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Pequeñas infamias

Nostalgia de la hipocresía

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Me habrán oído comentarlo más veces: soy gran partidaria de la hipocresía. La considero uno de los pilares de la civilización, una práctica generosa y muy necesaria para la convivencia. ¿Se imaginan que todos fuéramos por ahí diciendo lo que pensamos o comportándonos como realmente somos? El mundo sería invivible o habría explotado siglos atrás. Porque –como también me habrán oído decir al ser una de mis citas favoritas– la hipocresía (La Rochefoucauld dixit) es «el homenaje que el vicio rinde a la virtud».

Los que no valoran esta positiva cualidad tienen una visión muy elemental de la hipocresía. Piensan de inmediato en un pelota o en un fariseo ... dándose golpes de pecho mientras practica lo contrario de lo que predica. Obviamente la hipocresía tiene esa cara negativa, pero tiene otra mucho más útil a la ciudadanía. Acorde con la máxima de La Rochefoucauld, la hipocresía hace que los que no son virtuosos, en aras de parecerlo, acaben acometiendo acciones que son positivas para la sociedad. ¿Qué importa, por ejemplo, que un tiburón de las finanzas al llevar a cabo una acción filantrópica lo haga no por su buen corazón, sino para quedar ante la comunidad como una persona comprometida y generosa; o que un individuo de escasa catadura moral intente redimirse donando una fortuna a una causa noble? Cuantos más truenos vestidos de nazarenos haya por ahí, mejor para todos.

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