El bloc del cartero
Comisionistas
Coinciden dos de nuestros lectores en aludir a estos personajes que se han ganado en los últimos tiempos un lugar de excepción en la fauna patria. Como recuerda la primera, blasonar de patriota –o de estar con el pueblo– no solo no cambia nada, sino que se convierte en escarnio cuando la bandera en la muñeca –o el puño en alto– no son más que la pantalla para despistar al contribuyente y meterle con más ventaja y provecho la mano en la cartera. Y no deja de ser amargo, como dice el segundo, que los verdaderos defraudadores paguen tarde, mal y a medias por sus desmanes, cuando en cambio funcionan cual trituradora los mecanismos para pedir cuentas a ciudadanos sin malicia a los que tan solo les salieron mal las cosas o dejó de sonreírles la suerte. Se menoscaba así el ejemplo. Y se exaspera el agravio.
Mamá, quiero ser comisionista
En el aula de la facultad me frotaba las manos sin cesar: en vez de estudiar, me daba solo por planear. Esa niña en Babia ... era yo, y pensaba con toda la razón que hay dos clases de gente en esta sociedad: los jetas y los demás. Intentaba hacer amistad con lo más granado de la sociedad para luego dedicarme a negocios varios de pollo, mascarillas y demás. A la saca metía sin cesar lo ganado con tesón y con algo de suerte, si así se le llama a conocer a alguien para mediar. Mamá, quiero ser comisionista. ¡Oh, mamá, ser bróker sin parar! Con muchos contactos para lidiar. De 'gran empresaria' que se haga multimillonaria. Tener yates de lujo, cuentas en Suiza. Eso sí, en la muñeca una patria pulserita. Mamá, por favor, compréndeme: quiero ser comisionista.
Carmen Blanco. Madrid
El comisionista
Hace unos días un viejo amigo me relató una de esas historias que te conmueven e indignan a la vez. El caso es que un amigo en común (algún mal divorcio y dos hijos a su cargo), un simple autónomo por obligación tras ser despedido en una de esas regulaciones de empleo, y atrapado en ese escenario en el que, más cerca de los sesenta que de los cincuenta, te ves obligado a pelear por sobrevivir, decidió pedir una cita en Hacienda. Llegado hasta el amable funcionario, el reciente autónomo reconoció, sin reclamación ni protesta, su deuda tributaria (tras 35 años de cotización) y le explicó que no podía pagar en un solo acto la cantidad de menos de cuatro ceros que debía, aceptando compartir sus pequeños ingresos con Hacienda y rogando que no le embargaran el total de sus emolumentos, con los que mantenía una simple pero digna atención a sus hijos. Epílogo: el amable funcionario le indicó que para la Agencia Tributaría él era un 'comisionista' porque trabajaba para varios clientes (entre todos no le aportaban más de 2000 euros) y que nada había que hacer. Fin: la semana pasada dimos un sentido adiós a nuestro amigo que hoy, supongo, estará en el paraíso de los 'comisionistas', pero de esos que lo único que han comisionado ha sido respeto, cariño y admiración. Descanse en paz.
Carlos Alberto Capa Gil. Correo electrónico
Donde se insulta
Para Leonardo da Vinci, «donde se grita no puede haber cono-cimiento». Mucho menos donde se insulta, ofende o miente. Este es el caso de muchos diputados, que, lejos de representar y defender nuestros deseos, intereses, preocupaciones y esperanzas, se enzarzan en discusiones bizantinas. En los últimos años asistimos a bochornosos plenos, en los que sus señorías, lejos de cumplir la misión para la que fueron elegidos, se dedican a intercambiar acusaciones o denigrar a sus adversarios, motivados por la ilusión de creer que así pueden ganarse la simpatía de sus votantes. Este no es el modo de resolver los problemas que acucian a la sociedad española.
Manuel Castellanos Plaza. El Palmar (murcia)
Medran los bueyes
«No soy de un pueblo de bueyes, que soy de un pueblo que embargan yacimientos de leones, desfiladeros de águilas y cordilleras de toros con el orgullo en el asta. Nunca medraron los bueyes en los páramos de España». Si Miguel Hernández levantara la cabeza, vería cómo sus ideas y sentimientos resultan ecos extraños y casi extinguidos en una sociedad imbuida de todos los materialismos, sin ningún ideal, acomodaticia y borreguil, que quiere liquidar a marchas forzadas su pasado y su futuro; sin que se aprecien las mínimas reacciones para apuntalar este edificio que se desmorona, para evitar el desastre de la desunión de los españoles. El poeta del pueblo, no de derechas precisamente, no reconocería esta nueva España, que sueña un futuro incierto, de espaldas a las épocas positivas del pasado y despreciando las mejores esencias de una convivencia fraguada en más de quinientos años de historia. Por desgracia, habría que decirle a Miguel Hernández que ahora sí medran los bueyes en los páramos y ciudades.
José Fuentes Miranda. San Juan de la Encinilla (Ávila)
Qué trabajo más bonito
Qué bonita es la vida y a veces cómo sufrimos sin necesidad, sin dar importancia a una palabra, a una sonrisa. Trabajo en un parque de atracciones, en la cocina de uno de los hoteles del resort. El parque tiene muchas cosas bonitas, pero una es especial: un sitio precioso con seis villas (seis casitas) donde seis familias con niños enfermos desconectan de su vida diaria y pasan unos días de vacaciones, gracias a la fundación, a varias empresas colaboradoras y a los hospitales donde cada niño es tratado. A menudo me encargo de hacer el desayuno para todos. Un ejemplo: un niño que no puede comer varias cosas. Su familia te pide algo de lo que sí puede, con la esperanza de que coma un poquito. Al cabo de dos días, aunque sea lentamente, el niño come, porque intento ponerlo bonito y tentador. El otro día me contaban que le enviaban los vídeos al médico para que se lo creyera. Un niño que solo toma licuados, purés, que le lleves el desayuno y se ponga contento... Yo salgo de allí cada día feliz y orgullosa. Una sonrisa de ellos me llena para seguir, y lo único que me entristece es cuando llega el domingo y se van. Qué trabajo más bonito, tú eres feliz y haces que ellos en algún momento también lo sean. ¡Gracias a todos ellos!
Silvia Escoda. Reus (Tarragona)
Por qué la he premiado… Por mostrarnos dónde está la más completa felicidad: en acertar a darla.