EL BLOC DEL CARTERO
Barbarie
Los bárbaros eran para los griegos los extranjeros, cuyo grado de civilización siempre estaba más o menos en entredicho. Había algo injusto en esa mirada, ya que persas o egipcios o fenicios no dejaban de ser herederos de altas civilizaciones de logros indiscutibles, aunque no alcanzaran el refinamiento político o filosófico de Atenas. La palabra 'barbarie' designa hoy para nosotros una realidad que siempre espanta. Y aunque tendamos a situarla por inercia en lejanos desiertos o estepas, quizá, como nos sugieren algunas cartas esta semana, la tengamos más cerca de lo que pensamos. Quizá los bárbaros seamos ya nosotros mismos, cuando devoramos los recursos que el planeta no tiene, producimos una tecnología cuyos estragos no medimos o damos la espalda a quienes nos criaron y cuidaron.
Cartas de los lectores
• Demasiado tarde
Ya es tarde. Lo dice un comité de 234 científicos de 66 países que afirma que el cambio climático ya está aquí ... y se quedará por milenios. El ansia del ser humano por el dinero ha destrozado nuestro hábitat. Y no es que el planeta se vaya al traste, qué va… somos sus pobladores los que estamos en riesgo de extinción. Si sobrevivimos, nuestra acción denominará una nueva época geológica: el Antropoceno. El informe plantea varios escenarios, del más optimista al más pesimista. Yo –que siempre me he considerado realista (veo el vaso ni medio lleno ni medio vacío) y que constato que las emisiones de CO2 (gracias a lobbies, capitalismo y negacionistas) no solo no disminuyen, sino que aumentan– afirmo que nos encaminamos al peor panorama. No hacemos nada. Parafraseando al Charlton Heston en el Planeta de los simios: «¡Lo habéis destruido! ¡Yo os maldigo a todos, maldigo vuestra codicia, os maldigo!».
Miguel Fernández-Palacios Gordon. Madrid
• La línea que hay que evitar
Dedicó su vida a la ciencia, alternando la biología con los algoritmos, optimizando velocidades de cálculo y computación. Famoso por descifrar los mensajes encriptados por la máquina alemana Enigma, en la Segunda Guerra Mundial, tras la gloria, fue encerrado por homosexual, lo que lo llevó a quitarse la vida mordiendo la famosa manzana que Steve Jobs inmortalizó como logo de Apple en memoria de un genio que estudió la inteligencia rodeado, qué ironía, de una sociedad necia e intolerante. Alan Turing inició su artículo Computing machinery and intelligence con la siguiente pregunta: «¿Las máquinas pueden pensar? ¿Hasta dónde llegaremos?». Me imagino a Turing respondiendo desde su cátedra antes de que lo condenasen: el día en que la máquina sienta curiosidad, ya será tarde; habrá tomado consciencia de sí y actuará sin esperar una orden. Esa es la línea que hay que evitar.
Luis Bañeres. Bilbao
• Echarle cara al asunto
La costumbre de plantar la sombrilla en la playa a primera hora para reservar un espacio para todo el día no deja de ser un acto de ocupación del espacio público y de déficit social en civismo que, por lo visto, puede lucirse con el orgullo de quien obtiene una medalla olímpica. ¿Qué problema hay en tener un suspenso en 'comportamiento ético' si se obtiene un aprobado alto en 'cada cual a lo suyo'? Hay costumbres cuyas raíces se nutren de sustancias tóxicas, y apropiarse de unos metros cuadrados de playa, o de una mesa en un área recreativa marcando el territorio para ausentarse del lugar hasta que a uno le convenga, es una de ellas. Pero echarle hoy cara al asunto puede ser defendido como un acto de libertad, amenazado por la opresión del sentido común.
Alejandro Prieto Orviz. Gijón (Asturias)
• No somos las triunfadoras
Pertenezco a una clase de personas que solo tienen su capacidad manual o intelectual para satisfacer las necesidades humanas. Una clase cada vez más invisible en estos tiempos de redes sociales, relatos y trampas que encubren la realidad. No somos emprendedoras ni impulsamos una start-up. Tampoco viajamos cada fin de semana para acumular. No somos las triunfadoras. Los medios de comunicación nos hacen visibles solo unos minutos, a veces sin nombre, en las colas para acceder a alimentos, cuando nos desahucian, golpean, discriminan o matan en nuestros barrios, siempre en la periferia de las ciudades. Nuestros géneros, razas y opciones sexuales no son colores para banderas, pulseras o camisetas. A pesar de todo, invitamos a no olvidar que nosotras somos las que cuidamos, las que ejercemos los trabajos esenciales, las que luchamos contra la pobreza, las que sabemos que solo en lo colectivo hay opciones de sobrevivir para todas las personas. Siempre nos hacemos visibles cuando practicamos el apoyo mutuo, la solidaridad económica o acompañamos y sostenemos la vida en los lugares a los que nos ha arrojado el modelo social en el que vivimos. Sé que pertenezco a una clase de personas cada vez más invisible en estos tiempos que corren. Ya digo: no somos las triunfadoras, lo sé, pero sostenemos la vida.
Roberto Porras de Arriba. Gijón (Asturias)
• Matar y morir por nada
Sin conocerlos, sin avisarlos, sin motivos ni prolegómenos. Sin haberles dado tiempo ni a odiarlos ni a quererlos. Sin sentido, sin preámbulos, sin inicios ni medios tiempos. Sin haberlos visto ni antes ni entonces. Un golpe, y otro, una turba, una horda de odio descontrolado hacia no saben muy bien quién ni por qué. En una avenida, en un parque, unos minutos de fuerza descontrolada, grupal, aparentemente anónima y cortejada por la jauría de pertenencia al clan. De un lado y del otro, por arriba y por abajo, sin mediar palabras que calmen una agresividad embotada en un insensible y pequeño cráneo. Sin compasión, 'porque no tienen nada que perder', o porque lo poco que tenían lo perdieron hace tiempo. Porque la noche hace parda la ira de sus ojos o porque su corazón solo bombea si insultan o agreden. Cobardes amparados por todo lo que no aprendieron y envalentonados porque la ignorancia sumada es más grande y cabe. Reniegan de su autoría, culpando al prójimo de haber mediado una inexistente provocación. Porque niegan su dolo, al tiempo que la acusación les hace cubrir su rostro. Sin conocer a Samuel ni a Alexander, porque su gratuita violencia va contra todos, han matado la esperanza de no volver nunca a morir por nada.
Luis Alberto Rodríguez Arroyo. Santo Tomás de las Ollas (León)
• 'Agur', Mikel Azurmendi
Nos conocimos en unas jornadas por el L aniversario de la primera víctima de ETA, el guardia civil José Antonio Pardines, donde públicamente valoraste el trabajo de la Benemérita para que los etarras no pudieran asesinar ni destrozar más vidas. Recuerdo aquellos paseos, los tres por las playas donostiarras, el Peine de Los Vientos, Igueldo y un día al aeropuerto de Hondarribia para despedir a Irene; nos contaste tu larga e intensa vida y escuchaste con suma atención la del común amigo que nos presentó, un humilde guardia civil que también aportó su granito de arena luchando contra aquella lacra que intentó, pero no pudo, acabar contigo. Tú, Mikel, también estuviste en su diana. Luchaste como un guerrero, siempre en vanguardia y de cara, pero esgrimiendo como únicas armas la palabra y la razón. Dejas un vacío que nadie nunca podrá ocupar y echaremos de menos tus consejos y reflexiones; sabíamos que estabas preparando este viaje, nos aleccionabas de lo efímera que es la vida y que debíamos servir a los demás ejerciendo como personas de bien. No olvidaremos que en todas las charlas acabábamos riendo de asuntos banales. Has dejado una huella indeleble con tu diáfana trayectoria que siempre estará presente. Volveremos a vernos. Agur, Mikel.
Francisco Javier Sáenz Martínez. Lasarte-Oria
¿Quién nos cuidará?
Nacidos a mitad del siglo XX, hemos cuidado de nuestros padres, también de nuestros hijos y, al final, de nuestros nietos. Pero a nosotros ¿quién nos cuidará? Era un proceso natural acompañar a nuestros progenitores en sus últimos años. Y así fue como los padres murieron en su cama, rodeados de su familia diciéndose adiós. Cuidar de los hijos es el desarrollo de todo el reino animal. Alimentar, educar, enseñar fueron experiencias que se transmitían, día a día, de padres a hijos. Era una obligación que se tornaba sentimiento y terminaba en felicidad. Y también hemos dedicado una parte de la vida a nuestros nietos. Con ellos convivimos y disfrutamos orgullosos. Ahora viajamos en un imparable AVE que avanza hacia un mañana imprevisible, donde los mayores no participan. Somos viejos innecesarios en un mundo que no nos comprende ni nos necesita. El tiempo presente, el hoy, ha elegido a los jóvenes que olvidan emociones y sentimientos y dejan atrás las manos que los cuidaron, la voz que los animó y el abrazo que los ayudó. El mundo caminará sin ancianos. Si eres mayor, debes dejar tu puesto de trabajo, tu cama en el hospital o tu silla en el comedor. No importa que hayas salvado cien vidas, inventado diez vacunas o creado mil puestos de trabajo. Somos viejos. No cabemos en el sistema. Cuando no seamos útiles ni aportemos economía, o seamos dependientes, habremos comprado el billete hacia el geriátrico. Entonces, en soledad, con nostalgia, nos preguntaremos: a nosotros ¿quién nos cuidará?
Jesús Añaños Vinué. Zaragoza
Por qué la he premiado… Por la hondura de la que brota la pregunta y por la oquedad que tiene por respuesta.