EL BLOC DEL CARTERO
Conciliaciones
Nuestro tiempo nos imbuye a todos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, de una conciencia agudizada de nuestro derecho a trazar un camino personal. Sin embargo, ocurre a la vez que tenemos vínculos con otros, que no podemos descuidar sin que aquel se resienta o incluso pierda su sentido. En la mezcla interfieren a menudo, ingenuo sería ignorarlo, las imposiciones de un orden social, laboral y ahora, además, tecnológico que conducen a servidumbres varias. Son las mujeres las que lo tienen más difícil para sostener en el aire todos los platillos, por las inercias que llevan a cargarlas más que a los varones con las tareas de crianza y cuidados. En nuestras cartas de esta semana, a ese testimonio clásico se añade otro: el del jubilado cuyos hijos necesitan su cobertura. Conciliar o erosionar, esa es la disyuntiva.
Cartas de los lectores
Mi conciliación personal
Con 62 años me ofrecieron acogerme a la jubilación, y así se lo comuniqué a mi numerosa familia esperando compartir mi alegría. Y así fue. ... Pero rápidamente me di cuenta de que no todos nos alegrábamos por lo mismo. Yo, aunque fuese un tópico, me veía haciendo cosas que no había podido hacer por tiempo y disfrutar de y con mis nietos, acudiendo a recogerlos alguna vez al colegio o llevándolos a merendar, a jugar o a alguna actividad deportiva de manera puntual. Ellos, en cambio, veían un desahogo a sus necesidades diarias, lo que al final ha supuesto que mi jubilación no ha sido un cese de mi actividad laboral obligada, sino solo un cambio de ocupación. Ahora he pasado a formar parte de la empresa familiar, con una jornada sin límites 365 días al año, con polivalencia, sin derecho a elegir vacaciones ni festivos y sin retribución, sino todo lo contrario. Eso sí, convivo y actúo mucho con mis nietos, pero casi más como padre que como abuelo, lo que sin duda me llena de satisfacción, aunque no me atrevo a afirmar si disfruto de ellos y con ellos, como pretendía. Los abuelos jubilados, en muchos casos, nos hemos convertido en una pieza clave para la conciliación familiar, renunciando por obligación a nuestra conciliación personal. ¡Y eso no es justo! Por eso, en esta época de reivindicaciones, quizá no sería descabellado que saliésemos a reivindicar el derecho a nuestra conciliación personal, exigiendo el reconocimiento de la sociedad por nuestra contribución a al bienestar social. ¡Y en eso estoy!
Juan José García.Sant Feliu de Guíxols
Conciliación y culpabilidad
Llevas toda una vida intentando labrarte un buen futuro profesional. Siendo una buena estudiante, primero, y una buena trabajadora, después. No importan las horas en el trabajo, no importa viajar, quieres ser la mejor en lo tuyo. ¡Para eso has invertido tantos años! Y, de repente, llega la maternidad… Quieres ser la mejor madre, dar el pecho hasta el año, ser una madre cariñosa y presente. No te vale con haber tenido un hijo, quieres hacerlo bien. Y ahí aparece la contradicción. ¿Cómo combinas tu nuevo papel de madre con el de mujer trabajadora? Y aparece la culpabilidad. Culpabilidad por dejarlo en la guardería, por el destete, por llegar a casa cansada. Pero también la culpabilidad por salir antes de la oficina, por no contestar inmediatamente los correos a horas intempestivas, por pedirte unos días porque el niño está enfermo… Imagino que la conciliación es la solución a esa culpabilidad. Me niego a aceptar que ser madre suponga un freno en tu carrera; me niego a aceptar que, en una sociedad envejecida, con un serio problema demográfico no facilitemos a la mujer poder desarrollarse profesionalmente sin renunciar a la maternidad.
Ainoa. Tarragona
Premios Goya despolitizados
He de reconocer que no aguanté toda la gala. Más por el horario que por el tedioso ritmo. Pero por primera vez el espectador pudo apreciar los valores de todos cuantos con su trabajo consiguen transformar ideas en escenas cinematográficas. No hubo que esperar a las más o menos brillantes intervenciones de unos esforzados presentadores ni a las mayores o menores reivindicaciones ideológicas de los premiados. Por primera vez, la presencia de políticos entre los asistentes pasó más que desapercibida. Y únicamente Verónica Echegui interpeló a Pedro Sánchez para que se tome en serio la violencia que algunos consideran festiva y tolerable. Lo demás fue reconocimiento a los que ya no están físicamente entre nosotros, a toda una vida dedicada a la gran pantalla o a los que han hecho posible a los nominados y premiados llegar hasta ahí. Alguien muy inteligente se ha dado cuenta de que el magma político que impregna el escenario –en este caso– inmoviliza a cuanto sucede y se presenta en él. Pasa lo mismo en otras disciplinas. Otro gallo cantaría si dejáramos de permitir que los tentáculos ideológicos sembraran de sombra la educación, la sanidad o nuestro futuro. La lección de la Academia es que cuando se trata de cine lo mejor es hablar de cine.
Luis Alberto Rodríguez Arroyo. Santo Tomás de las Ollas (León)
Goya a la valenciana
Este año tuve la suerte de trabajar en los Premios Goya. Se nos prohibió el uso de móviles por temas de privacidad, y yo enganché un calcetín al forro de mi chaqueta para esconder allí el mío y conseguir alguna fotografía furtiva con semejantes invitados cuando los jefes no miraran, pues no sabía si volvería a vivir alguna noche tan estrellada. Con el encargo medio en broma de mis amistades de ligarme a algún famoso, llegué hacia mediodía y me recibieron azafatos trajeados y azafatas congeladas en medias transparentes y tacones infinitos. Las alfombras rojas todavía conservaban su plástico protector, y los técnicos zumbaban ultimando luces mientras los camiones de la tele se ordenaban bajo las arcadas del Palau de les Arts. Mi sala se transformó dos veces para albergar un cóctel y una cena: al primero asistieron los artistas nominados para tomar un piscolabis antes de enfrentarse al photocall, y la segunda se organizó después para los peces gordos. Permanecí plantada las doce horas que estuve trabajando y acabaron matándome de dolor tanto los pies como la sonrisa mandatoria bajo la mascarilla. Para cuando averigüé dónde iban a celebrar la fiesta postpremios, ya solo podía pensar en irme a dormir —sin ningún famoso al lado, gracias—, y en vez de fotografías decidí llevarme de recuerdo el ramo de flores que cierta personalidad famosa había recibido por su cumpleaños y olvidado sobre su asiento. Tuve que admitir que echaba de menos el sofá de mi casa desde el que siempre había hecho porras viendo los Goya en familia, pues prefería una y mil veces verlos a todos al otro lado de la pantalla, en donde eran ellos los que trabajaban para mí —su público—, y al menos no me hacían sentir tan invisible.
Ángela M. Y. Correo electrónico
Res bancaria
Indalecio, 67 años, me llama desde su teléfono Nokia, más millennial que un nacido en los 80. No tiene —no quiere— un teléfono inteligente, que para eso ya está él. El señor, y de paso, mi padre, necesita hacer un ingreso en el banco y me pide asistencia técnica porque Julián le ha indicado amablemente —o quizás no— que debe ser autónomo y hacérselo él mismo en el cajero. Problema número 1, no sabe hacerlo. Problema número 2. El buen hombre ya ve regular y le preocupa que, en caso de llegar a aprender con esa inteligencia superior al smartphone, se equivoque en el número de cuenta y le mande el dinero a un señor de Málaga que cultiva aguacates. Problema número 3. Al no ser cliente le cobran comisión por la operación. Que el dinerito va directo a una cuenta de la entidad, sí (ruidito de máquina tragaperras) pero que nanay. Problema número 4. Le toca la moral y la familia. El oficinista le pide que sea autónomo, pero al final acaba 'contratando' a su hija para arreglar este nuevo tinglado. Si lo pensamos bien, él solo quería hacer un ingreso, algo que sin duda sería res bancaria y, por tanto, problema del banco. Estaría bien que el fontanero fuese a las casas y dejara todo arreglado, pero le dijese al cliente que tiene que ajustarse él mismo, con su propia autonomía, tornillos y arandelas. ¿Llegará un punto en el que clientes y simpatizantes podamos entrar en la caja fuerte y servirnos con gusto? Porque si para casi todo lo demás ya no se requieren humanos, abramos puertas y ventanas. Este es el 'vuelva usted mañana' moderno. Traduzco a jerga bancaria: mejor no vuelva, ábrase una cuenta online y las retiradas de efectivo hasta las 11. Pero mi padre es mayor, no idiota.
Flor Robleda Jiménez. Ourense
Libres al fin
El jubilado por definición es un ser despreocupado, inactivo oficialmente, al que incluso se le disculpa que sea vago y que vaya todo el rato a su aire. Se lo ha ganado a pulso por resistir y sobrevivir tantos años. Es un paseante contumaz, vigilante de la buena marcha de las obras públicas de la localidad, tertuliano apostado en las esquinas, los bancos de los jardines o en el hogar del jubilado que le toque. No son pocos los que echan una mano en el cuidado de los nietos pequeños. A los de más edad unas veces les cuentan 'batallitas' y otras se dejan enseñar por ellos el manejo de los móviles última generación. Unos llevan bastón, los más tocados tacatá y otros o arrastran los pies con cuidado de no tropezar o bien van ricamente sentados en sillas de ruedas que empujan las cuidadoras. Pese a los achaques propios de la vejez, si hay algo que caracteriza a todos los mayores es su acentuado sentimiento de libertad. Se dicen que quién es nadie (ni siquiera los hijos ya cuarentones) para decirles a ellos lo que tienen que hacer. Bastante tienen con someterse muy a menudo a médicos y fisioterapeutas... A los más 'libertarios' o caprichosos les gusta ir a salto (es un decir) de mata, improvisando lo que hacen, incluido las horas de acostarse y levantarse. Y es que imposiciones, ninguna o las menos, ni siquiera si provienen de ellos mismos. Al fin almas libres, tanto como el viento cuando sabe que muy pronto va a cesar y desaparecer.
Carmelo Carrascal. San Sebastián
Coeficientes reductores
Según estudios sobre pensiones en España, en poco más de veinte años casi todas las mujeres percibirán una pensión de jubilación, por lo que las de viudedad dejarán de ser imprescindibles para un grupo social muy vulnerable (la mitad del casi millón y medio de viudas que cobran esa prestación no perciben hoy otra contributiva). Desde la Transición, todos los gobiernos han tenido un enfoque racionalista de las pensiones, penalizando las de viudedad, con porcentajes de reducción muy significativos. No es de extrañar así que el presidente de una coalición de izquierdas saque pecho al afirmar que en 2022 las pensiones de viudedad pasarán de 658 euros a 711, enfatizando que ese diferencial de 53 es obra de un gobierno que dignifica a los mayores... Nuestros autodenominados 'líderes' no ven a esas ancianas que han cuidado hasta el final a sus maridos sobrellevando su soledad en casas precarias, anticuadas y mal iluminadas. Ni las ven en el súper a última hora en busca de ofertas en productos perecederos para completar dietas mejorables. Ni cuando las desahucian. Resignémonos, esos gestores seguirán aplicando 'coeficientes reductores a la vida de nuestras abuelas y madres'.
Joaquín Villalba Garcés. Valencia
Por qué la he premiado… Porque hay algo en este asunto que nos compromete a todos con quienes nos criaron.