EL BLOC DEL CARTERO
Aprendizajes
Nos cuenta un joven lector, estudiante de bachillerato de Ciencias, que a muchos de sus compañeros les parece demasiada «cultura» cursar una asignatura de Lengua ... y Literatura. Es significativo que expresarse o expresar por la escritura emociones, ideas y experiencias se considere superfluo. Cada vez tenemos más cerca, por ese camino, el momento en que cada hombre y cada mujer sean solo un engranaje, cuyo valor viene dado por su utilidad inmediata para la maquinaria. Y descuidando otro aprendizaje, el del pasado del que venimos y el testimonio de quienes nos precedieron y aún no se han muerto, vamos hacia otro precipicio que nos señala la carta de la semana: el que se disponen a sí mismos quienes solo saben pedir cuentas a otros y nunca practican la autoexigencia.
LA CARTA DE LA SEMANA
¿Qué país nos dejáis?
Sin cumplir los veinte, me preguntas: «¿Qué país nos dejáis?». Hoy se jubila una generación que nació en los cincuenta. Fuimos hijos de soldados de una guerra. Después no hubo tierras, trabajo ni justicia. Solo odio. Y desde allí levantamos un país, lo democratizamos y pusimos en el mundo. ¿Os habéis preguntado que nos dejaron a nosotros? Todo por hacer. Aprendimos a vivir y sobrevivir. ¿Calefacción? Una botella de agua caliente en los pies. Convivimos con golpes de porras. Trabajamos la tierra a mano. Ahorramos para vosotros. Comimos pan con vino y azúcar. Remendamos zapatos, pantalones, camisas. Crecimos con espíritu de rebelión. Construimos casas dignas, llegamos a la universidad y logramos un bienestar. No conocéis el pasado. Jugábamos en la calle, que nos enseñó a vivir. Sois hijos del coche, del ordenador e Internet. No conocéis la necesidad y me alegro. Pero, sin cobertura en el móvil, me preguntas: ¿qué país nos dejáis? Mi generación termina su camino. Es vuestro momento. Estáis preparados. Poder si podéis. Seguro que queréis, pero no sé si lo entendéis. Mejorad nuestra historia. No será fácil. Cuando la rueda no gire hacia delante, no vuelvas a decirme qué país os dejamos. Por favor, dadnos las gracias.
Jesús Añaños Vinue. Zarago
Por qué la he premiado… Porque a veces la conversación entre generaciones requiere estos ejercicios de memoria.
"Cultura en exceso..."
Así definió un compañero de primero de bachillerato de Ciencias la asignatura de Lengua y Literatura. Y otro la llamó «la peor clase inventada» y la que «menos nos servirá en el futuro». Quise explicar que no era incompatible dedicarse a la ciencia y tener un poco de cultura y me respondieron el título de esta carta. Por desgracia, está ya muy extendida la idea de que las asignaturas no relacionadas con los estudios universitarios que se van a cursar privan de nota de cara a la EBAU. ¿No es necesario fomentar un afán por aprender de cualquier cosa, un saber pleno, completo, al margen del oficio que se ejercerá? El mundo necesita personas íntegras, todoterreno, no pedazos de conocimiento dispersos, sino gente capaz de ejercer la dimensión crítica en cualquier aspecto, de construir una sociedad que avance horizontalmente.
Gabriel Pérez-Miranda Mata. Villaviciosa de Odón (Madrid)
El alma de Heigo
A veces les pongo a mis alumnos de ESO películas de cine mudo. Me encanta ver que se asombran ante aquellas películas de Buster Keaton, Laurel y Hardy, Charles Chaplin o Harold Lloyd: persecuciones, golpes, caídas, acrobacias... Paradójicamente, contemplan, creo, ese cine como si fuese el más innovador. En este mundo dominado por las imágenes y la rapidez con que desaparecen, mi labor es enlazarlos con una tradición que vincula el cine mudo con los espectáculos teatrales y una larga tradición de narradores. En Japón, el cine silente no acabó hasta 1941, en parte por la figura del benshi ('hombre parlante'), un actor-comentador que en la sala interpretaba los diálogos, narraba la historia, comentaba la acción e interpretaba el filme con tal libertad que a veces narraba algo diferente a lo proyectado. Algunos benshi tenían más fama incluso que los actores de la pantalla. Un hermano de Akira Kurosawa, Heigo, era benshi y no pudo soportar la llegada del cine sonoro, que acabó con el mudo, y se suicidó. Ahora que no hay casi salas de cine abiertas por la pandemia, hay más necesidad de rever esas películas mudas. Sus ansias de palabras nos deben seguir maravillando. El alma de Heigo lo agradecería.
José Manuel Gómez Fernández. Sevilla