EL BLOC DEL CARTERO
Domingo
No se refieren estas líneas al día de la semana en que posiblemente serán leídas por la mayoría de quienes se tropiecen con ellas. Hablan de otro Domingo, de apellido Villar, que traía a nuestras vidas con sus letras, sus personajes y sus historias esa luz reconfortante que la jornada dominical tiene también para muchos. Se nos ha ido antes de tiempo, mucho antes de tiempo y con demasiados libros por escribir, dejándonos a sus lectores con muchas páginas por disfrutar. Aquí lo recuerda uno de esos lectores, también escritor, de cartas enviadas a esta revista a lo largo de los años y ahora de novelas, esa especie de carta larga que uno arroja al océano en busca de la conversación con un desconocido. En ese arte era Domingo Villar un maestro cumplido y discreto. Por eso no se fue, jamás se irá del todo.
Cartas de los lectores
Uno de los nuestros
La noticia llegó en dos partes, como dos derechazos que te noquean, dejándote la cabeza embotada por la tristeza y el caminar desorientado. Un lunes ... nos despertamos con la noticia de que estabas ingresado en estado muy grave en un hospital de Vigo; el miércoles siguiente, con la noticia de que habías fallecido. Entre medias, un día, un martes en el que se celebraba el Día de las Letras Gallegas. Un día de fiesta, un día en que tu tierra celebraba la memoria de un escritor casi caído en el olvido de la frágil memoria de los pueblos. No, Domingo Villar no podía irse ese día, no podía robarle la merecida atención a Florencio Delgado. Hasta en eso fuiste generoso. Supongo que, como le ocurre a todos los que te conocieron y trataron, todavía no lo he asimilado. Los días pasan y los recuerdos quedan, la última charla en un restaurante de Morella, la última foto, la última mesa de firmas de un festival que tuve el honor de compartir contigo. Te vas, te llevan en realidad, muy pronto. Ojalá allá en donde estés huela a mar, los cormoranes de la ría se acerquen a los barcos que pescan en la orilla y la niebla acaricie con delicadeza las rocas de la costa. Seguro que Carlos, el del Eligio, te esperaba con una taza de vino y unas xoubas rebozadas.
Eduardo Fernán-López. Villalpando (Zamora)
Escucho su versión
Me ven llegar y entran en clase deprisa advirtiendo: «¡Que viene...!». En el camino reprendo a algunos por el jaleo, por usar el teléfono, por juguetear o hacer ruido. En la puerta de un aula, aún sin profesor, levanto firmemente la voz porque el barullo supera lo admisible. Hacen silencio. Por los pasillos recibo saludos y buenos días. La mayor parte de quienes reprendo y corrijo con más frecuencia. «Tú nos caes bien –me dicen– porque respetas». Pregunto qué ha pasado, reconocen sus trastadas o las niegan: «Profe, te juro que hoy no he hecho nada». Y me dicen quién ha sido. Trato de inculcar disciplina y respeto, exijo educación y amabilidad, acompaño en la reflexión ante el error y escucho su versión antes de nada. «Es que tú respetas…». Parece que agradecieran la firmeza. Qué poco escuchamos, qué poco exigimos e imponemos. También en casa. Cada día veo qué solos dejamos a nuestros jóvenes y me pregunto cómo podría acompañarlos un poco mejor mañana, entristecido al saber que muchos ya no nos permitirán llegar a tiempo.
Ricardo Pérez Hernández. Correo electrónico
Anacronismos en las ciudades
Soy fotógrafa y, debido a esta pasión, imagino que el sitio por donde estoy pasando pertenece a una ciudad desconocida cuando, en realidad, es donde he nacido, donde me he criado y por donde habré pasado unas cuatrocientas veces. Con ese pensamiento contemplé, bajo el sol holgazán de la tarde, la silueta de la catedral que hace poco cumplió ochocientos años. Unas veces he pasado cerca de ella con prisas; otras la admiraba como si fuera una turista más y siempre me asalta algún dato sobre ella de mi época de estudios. Sin embargo, ese día me di cuenta de que, al mirarla con esa sensación, conectaba conmigo. A solas, ella y yo. En la intimidad y en la intimidación me recordó los más de setecientos años que ha vivido en lo que daba una pedalada en la bici. Estamos acostumbrados a convivir con construcciones de hace siglos que, al menos, creo que la mayoría de las personas nos olvidamos de que es algo extraordinario. Nos debería hacer sentir afortunados, pequeños y mortales. Me hizo saber que ella seguiría en pie cuando yo me fuera. Me sobrevivirá, estoy segura. Eso espero; rechazo la idea de ser testigo de su final. Son como anacronismos en las ciudades, pero simultáneamente nos hacen sentir que ese tiempo les pertenece a ellos y no a nosotros. Y un día, en contra de su voluntad, mostrarán sus anillos anuales, porque parecen inmortales, pero no son ajenas al avance de la arena que un día las enterrará en esa cápsula de cristal donde parece que el tiempo transcurre a diferente compás. Es entonces cuando se percatarán de su presencia y se preocuparán por ellas. Miriam Saldaña. Burgos
Beberse el aire
Hoy por fin me despido de todos los síntomas fuertes que me han hecho estar medio zombi durante casi una semana; anteayer fue la última noche que tuve fiebre y ya me siento con ganas de moverme y estar activa... aunque todavía sigo dando positivo en los test de antígenos, lo cual es normal ya que el virus puede quedarse más de siete días en el organismo, así que tendré que tomármelo con paciencia y esperar. Lo que peor he llevado ha sido el dolor en general; el de cabeza, el de garganta y la horrible tos que me salió en los últimos días, que hacía que mi faringitis me doliera más, si cabe, y que mis oídos, parecía, iban a romperse en pedacitos; si hago comparaciones, la fiebre continua y los escalofríos han sido minucias al lado del dolor. También he notado desde hace dos días que mi olfato ha disminuido y el gusto también se ha alterado y ahora todo me sabe metálico, pero estoy tranquila porque de aquí a unos días o semanas volveré a tener mis sentidos como antes, o eso dicen los estudios médicos. Y, dentro de lo malo, me siento afortunada por haber pasado el coronavirus como una gripe y haber podido respirar... Ahora me bebo el aire que respiro con más ganas. Benditas vacunas, benditos científicos.
Silvia Berenz. Barcelona
Por qué la he premiado … Por si sirve para llevar algo de luz a los seducidos por los oscurantismos de nuestra era.