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Pequeñas infamias

Por qué hacerlo fácil…

Carmen Posadas

Carmen Posadas

No sé a ustedes, pero a mí me parece que existe una conjura cósmica, una especie de rebelión de los objetos que parecen decir: ¿por qué hacerlo fácil cuando podemos hacerlo difícil? Les pongo algunos casos. Antes había actividades que no entrañaban complicación alguna, como abrir un grifo. Se metía uno medio dormido en la ducha y sabía que una llave era para el agua caliente, otra para la fría; si giraba a la izquierda, salía más agua; a la derecha, menos. Sencillísimo y elemental. Ahora, en cambio (y la pesadilla se produce sobre todo en los hoteles), hay que hacer un curso de ingeniería para averiguar cómo funciona la grifería. Nada de abrir, cerrar, caliente, fría, vaya vulgaridad; se ha sustituido el sistema por un artilugio al que llaman 'mando inteligente' que, supuestamente, sirve para todo. Solo que no sabes nunca cómo se activa; empiezas a trastear, y si lo giras, pongamos que a la izquierda, va y te cae una catarata de agua en la cabeza (helada, por supuesto). O, si no, se activan unos chorritos laterales potentísimos que no sirven más que para congelar salva sea la parte. Todo esto, por supuesto, si tenemos la suerte de que salga una sola gota de agua, porque muchas veces el diabólico invento solo se activa si se pulsa un botón de 'start', que, por supuesto, sin gafas y con el cabreo, es imposible de encontrar.

Antes uno encendía la tele y cambiaba de canal, tan campante. Hoy hay que hacer un curso de ingeniería para poner las noticias

Otro misterio insondable es cómo se ha complicado el asunto de destapar un bote de vitaminas, pongamos por caso, o un enjuague bucal. Sí, vale, ... ya sé que es un sistema de seguridad para que no lo abran los niños. Pero tampoco lo abre un adulto. A menos que sea Houdini. ¿Y qué me dicen de la pelea que hay que mantener a la hora de instalar una sillita de bebé en la parte trasera del coche o plegar un carrito de niño de esos superatómicos que cuestan un pastón? Más de una abuela (o abuelo, o incluso padre) he visto yo a punto de hacerse el harakiri en el parking de un supermercado: el nene –o los nenes– corriendo entre los coches mientras el esforzado ancestro se desespera tratando de averiguar cómo rayos se despliega el condenado artefacto.

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