EL BLOC DEL CARTERO
Fugacidades
Por alguna extraña razón, que deberíamos indagar, hemos convertido en fugaz y volátil lo trascendente y nos empeñamos en hacer que perduren y nos aprisionen ... hasta lo insoportable toda suerte de nimiedades. Cada uno podrá encontrar sin esfuerzo ejemplos de lo uno y de lo otro dentro de su personal horizonte de experiencias. Se nos están escapando entre los dedos el ejemplo y la memoria, la luz y el calor de una gente a la que le debemos casi todo, sin que casi se les preste atención, salvo desde solitarios y recónditos apostaderos como el que nos acerca nuestra sobrecogedora carta de la semana. Y aceptamos que quienes nos salvan la vida y permiten que esta siga desaparezcan sin dejar rastro cuando expiran sus contratos eventuales. Qué atroz contrasentido.
LA CARTA DE LA SEMANA
Miradas que lo valen todo
Llevo veinte años de celadora y ya había trabajado con ancianos, casi todos con demencias. Me volví adicta a su calor, a sus miradas de gratitud, a llevarlos de la mano... Qué egoísmo el mío, es mi alimento en el hospital. Nadie te mira como ellos, el brillo de sus ojos nonagenarios no lo ves en nadie más. Te agradecen todo con sus pupilas. Diré más, la cosa cambia si hay dinero de por medio: no te mira igual quien cree que estás ahí para servirle porque siempre le han servido. Viejos y pobres. Arrugados y anquilosados. Pero sus miradas son de amor. Te agradecen de corazón. Les digo: es nuestro trabajo, pero dicen que no todos trabajan con cariño. A veces veo ancianos tan abandonados, vienen de residencias hechos un trapo, maltratados, mal cuidados, pero han vivido tantas vidas que resisten; no sabéis lo que puede durar vivo un cuerpo (si a vivir así se le puede llamar vida) y qué rápido se lleva la muerte a otros. Estos ancianos que se lleva a mareas la COVID tienen algo que se perderá con ellos, esa bondad gratuita, sin esperar nada. No me dan pena, dice alguno, ya vivieron sus vidas. No saben lo que se pierden, lo que aportan a esta sociedad. Ya no se ve en nadie lo que llevan dentro. Algo se acabará en la humanidad con ellos.
Margarita Casal Yáñez. Vigo
Por qué la he premiado… Porque debemos fijar su memoria antes de que esos ancianos del siglo XX nos dejen.
Tu contrato era de dos meses
«Cuando me viste por primera vez, asaltando Urgencias con luz y estridencia, valía un rumiado de vaca. El bicho me había hecho un segundo guiño y descubrió tres ases, el tío. Recuerdo la angustia bocabajo, en los escasos momentos de lucidez. El ansia por el simple aire que aún es gratis. Cada vez que todo parecía terminar, allí estabas tú. Solo guardo un recuerdo borroso de tu aspecto, pero me sentía seguro cuando te sabía cerca. Me alejaste de la luz unas diez veces y cuando finalmente dejé atrás la niebla pregunté por ti, pero no me dieron tu nombre. Me habría gustado enviarte unas flores, pero ya sabes, chica, la dichosa protección de datos. Me contaron, eso sí, que tu contrato era de dos meses y acababa de caducar. Como las flores. En fin, no solo quiero agradecerte la vida –que también–, pero por eso te pagan, ¿verdad? Cada noche, cuando acababa tu turno, ya cambiada, me cogías de la mano. Te juro que allí donde yo estaba notaba ese roce tibio y humano y me quedaba tranquilo. Al final, resulta que no todo está envasado al vacío en esta jungla. Por eso no te pagaban, ¿verdad? Y con la esperanza de que puedas leerlo, le he pedido a un amigo que lo ponga bonito. A ver si cae en tus manos y puedo darte esas 'flores'. Antes de que se sequen.
Luis Bañeres. Bilbao
Gracias, señoría
Qué alegría comprobar que la Justicia protege nuestros derechos. El hartazgo de la población es evidente: ahítos de restricciones y confinamientos. A los políticos les encanta el papel de pastores y decidir cuándo debemos salir y entrar al aprisco; el miedo es la mejor arma para que la ciudadanía acate lo que le ordenen, sea sumisa y acrítica. Todos estabulados en nuestras jaulas de oro sin movernos más que a unos kilómetros a la redonda y, en cuanto anochece, a casita como niños, que igual viene el hombre del saco. Reclamamos libertad de movimiento lo mismo que los pulmones el aire. La espera ha sido larga en demasía y la mente se resiente. Quien quiera quedarse en casa y salir solo a por pan está en su derecho, pero también quien quiera gozar de la vida viajando o saliendo a cenar, tomar una copa y volver a casa cuando le apetezca. Estamos hartos de decir: beeee.
Francisco Javier Sáenz Martínez. Lasarte-Oria