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Pequeñas infamias

Virtudes sobrevaloradas

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Entre las preguntas que plantea el famoso cuestionario Proust, mi favorita es esta: «¿Qué virtud considera usted que está más sobrevalorada?». Como a dicho cuestionario se han sometido todo tipo de personas conocidas, es curioso ver qué opinan unas y otras. Para Martin Scorsese, por ejemplo, la virtud más sobrevalorada es la prudencia. Su argumento es que, sin los osados e imprudentes, la humanidad aún estaría en la caverna. El afamado psicólogo y catedrático Steven Pinker, por su parte, señala otra virtud, la autenticidad, tal vez porque quien se declara auténtico suele arrogarse patente de corso: «Digo y hago todo lo que me da la gana, caiga quien caiga, soy tan auténtico…».

Ante mi estupor, la virtud más sobrevalorada según Kenneth Branagh es la dignidad. Para mí, la dignidad es una cualidad espléndida que, según el diccionario, ... describe a un individuo que siente respeto por sí mismo y por los demás. No sé por qué le disgusta tanto a Branagh, me encantaría preguntárselo, pero él no se extiende en explicar el porqué. Imagino que será porque en lengua inglesa dignidad tiene un componente de pomposidad, de arrogancia incluso. En cuanto al noruego Gustav Iden, triatleta y campeón de Ironman, la virtud más sobrevalorada es la humildad. «No me importa que me tachen de soberbio», ha declarado en alguna ocasión. «En el deporte, la humildad sobra. Hay que creerse el número uno, es la única manera de acabar siéndolo». A Nietzsche le hubiera encantado esta respuesta, también él consideraba muy sobrevalorada esta virtud, y eso a pesar de que él de deportista tenía poco.

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