El bloc del cartero
Desechados
Nos escribe una de esos miles de profesionales sanitarios que, una vez decretado el fin de la pandemia –o su gripalización, que tanto monta–, han recibido una carta donde en agradecimiento por sus servicios se les notifica que los ponen en la calle. Nuestra lectora se queda con la parte buena: lo aprendido, lo hecho y padecido por otros y el bien que de ese esfuerzo se sigue para quien lo hace. También se resigna, con el realismo de quien no se ha hecho nunca ilusiones, a su inexorable futuro como inmigrante en alguna de esas sociedades donde no solo no se permiten el lujo de prescindir de quienes se han formado para cuidar a los suyos, sino que los traen de fuera. La forma olímpica en que aquí los desechamos, cuando nos faltan a diario en ambulatorios y hospitales, algo dice de nosotros. Y no es bueno.
Cartas de los lectores
El destierro sanitario
Bien… esto ha sido todo, amigos. Hace una semana fue mi último turno en mi segunda casa durante estos dos últimos años y medio. Digo ' ... casa' porque así me han hecho sentir en casi todos los servicios por donde he pasado estos más de 24 meses pululando entre plantas, reas y ucis. He reído, he llorado, he aprendido… Muchísimo. También he luchado, aunque muchas veces en vano. He creído, y sigo creyendo, en que algún día todo esto será gestionado de otro modo. Y he llorado de tristeza, aunque también de felicidad. Pero sobre todo me llevo un bagaje de amigos y compañeros que valen más que el oro. Y también en el corazoncito a pacientes que han confiado en la «morenita de los tatuajes» hasta el último momento. Familiares agradecidos que han valorado esa manita cálida cuando ellos no han podido dársela a los suyos; que te han sonreído con los ojos y dado las gracias por solo hacer bien tu trabajo. Que te han abrazado buscando un halo de cariño cuando la persona a la que más quieren se acaba de ir. Que me han hecho pensar que sí valgo para esto. Más que el sistema y que todos los que tengo por arriba (¿feedback positivo?, ¿queloqué?). Porque al fin y al cabo eso es lo que me importaba. Que la gente que confiando en mí lo hiciese plenamente y que, en un lugar tan hostil como puede ser un hospital, sintiesen el mayor calor humano posible. Y sé que lo logré. Así que me voy muy contenta, amigos. El Sermas ha decidido quedarse sin más de 3500 profesionales válidos. Ellos se lo pierden. Yo, mientras tanto… a volar.
Andrea Juan Llorente. Madrid
Su mirada
Nos conocimos cuando ella había cumplido los 33… (un carpintero salvó a la humanidad a esa edad). Treinta y tres años antes ella misma había venido al mundo para llenar con la luz de sus ojos cada cosa que miraba. Así también a mí me dio la luz. Ha pasado medio siglo desde nuestro primer encuentro y aún colma de vida cuanto toca y mira. Hoy, a sus 83, aumenta su esplendor en proporción a lo que disminuye su agilidad. Cada lector tiene una madre, aquí o Allí. La mía se llama Carmen y no pasa día en que no dé gracias por ella. Me imagino su mirada al reconocerse en estas letras mientras lee como cada domingo su XLSemanal.
Óscar Gutiérrez González. Valdelaguna (Madrid)
Cuando llegue la guerra
Un despertar rutinario que se mueve a mi lado y tira de la manta dejando al descubierto medio brazo en la gélida noche de un cuarto expuesto a la penumbra. Siento frío. Un pensamiento ocupa mi mente. Una vivencia diaria. La conversación de dos niños de 4 y 5 años. Hermanitos. Contemplada con admiración, impotencia y tristeza. Recreo en mi cabeza la conversación palabra por palabra que mantenían mientras apilaban figuras de construcción de forma meticulosa una sobre otra. El niño de 5 años le dice a la niña: «En clase hay dos niños ucranianos que han dejado su país y se han mudado a España» La niña de 4: «¿Por qué?». El niño: «En su país hay guerra. Han dejado sus juguetes y a su familia». «Hermano, ¿nosotros nos tendremos que mudar algún día?» «Sí. Cuando llegue la guerra...».
María Dolores G. Correo electrónico
Por qué la he premiado… Por el escalofrío, que tal vez no esté de más que tengamos la ocasión de compartir.