente hay mucha gente que ha tenido experiencias brutales y luego ha elegido el bien, no el mal.
Supongo que la discusión sobre qué pesa más, ¿naturaleza o crianza?, seguirá asombrándonos hasta que la ciencia consiga dar un veredicto más afinado al respecto. Mientras tanto, yo, al menos, seguiré pensando que somos una mezcla imperfecta de las dos, pero que, por encima de ambos condicionantes, está la libertad del individuo de elegir qué tipo de ser humano quiere ser. n
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Carmen de Posadas es una escritora uruguaya nacionalizada española. Ganadora del Premio Planeta en 1998 con «Pequeñas infamias»
Publicidad
Más de
Desayuno de domingo con...
Por Virginia Drake | Fotografía: Javier Ocaña
Tecnología de vigilancia
Carlos Manuel Sánchez
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia