Bill Gates ha confesado alguna vez que le encanta lavar los platos; el duque de Windsor no descuidaba jamás su labor de aguja, en especial ... sus almohadones petit point para el salón; Carlos IV, rey de España, era experto en arreglar relojes viejos, mientras que Voltaire era un jardinero consumado. Igual que Napoleón, que durante su exilio en Santa Elena se dedicó a rediseñar y trabajar su jardín, según él, para mantenerse cuerdo. Tal vez también usted sienta debilidad por alguno de estos cometidos menores, domésticos y en apariencia ociosos. ¿Le gusta, por ejemplo, dedicar los domingos a ordenar su biblioteca, o a preparar tartas de merengue? ¿Le relaja muchísimo planchar o arreglar la tostadora? En ese caso, bienvenido al mundo puttering.
Como los anglosajones tienen términos para todo, han desempolvado este vocablo derivado del verbo to putt, que los golfistas conocen bien, solo que en esta acepción sirve para describir «el hacer pequeñas tareas cotidianas e improductivas, pero útiles, sin prisas y de forma relajada». Si hace años la sociedad y, en especial, los urbanitas descubrieron en el deporte la mejor forma de luchar contra esos tres tiránicos dioses que rigen nuestras vidas –Productividad, Rendimiento y Eficacia–, existe ahora otro medio, igualmente efectivo, de combatirlos.
Está comprobado científicamente que realizar un trabajo menor, incluso una labor rutinaria y tediosa como ordenar la mesa de trabajo, afilar lápices o lavar la vajilla, como hace Bill Gates, tiene ventajas neurológicas. La Universidad de Texas llevó a cabo el siguiente experimento.
Como preparación para un examen difícil, se le pidió a un primer grupo de voluntarios que estudiara lo máximo posible; al segundo grupo, que la víspera del examen se fuera de copas con los amigos; y al tercero, que regara las plantas o hiciera alguna reparación casera. El resultado fue que el tercer grupo obtuvo mucho mejores notas en el examen que los otros dos. Es lo que algunos expertos llaman 'reseteo mental', ocupar el cerebro en tareas menores antes de acometer una labor complicada. En realidad, es lo que hacían nuestros abuelos cuando les daba por tejer almohadones de croché para el dormitorio o encolar una silla rota. Al margen de su función decorativa o económica, aquello aportaba –y aporta– un beneficio mental.
«Si es así y emplearse de vez en cuando en lo banal tiene multitud de ventajas, ¿por qué no lo hacemos con más frecuencia?», se pregunta Stacey Bedwell, del Instituto de Psiquiatría y Neurociencia del King's College de Londres. Y ella misma se responde: «Por la culpa. Tenemos tan interiorizado que todo lo que hacemos ha de ser productivo que la idea de 'perder el tiempo' con trabajos menores nos llena de ansiedad». Por suerte, este modo de ver las cosas comienza a cambiar y los mejores aliados del noble arte del puttering están siendo las redes sociales. Las mismas a las que tantas veces se ha acusado de fomentar la productividad, la competitividad y la carrera de ratas.
Resulta que, de pronto, TikTok e Instagram están llenos de hashtags como #puttering, #slowliving o #domesticharm, donde se muestran vídeos en los que aparecen millones de personas realizando labores sencillas como restaurar muebles, ordenar armarios, hacer mermeladas y mil otras actividades que suelen acompañar de música relajante. Hay quien dice que este redescubrimiento de las pequeñas tareas se lo debemos a la pandemia cuando, aburridos como hongos, nos encomendamos, sin saberlo, al puttering. Algún día habrá que hacer un recuento de cambios favorables que nos trajo aquella gran tragedia.
Así de pronto se me ocurren varios: reconexión con la familia y los amigos; solidaridad (al menos momentánea) con personas menos afortunadas; apreciación de la naturaleza; implantación del teletrabajo y, también, el aprendizaje de nuevas habilidades y, por tanto, el descubrimiento del puttering. Yo espero que ahora que lo hemos bautizado, el hacer cosas banales se convierta en una necesidad, como la que tenemos de practicar deporte con regularidad. Un hábito saludable que ayude a contrarrestar la carrera de ratas en la que estamos metidos.
Además de los ejemplos de personajes conocidos mencionados antes, se sabe también que Taylor Swift se dedica a hacer globos de nieve que regala a sus amigos por Navidad; Julia Roberts, a tejer jerséis en los descansos de los rodajes, mientras que Reese Witherspoon y Oprah Winfrey han convertido su pasión por la lectura en otro hábito saludable creando clubs de lectores, con millones de miembros cada uno. Se estima, por ejemplo, que Oprah lleva vendidas cerca de 60 millones de copias de sus libros favoritos. Pero el puttering no tiene por qué ser rentable ni monetizable. Ni falta que le hace, porque su máximo beneficio es otro. El placer y el bienestar.
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Carmen de Posadas es una escritora uruguaya nacionalizada española. Ganadora del Premio Planeta en 1998 con «Pequeñas infamias»
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