EL BLOC DEL CARTERO
Digitalizados
La pandemia ha venido a pulverizar las objeciones de los últimos resistentes: por obra y gracia del coronavirus, todos nos hemos digitalizado hasta extremos nunca ... vistos, desde adherirnos sin rechistar ni mirar las condiciones de aplicaciones de videoconferencia hasta aceptar que las relaciones comerciales y administrativas dejen de pasar por una ventanilla para ser una ventana más de nuestro ordenador o teléfono. El problema que se plantea, y denuncia nuestra carta de la semana, es que no siempre quien está al otro lado para dar servicio dispone de la infraestructura o la capacidad técnica para prestarlo en las debidas condiciones. Así, de nada sirve que hasta los más provectos se pongan al día con la tecnología. Ojo con esta nueva forma digital de indefensión.
LA CARTA DE LA SEMANA
Hay una bolsa de docentes en la Generalitat Valenciana para puestos de difícil cobertura. El plazo para apuntarse vía web es hasta las 2 de la madrugada. Desde que llego a casa, a las 21, intento registrarme. A la 1:15, tras mi fracaso por la 'saturación' de la web, publican que se alarga el plazo diez horas. Paso la madrugada insistiendo, pero «se ha producido un error» y ya no hay posibilidad de apuntarme. La COVID ha demostrado la incapacidad para adaptarnos a la vida digital, y los servidores de la Administración Pública funcionan como la seda. Llevo en paro desde junio, pero tras mi solicitud telemática nadie me dice si me corresponde cobrarlo ni cómo ni cuándo. Nadie coge el teléfono y, cuando sí, una vez por semana, la persona a cargo no es la indicada. Me dan otro número, que comunica... Y llevo tres meses con la misma mascarilla: no me puedo permitir comprar nada, tampoco una multa. Condiciones insalubres en nombre de la salud. Mientras, mi hija, universitaria, se pregunta por qué gasto lo último de su beca del año pasado. Los pobres nos ahogamos. Y nadie hará nada por que esto mejore.
Cinta Cano Barbudo (Correo electrónico)
Por qué la he premiado… Por si cae en manos de quienes están interpelados por la responsabilidad que tienen en paliar estas penurias.
Un día de playa cualquiera
En charla animosa con mis hijas y con mis nietos, hemos estado hablando de la cantidad de artilugios que llevamos a la playa en la actualidad: sombrilla, tumbonas, cestos, esterillas, toallas, juguetes, crema bronceadora, termo para agua fresca y un sinfín de cosas más. Antes solamente llevábamos el bañador y la camisa anudada a la altura del ombligo, tipo 'lolailo'. Justo a nuestro lado llega de pronto una pareja y saca una bolsa de patatas fritas. Y he seguido hablando de las ganas de comer que le entran a uno cuando está en la playa. Todo, absolutamente todo, está bueno en la playa; ese bocadillo de sobrasada chorreoso que se derrite con el calor, esos filetes empanados que saben a gloria, ese bocadillo de tortilla de patatas con unos cuantos pimientos fritos entre medias, ese pollo frito con ajos, incluso ese tomate partido por la mitad y robado casi a orillas del rebalaje. La gente de Salobreña bajaba a la playa principalmente por las tardes, justo a la hora de la merienda, y entonces comenzaban un rosario de frases variopintas. «Tere, saca el higor del agua» (era la época que había varios Igor de nombre). «Niño, tómate el bocadillo de monllor y el goyur» (jamón de York y yogur). «Mari, ¿quieres unas rulanguillas de mortadela?» (rodajillas). «Miguel, sal del agua, que te va chupar». Tardes maravillosas y familiares donde se degustaba todo tipo de manjares, donde la playa de Salobreña era el parque temático para poder disfrutar hasta bien pasada la caída del sol. Donde cada uno, cada cual, lo pasaba del mejor modo posible y, por supuesto, donde aún no había la dichosa playa parcelada.
Antonio Luis Gallardo Medina, Salobreña (Granada)
La nueva normalidad
… que no es como la imaginábamos. La solidaridad y los aplausos, diluidos como azucarillo en el café. Todo, en un abrir y cerrar de ojos. La nueva normalidad es ya tan vieja como nosotros mismos; es decir, la melancolía de la selva asoma en el horizonte para solaz de Caínes y Judas, con ellos los filos del erectus por si vale la pena o no hincarle los dientes. La nueva –vieja– normalidad nunca anduvo muy lejos. La epidemia del hambre, el dolor tiritando en el universo infinito, esos pequeños sorbos de vida vuelven a darse de bruces. Se reitera con cada amanecer sin el más mínimo aspaviento. Con la vieja normalidad retornaron los miedos, y la ignorancia berrea disparates acercándolos irremisiblemente al deseo de no hacer prisioneros. Un paso de gigante para la humanidad, un balcón donde asomarse y un puñado de monedas al alcance para asegurarse la supervivencia. La nueva normalidad no es tan nueva. Peor aún, ha despertado el instinto depredador del sapiens. Abrirse paso a codazos o simplemente arrebujarse detrás del miedo para sentirse a salvo. Si hubo Dios y nos observara, pensaría que era cierto, que nos hizo incompletos, aspirantes de segunda que jamás debieron abandonar la arboleda. La realidad ya la conocemos, la novedad es que somos algo más viejos. Y eso no nos hace peores, simplemente mediocres. Lo normal.
Fede Díaz (Tarragona)
Los que viven en silencio
Escuché el pasado viernes al portavoz de una asociación que lanzaba un mensaje desesperado. Con ciertos problemas en la vocalización debidos, lógicamente, a su condición de sordo, ponía voz a un colectivo que pide tan solo comunicación. Las mascarillas no han sido diseñadas para leer los labios, y ellos se encuentran doblemente aislados. A los demás nos parecerá poca cosa para lo que llevamos visto, pero imagínense un calabozo dentro de la cárcel. Ha de resultar angustioso ser ajeno a lo que decimos quienes podemos y vivir doblemente las limitaciones y penurias que este dichoso virus nos está generando. Piden una mascarilla transparente no solo para ellos, sino también para otros colectivos que precisan de la observación de nuestros labios y expresiones faciales para entendernos y ser parte de la sociedad. En la era de la comunicación, del 5G y de las redes sociales, no parece tan difícil solucionar este pequeño gran problema de las comunidades que viven en silencio. Por eso espero que, a la publicación de esta carta, y con la velocidad a la que últimamente se desarrollan los acontecimientos, la reivindicación sea ya historia.
Luis Bañeres (Bilbao)
Para cuándo
Y aun y todo queríamos irnos de vacaciones. No podíamos pasar un verano más tranquilo limitando nuestros movimientos a lo imprescindible. Y aun y todo seguimos igual, instalados en el egoísmo: «No me pongo la mascarilla porque hace calor»; «no mantengo distancia con los demás porque no hace falta»; «te quiero dar besos porque eres conocido y no me contagias». Es decir, sigo sin preocuparme ni sentir respeto por los demás porque no hace falta, como siempre. ¿Cuándo tomaremos las cosas en serio? ¿Cuando nos toque de cerca y lo veamos más claro? ¿Para cuándo la educación, el respeto y la responsabilidad en nuestra vida?
Ana María Chinchurreta Carriere (Correo electrónico)
Que acabe pronto
El cielo debe de estar lleno de buena música, pero de momento en la Tierra hay mucha, aunque se esté muriendo por falta de público y de salas ahora cerradas o con el aforo muy limitado. Hay mucha gente que vive de la música, que trata de crear, enseñar, entretener, conmover y luego resolver la cuestión de la armonía que nos transmiten las ondas. Pero muchos no pueden hacerlo como antes. Esta realidad está dinamitando las ganas que nos hacen falta para salir de la rutina y, en esta situación, pandémica y anormal, o te adaptas o mueres. Me da pena ver conciertos en los que los asistentes están distantes; me causa tristeza, miedo y hasta enciende en mí el rechazo a acudir. No me gusta tener que estar disperso, como si cada uno de nosotros tuviéramos la peste. He visto varios conciertos en streaming, estoy viendo uno desde el salón de casa, y es aséptico, pero seguro. Es hasta atemporal porque quedará grabado en una plataforma, pero falta el bullicio del respetable, el sudar de calor en un escenario, las toses, los aplausos, los guiños al público y hasta algún pisotón que nos dan sin querer. Que esto acabe pronto, que la música, si no, se va a morir y nosotros con ella.
Julio César Pola Alonso (Valladolid)
Desde el ánima y los afectos
El 8 de abril, mi hermana fue una de las 832 que murieron en soledad. Mi hermana murió en una residencia, víctima del mal de moda, aunque no lo dice su acta de defunción. Al día siguiente le dieron cristiana sepultura junto a nuestros padres en un pueblo de León. En el cementerio estaban solo el sacerdote del pueblo, una sobrina y un sobrino en representación de la extensa familia que, a las once de la mañana, hora del entierro, nos unimos a ellos en espíritu, porque no se nos permite hacerlo físicamente. A esa hora fuimos comentando desde el ánima y desde los afectos lo que sentíamos; se notaba el espíritu soplando desde los cuatro puntos cardinales pues todos vivimos lejos unos de otros. Había ganas de expresar los sentimientos hacia ella y el clima de esperanza y amor entre nosotros y nosotras y de suplir con hondo pesar lo que fue no poder acompañarla tampoco en los pocos días de su enfermedad. A todos y todas les he oído, aunque algunos no expresan la fe, que la tía Benita está en el cielo porque mucho nos amó; el más pequeño, Manel, dice que en el cielo no porque la tía Benita no tenía alas.
Ramiro Vega Pérez (Barcelona)