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El bloc del cartero

Dispersos

Lorenzo Silva

Reconoce uno de nuestros lectores que cada vez le cuesta mĆ”s trabajo mantener esa condición. ĀæEl motivo? La multitud de tareas, reclamos y quehaceres continuos que le estorban la concentración, incluso en medio del descanso estival. Esta distracción permanente en la que vivimos, y que viene a redondear la urgencia por exprimir los instantes, las experiencias y las capacidades, nos complica mucho el viejo arte de ahondar y reflexionar –consustancial a la lectura– y nos empuja, en cambio, a la nueva fiebre por la interacción, casi siempre banal y somera. Hace tiempo que quedó claro que la Ćŗnica forma de hacer ciertas cosas es desasirse del abrazo mortal de la telaraƱa extendida tras esa pantalla que siempre vigila nuestros pasos. De este mundo de dispersos, de esa bien engrasada rueda de hĆ”mster.

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titulosecundario titular="Las cartas de los lectores

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Los abuelos y el mar

Escucho en las noticias de la televisión que un grupo de abuelos de Zamora, alguno ... de casi cien años, ha ido a Gijón a ver el mar por primera vez en su vida. No puedo dejar de pensar que fue esta generación la que vivió y sufrió para tener el país que tenemos ahora; otros hemos aprovechado su sacrificio para tener una vida mÔs agradable y a la vez contribuir a mantener lo que ellos cimentaron con tanto esfuerzo. Muchos de estos abuelos no pensaron en unas vacaciones porque no se las podían permitir o simplemente porque esa idea no se les pasaba por la cabeza; el tiempo libre, si lo había, era para seguir apoyando la economía familiar, con un huerto, el mantenimiento de la casa para poder ahorrar... Esa ha sido la generación de mis padres, que no tuvieron ni un día de vacaciones y que solo viajaron cuando se sentían obligados a acompañar a sus hijos por sus estudios o cuando estos los han llevado para compensar todo lo que no han podido ver. Me pregunto qué pensarÔn estos abuelos ahora cuando observan cómo se estÔ administrando su legado por algunos supuestos servidores públicos, unos mimados que, a pesar de sus dietas, sus sueldos y sus viajes en primera clase para poder estar donde quieren, no son capaces de dejar de mentir, de mirar por sus propios intereses ni de ponerse de acuerdo simplemente por el «contigo no porque no me interesa a mí». QuizÔ ver el mar ha sido para ellos mÔs fÔcil que para sus abuelos.

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