Pequeñas infamias
¿Para qué sirve la utopía?
En tiempos tan convulsos y acelerados, con bomberos que actúan como pirómanos y mandatarios que se comportan como elefante en cacharrería, pensando solo en ellos ... y después de mí el diluvio, me gustaría hablarles de la receta Eduardo Galeano para tiempos oscuros. La fórmula de mi talentoso compatriota y autor de Las venas abiertas de América Latina no es una que arengue a las masas a ir a las barricadas o a tomar las calles, tampoco a quedarse en casa lamentándose de que el mundo no tiene arreglo. Se trata de una receta para no perder la esperanza, la confianza en el mañana ni las ganas de seguir adelante y cambiar el mundo.
Una sociedad pesimista y desesperanzada es terreno abonado para que surjan charlatanes con soluciones fáciles a problemas difíciles
Ustedes, que me conocen, saben que soy poco dada al buenismo. Menos aún a esas bellas y huecas palabras que sirven solo para que quien las pronuncie quede como una persona suuupersensible y coseche un montón de likes y pulgares arriba en las redes. Me aburren los que hablan mucho y hacen poco, me postran los topicazos inanes, me producen un descomunal bostezo las naderías del tipo: todo el mundo es bueno, así que hagámonos un selfie con una frase guay y con eso ya colaboramos con la paz mundial. Por eso, hasta ahora no recelaba de las utopías, las veía como un desiderátum inútil, un azucarado engañabobos.
Más aún en tiempos convulsos en los que soñar quimeras es tanto como dejarse arrastrar por tal o cual corriente. Y no, no es fácil posicionarse cuando la historia se acelera y centrifuga, cuando pasan mil cosas y ninguna buena al tiempo que saltan por los aires (dinamitadas precisamente por quienes deberían velar por preservarlas) todas esas leyes, convenciones y líneas rojas que configuran un estado de derecho y una sociedad vertebrada.
Fue entonces cuando descubrí una frase sabia de Eduardo Galeano al respecto. Una vez le preguntaron si creía en la utopía y si no se trataba solo de una aspiración de filósofos, una idea inalcanzable. Su respuesta fue que sí, que en efecto es inalcanzable, porque la utopía es como el horizonte. Si uno se acerca dos pasos, el horizonte se aleja otros tantos. Camina uno diez y se desplaza otros diez. ¿Para qué sirve entonces la utopía? Pues sirve precisamente para eso, para caminar, para avanzar. Esa es la idea que quería compartir con ustedes hoy.
Galeano modestamente confesó que la teoría no es enteramente suya, que surgió en un conversatorio en Cartagena de Indias en el que participaban otros ponentes. Pero da igual. Lo importante es que, gracias a él, la frase ha hecho fortuna y ahora son muchos los que saben que soñar con lo inalcanzable sirve para continuar y, por tanto, descubrir que un mundo mejor es posible.
También –o, mejor dicho, sobre todo– sirve para recordar que no hay que rendirse al pesimismo. Porque una sociedad pesimista y desesperanzada es terreno abonado para que surjan salvapatrias, charlatanes y otros aprovechados que proponen soluciones fáciles a problemas difíciles.
Por eso yo, que soy la reina del pesimismo, la emperatriz del «esto no hay quien lo arregle», me he hecho fan de la utopía. Y, de pronto y para mi sorpresa, he descubierto que estoy muy bien acompañada. Además de Eduardo Galeano, que ha sido quien me ha abierto los ojos al respecto, y de Tomás Moro, acuñador del término, son muchos los que han cantado sus virtudes. Como el filósofo Ernst Bloch, para quien la utopía es una función de la esperanza y el motor que impulsa a transformar el presente. O Marcuse, que decía que es un deber político perseguirla.
Pero tal vez mis dos citas preferidas al respecto sean, por un lado, una de Oscar Wilde, que sostiene que el progreso no es más que la realización de las utopías. Y, por otro, aquel grafiti que se hizo famoso en Mayo del 68 y que rezaba así: «Seamos realistas, soñemos con lo imposible». Con esta idea me quedo y mañana, al conocer el próximo disparate e irresponsabilidad supina de quienes nos gobiernan, pensaré que los seres humanos somos así, tenemos que bajar a las tinieblas antes de regresar a la luz. (Lo que espero es que no tardemos mucho en recuperarla; menudas lumbreras y averiados faros de Occidente tenemos ahora mismo).