EL BLOC DEL CARTERO
Desazón
Nos cuenta la autora de la carta de la semana la desazón en que vive por razón de su oficio, que la lleva a estar en contacto, a su vez, con la desazón del prójimo. Alerta sobre la desprotección de las líneas en uno de los flancos más débiles de nuestra sociedad: el de la salud mental, que estos meses de encierros, angustias y aprensiones no han contribuido a mejorar precisamente. Su grito de auxilio y de rabia invita a pensar si la pandemia, con ser preocupante y perentoria, no nos distrae de otros males que pueden no ser tan inminentes, pero tienen un potencial no menos devastador. Como da que pensar la advertencia de un lector sobre cómo las golosinas digitales que con tanta fruición consumimos nos acercan, cada vez más, al perfil de las más escalofriantes distopías. Lo que no se puede decir es que no estamos avisados.
Cartas de los lectores
La soga al cuello Nosotros mismos nos hemos puesto la soga al cuello. Nosotros mismos hemos aceptado el control al llevar siempre aparatos en los que dejamos toda clase de huellas. Ya no hace falta controlar físicamente a las personas. Portamos en el bolsillo al Gran Hermano. Nos han engañado poniendo caramelos en nuestros aparatos, pero el fin mismo es el control absoluto. Ya estamos viendo cuál es la utilidad de estos aparatos. Sirven para la vigilancia y para presentar un pasaporte que te permite beber una cerveza. La nueva tecnología es una inmensa red de pesca. Lo más desolador es que nuestra sociedad ya no tiene capacidad de defenderse. Estamos siendo atacados desde dentro. No tenemos soldados que nos defiendan porque a nadie le interesa defender nada. Hemos sido derrotados absolutamente. Hay que elegir entre la libertad y la felicidad y «para la gran mayoría de la humanidad la felicidad era la mejor elección». «¿Qué se puede hacer contra el lunático que es más inteligente que tú, que escucha tus argumentos para luego seguir manteniéndose en ese estado de locura?», se pregunta Winston, el protagonista de 1984, de Orwell. Finalmente, Winston sucumbe: «¡Qué fácil era todo! Únicamente había que rendirse y todo lo demás venía solo». Nacho Cárdenas. Correo electrónico
Ponme
Me enseñaron que al llegar se dice «hola» y al marchar, cuando menos, «adiós». Me dijeron que debía pedir «por favor» y agradecer con no ... menos que «gracias». Sin embargo, con cada vez más frecuencia solo se escucha «un café», «ponme» esto o aquello e incluso más de un «¡venga, chaval, que llevo prisa!». Tengo 19 años y soy camarero (además de estudiante universitario). Dicen mis progenitores que no pudieron formarse, pero ello no significó que no los educasen. Hoy la formación abunda (la RAE hace tiempo que incluyó el término 'titulitis' en su diccionario) y la educación escasea. Como si la sociedad creyese que esa puede ser reemplazada por aquella. Tras las fiestas recuerde que igual de mágico es desear una «feliz Navidad» como saludar con «buenos días». La cuestión solo es ser educado.
Iñaki Mendiluce Ochoa. Zumárraga (Gipuzkoa)
Carta de una psicóloga frustrada
«Pues… la próxima cita el 4 de marzo…». «Ana, eso son más de dos meses, antes también se me hacía largo, pero ahora…». Tenemos la plantilla congelada desde 2011, tres psicólogos para una población de 115.000 personas. Esta historia se repite con todos los pacientes: a mitad de diciembre me quedan unos huecos en febrero para casos más graves: adolescentes con ideación suicida, trastornos alimentarios, personas con poco soporte sociofamiliar y sintomatologías autodestructivas graves. Cómo priorizar: son tantos… Y aunque priorice, qué vergüenza: el paciente no se lo merece. Nos vamos de baja y no nos sustituyen. «Qué bien, los pacientes de salud mental no se quejan», deben de pensar. Soy psicóloga clínica, hice el PIR hace casi veinte años, sesenta plazas para toda España. Ahora han aumentado, pero no al ritmo que debería. Luego, dos másteres e infinidad de cursos. Luego interina y, años después, otra oposición para quedarme fija en un Centro de Salud Mental del Sistema Nacional de Salud. Y ahora siento mis conocimientos y mi esfuerzo desperdiciados, la esperanza de una calidad de vida en mis pacientes frustrada. Hoy hay más saturación y se empieza a hablar en los medios, pero ya desde que comencé trabajamos apagando fuegos sin los tiempos que deberíamos manejar. Impotencia. Vergüenza. Pena. Hastío. Gracias a mis pacientes, por pacientes.
Ana María Oñate Sánchez. Murcia
Por qué la he premiado… Por si alguien, después de tantas señales de alarma, se da por aludido.