El bloc del cartero
Ancianidades
Reclama el autor de nuestra carta de la semana que lo llamen anciano, sin echar mano de tanto eufemismo compasivo que acaba siendo condescendencia. Alega otro que cada vez hay más vida en la vejez, para reclamar más esperanza y menos desdén y conmiseración. Nos guste o no, avanzamos hacia una sociedad donde la gente de edad será legión y más vale que acertemos a ingeniar entre todos una alternativa al triste plan de convertirse en lastre remolcado a duras penas por una juventud menguada, precarizada y en cierta medida enfadada con sus mayores. Queramos o no, somos por los que fueron antes de nosotros, y no hay más horizonte que los que serán después. Si nos habláramos unos a otros más, y con menos tapujos, nos ahorraríamos desmemorias y malentendidos varios.
Cartas de los lectores
Más vida
Cada vez tienen más presencia los ancianos. En XLSemanal escriben y se escribe sobre ellos con un importante tono positivo. Ya sobran noticias sobre el ... descarte de los mayores y abuelos, pero ellos y nosotros necesitamos más dosis de esperanza. Un amigo acaba de cumplir ochenta años y sigue trabajando en sus proyectos, aunque el principal es su familia, compuesta por más de cincuenta entre hijos, nietos y bisnietos. Por ahí debe ir la cultura de la vida. Y se entienden bien aquellos versos de Quevedo: «Alma a quien todo un dios prisión ha sido, / venas que humor a tanto fuego han dado, / médulas que han gloriosamente ardido, / su cuerpo dejará, no su cuidado; / serán ceniza, mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado». Muy oportunos me parecen en noviembre.
Jesús Ortiz. Madrid
Los crímenes de los republicanos
He leído algunas cartas aquí sobre la Ley de Memoria Democrática en las que solo se habla de los crímenes del franquismo, pero se olvidan de los de los republicanos. Nací poco después de la guerra y mis padres me contaron lo que pasaba. En Cataluña, se contabilizaron los asesinados por los dos bandos: por los franquistas, unos 3800; por los republicanos, unos 8100. Hace tiempo leí un artículo de una persona que vivía en el extranjero y que era de los que asesinaban. Dijo que pasaban por la oficina y les decían a quién matar. Iban a su casa; si estaba solo, se lo llevaban, lo mataban y tiraban el cadáver en una cuneta; no sabían quién había sido. Si había más familiares en casa, se lo llevaban, lo mataban y echaban su cuerpo en el horno de una fábrica de cemento cercana. Luego decían que lo habían dejado libre. Y a cuántos religiosos y religiosas mataron solo por serlo. Me creeré la Ley de Memoria Democrática cuando hagan una reproducción de una checa, para que se pudiera ver cómo los republicanos torturaban y mataban.
Miguel Masip Prunera. Lleida
Una pequeña historia
Iba paseando con mi esposa por la alameda, andando despacio, ya que somos personas mayores. De pronto, una niña de ojos como platos y dos trenzas (de no más de 3 o 4 años) se separó un poco de sus padres y se me quedó mirando fijamente y sonriendo. Yo también le sonreí, me acerqué a ella y le dije que estaba muy guapa (los padres observaban complacidos). Enseguida nos despedimos y yo le hice un gesto con la mano mandándole un beso y ella lo correspondió de igual modo. Todo duraría un par de minutos, seguro que a la niña se le olvidó pronto. A mí me durará toda la vida: aquella mirada tan profunda y sonriente era todo felicidad; la mía, también. En tiempos tan difíciles, esta pequeña historia real conforta al permitirnos comprobar lo humanos que somos y con poco nos conformamos.
Arnaldo Muñiz. Santander
Soy anciano
O viejo (no me denigra la denominación). Vean la escena: el abuelo pasea con la nieta, de la mano; en un edificio pone 'centro de mayores'; la niña, orgullosa de sus avances en la lectura, deletrea el rótulo y salta: «¡Abuelito, aquí puedo entrar; ya soy mayor!». Esta sociedad quiere hacernos felices; por decreto, con eufemismos pretende eliminar los fallos de la naturaleza. Seguro que los cojos, ciegos, mancos, sordos se consideran lo que son. La mayoría, con un gran esfuerzo y determinación, ha superado su discapacidad y realiza sus actividades como quienes nos consideramos normales. En mi larga ancianidad nunca me he sentido disminuido ni aburrido. He seguido con mi vicio de la lectura, mi colaboración como voluntario y escribiendo 'mis cosas'. En la entrega de premios del Concurso de Relatos y Microrrelatos patrocinados por La Caixa y RTVE no se pronunció ni una vez la palabra 'ancianos'; menos aún 'viejos'. Apenas 'mayores'; solo faltó 'mayoras'. Seguro que los miles que hemos participado varias veces en este prestigioso concurso no nos hubiéramos ofendido con 'ancianos'. Aún no nos ha llegado la decrepitud. Reclamo la palabra 'anciano'.
Prisciliano Castillo. León
Por qué la he premiado… Por atreverse a llamar las cosas por su nombre, contra el hábito de eludirlo siempre.