El bloc del cartero
Beligerantes
Cuando una guerra estalla –y se prolonga–, resulta difícil no dejarse arrastrar a una posición beligerante. Bien mirado, más que difícil resulta imposible. Incluso quien se dice neutral está tomando partido: por quien parte con ventaja en los pronósticos. Y si ocurre, como suele, que una de las partes ha lanzado la agresión sobre la otra, hacer abstracción de ese detalle equivale a convalidarla. Hay que resignarse, en fin, a aceptar que esta condena a la beligerancia es uno de los muchos males de la guerra. Cómo no comprender la rabia que inspira nuestra carta de la semana y que pone el acento en las mentiras que el agresor ha desplegado para justificar lo injustificable. Sin embargo, en las guerras la verdad siempre es escurridiza. Dudar de todo y de todos es regla de buen juicio para no acabar contribuyendo a los estragos.
Putin no es un demonio
No soy capaz de afirmar rotundamente que Vladímir Putin es el padre de todos los males; mi espíritu crítico me obliga a dudar: a dudar ... de la OTAN, del Kremlin, de Washington, de la OMS, de la ONU, de la Unión Europea, de BlackRock, de Vanguard; también dudo de multimillonarios fabricantes de armas, balas y misiles con los que jóvenes soldados temerosos disparan. Matan y hieren obedeciendo, pero con temblor de manos y piernas, enjugándose las lágrimas con la bocamanga, vomitando. Estas organizaciones supranacionales y empresas armamentísticas son hormigas reinas que arengan a las hormigas guerreras y obreras con frases patrioteras y vehementes o para infundir terror, para que estas obreras recojan todos los pulgones posibles para poder ordeñarlos en sus hormigueros; después, aquellas las envían a otro escenario de batalla: a invadir otro hormiguero cercano; desean pulgones, muchísimos pulgones; pero sus dulces jugos, transformados en oro, dólares, euros, yuanes, expansión, poder, van todos a las cámaras reales, al fondo inescrutable del hormiguero. Estos dueños del mundo duermen a pierna suelta, sin remordimiento de conciencia; los bebés del Este duermen igual, pero en los búnkeres antiaéreos, calentitos, en los brazos de sus sollozantes madres. Finalizo instando a todos ustedes a dudar de todo lo que lean, vean y oigan; seamos pequeños 'Descartes' para lograr un verdadero espíritu crítico.
Vicente Palacios Asunción. Logroño (La Rioja)
La mesa de al lado
En estos días tan convulsos es grato ver la generosidad de las personas, la buena voluntad, el dar sin esperar recibir. Según se magnifique el problema, las muestras de nuestra humanidad se engrandecen. La guerra de Ucrania ha traído mucha desgracia, demasiadas víctimas y, por supuesto, una gran dosis de generosidad por parte de los que no han generado este conflicto. Los de a pie, no los políticos. Al final y como siempre, los que pagamos las decisiones de otros somos los ciudadanos, que al ver la tragedia en nuestros vecinos nos lanzamos a ayudar en lo que buenamente podemos. Es loable y siempre necesario. Lo que no tendríamos que olvidar es que, para ayudar, a veces, solo hay que mirar para la mesa de al lado.
Xose Rocamonde. Ourense
Vamos, Administración, vamos
Soy funcionaria. Creo firmemente en el valor de lo público y estoy convencida de que la sociedad no puede funcionar si no existen instituciones sólidas que la vertebren. Por eso siento una profunda rabia cuando se establecen mecanismos que obstaculizan el servicio a los ciudadanos. La pandemia nos ha obligado a hacer concesiones en pro de la protección de la salud. Pero los cambios operados no deben 'institucionalizarse', salvo que se demuestre su beneficio social. Me refiero a la política de 'cita previa'. Trámites tan habituales como presentar un documento en una oficina de registro, dar de alta un vehículo en tráfico o pedir un certificado de estar al corriente de las obligaciones tributarias se han convertido en una carrera de obstáculos. La gestión inmediata y directa por el propio interesado ya solo es posible mediante procedimientos electrónicos no accesibles para muchos e inviables ante peculiaridades o contingencias. Y la atención presencial exige el concierto de citas previas mediante complejos formularios virtuales o teléfonos gestionados por robots, con el resultado del retraso de las gestiones más cotidianas durante semanas o del necesario auxilio de intermediarios. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? La automatización progresiva de muchos procedimientos ¿no debería redundar en una mayor disponibilidad presencial? ¿Dónde ha quedado el objetivo de situar al ciudadano en el centro? ¿Qué hay de empoderar a los usuarios de lo público, es decir, toda la sociedad? Exploremos experiencias para mejorar, pero, sobre todo, evitemos que se enraícen prácticas que conllevan una vuelta atrás. Es tiempo de volver a construir.
Emma Álvarez Bayón. Valladolid
El Holocausto de la duda
Desde que se liberó el último campo de concentración, las víctimas del Holocausto se han enfrentado a otro ataque: el de la duda. El Gobierno ruso, desde que intentó disfrazar esta guerra como una lucha contra los nazis, ha dañado un monumento para los judíos masacrados en el Holocausto. También ha despreciado las historias de los valientes civiles, luchadores, niños, familias. Los han mirado a los ojos y, con una frialdad de corazón propia de quien ya solo está vinculado con la sed de poder, les han dicho que era todo un montaje. Vosotros sois los nazis, los monstruos, los perpetradores del asesinato de inocentes y del Holocausto de la duda, tratando de quitar a las personas sus experiencias e invalidarlas. Estáis intentando decirles: «No has perdido a tu hijo, no hemos acabado con la vida de tu hija, no has tenido que huir embarazada para salvar tu vida y la de tu bebé». Putin, quizá logres controlar tus calles (por ahora) y los medios de tu país, pero nunca la memoria de los millones de personas que están viendo lo que pasa. Así como del de Hitler, la humanidad se acordará del nombre de Putin como sinónimo de 'monstruo'. Como Hitler, no podrás cambiar el transcurso de la historia a tu favor. Gloria a Ucrania.
Carmen Sapena. Valencia
Por qué la he premiado… Porque apunta al meollo de lo injusto: la necesidad de mentir para poder justificarlo.