El bloc del cartero
Drogados
Como sugiere un joven lector, quizĆ” sea ya el momento, si no llegó hace aƱos, de tomar conciencia de que hay drogas que ni se inhalan ni se inyectan ni se beben, pero no por ello dejan de serlo ni de activar un circuito perverso, el de la adicción, que lleva a quien ha caĆdo en Ć©l a poner la obtención de la dosis por delante de otras cosas, a veces importantes. QuizĆ” haya llegado ya la hora, si no sonó hace mucho, de cuestionar la conveniencia āy no se diga ya la necesidadā de vivir pendientes de una droga digital diseƱada para engancharnos a su uso y extenderlo a la mayor porción posible de nuestro tiempo. No parece que nadie vaya a actuar para conminar a los traficantes a reducir los perjuicios. Para contenerlos, no hay mĆ”s defensa que el criterio y la prudencia de cada uno.
titulosecundario titular="Las cartas de los lectores
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Malos tiempos para la lĆrica (medioambiental)
Si asimilamos que el paisaje es a la naturaleza lo que la poesĆa a la literatura, nuestros ... parajes estĆ”n siendo desgarrados por el zarpazo de los modernos molinos de viento, al menos para la sensibilidad de quienes vemos en ese paisaje algo mĆ”s que una bucólica postal. Hace mĆ”s de un cuarto de siglo que desde el norte de Burgos venimos advirtiendo que la masiva instalación de aerogeneradores para capturar el viento y convertirlo en energĆa āpara, en su mayor parte, los nĆŗcleos urbanosā no es sostenible; aunque sĆ muy lucrativa. Nos han arrebatado ya cientos de hectĆ”reas y miles de kilómetros de la que es āĀæera?ā la esencia de nuestro terruƱo, emborronando la belleza con la que se recreaba nuestra mirada. Y no saciados con ello, y en pos de un futuro que parece dar la espalda a sus raĆces, la larga sombra de estos gigantes de metal se cierne sobre los cada vez mĆ”s escasos lienzos naturales que mecen el espĆritu humano con la caricia de la contemplación. AmĆ©n de los efectos que tienen para sus mĆ”s genuinos protagonistas, los animales que habitan entre sus lĆmites, cada vez mĆ”s estrechos por mor de la ilimitada ambición del Homo consumus que, al rebufo de una renovada legislación, no sopesa sus consecuencias, opacas y silenciadas, en la balanza de los pros y los contras. La bĆŗsqueda del equilibrio entre desarrollo y conservación no es fĆ”cil, pero es un clamor a los cuatro vientos que la industrialización de la naturaleza es un oxĆmoron para el medioambiente.
JoaquĆn GarcĆa AndrĆ©s. Burgos
Enganchados
Escribo esta carta para hablar sobre un problema de gran peso en la juventud de hoy en dĆa: las adicciones. Hace no mucho, cuando hablĆ”bamos sobre este tema, lo primero que se nos vendrĆa a la mente probablemente serĆa: fumar, beber o tomar cualquier tipo de drogas; pero no vengo a hablar de estas adicciones en concreto, vengo a hablar sobre la adicción a las redes sociales: levantarnos, encender el móvil, ver quĆ© han publicado nuestros amigos o 'Ćdolos' en Instagram, vernos decenas de vĆdeos en TikTok y ponernos a hablar con un amigo que vive dos calles mĆ”s abajo. Entre los jóvenes (y no tan jóvenes) se ha convertido en una rutina, un hĆ”bito o, mejor dicho, una adicción. Dependemos de las redes sociales; necesitamos saber en todo momento quĆ© estĆ” sucediendo a nuestro alrededor. Si no disponemos de wifi o cobertura, nos enfadamos y nuestro estado de Ć”nimo cambia por completo. Estar mĆ”s de una hora sin conectarnos a la Red es un verdadero reto. Es muy complicado desengancharse de esta 'droga tecnológica', pero si pusiĆ©ramos de nuestra parte, por lo menos podrĆamos navegar por la red de una forma mĆ”s segura y saludable. QuizĆ” el primer paso sea tomar conciencia del problema.
Hugo G. B. Correo electrónico
Tu ajedrez
Te llamas Ismael, como el protagonista elegante de Moby Dick, y conociste aquel juego o arte que te enseñó tu compaƱero de pupitre. Aquel compaƱero que superó ver tus cicatrices y te aceptó tal como eras. Jugabas al ajedrez con el espĆritu olĆmpico y la mirada amateur que no teme al rechazo. Sin duda, tu aparente pasividad nerviosa se volvĆa en el tablero meticulosidad y orden, en cualquier posición y construyendo sobre ella, con alfiles y torres, un plan adecuado. No podĆas explicar tus ideas a otros que solo contemplaban tus rasgos de desconexión patológica, pero apreciaban tu tensión, tus ataques y contraataques y cómo recuperabas todo el terreno cedido cuando todo parecĆa perdido. Los psiquiatras se reĆan de mi afirmación. ĀæDónde estĆ” la prueba? Cuando aludo a que encontraste un camino transitivo entre tu residuo de dolor emocional y el ajedrez, muchos lo consideran una licencia poĆ©tica. Pero estoy hablando de una realidad que traspasa lo objetivo. Y la realidad Ćntima de las cosas es la autĆ©ntica realidad. Tu ajedrez es fresco y evidencia una actitud psicológica liberada de la incomunicación social y espiritual con que naciste. Es tu ajedrez una lucha contigo mismo y no un mero pasatiempo, parece que cumplieras un deber sagrado.
Francisco J. RodrĆguez Sendra. Manilva. MĆ”laga
No ceso de pensar en ellos
El domingo pasado yo paseaba y jugaba con mis hijos, por mi preciosa Baiona, en un dĆa soleado donde nada malo parece poder encajar. Ya el lunes, descubro con estupor y horror lo sucedido. Cuando yo ya habĆa vuelto a casa, unos niƱos de la edad de los mĆos tuvieron que presenciar un horror que los sacudirĆ” el resto de sus vidas. Su madre se llamaba como yo, vivĆa en la misma villa, tenĆa dos niƱos de edades muy parejas a los mĆos y una carrera profesional cargada de esfuerzos y Ć©xitos. No logro comprender la vida. Esos niƱos pudieron cruzarse aquella tarde con los mĆos, en aquella maravillosa tarde; pero cuando los mĆos dormĆan plĆ”cidamente, ellos estuvieron, al menos una hora, despuĆ©s de todo lo cruel sucedido, en un coche con su padre ensangrentado. Yo pienso en ellos y se me rompe el alma. Y pienso en la familia y los familiares de Beatriz, pero tambiĆ©n pienso en los padres de ese chico que no fue capaz de controlar su cabeza, y me duele imaginar tan tremendo dolor. Y asĆ, envuelta en noticias de guerras, devastadores terremotos, violaciones y accidentes... me pregunto cómo un mundo puede ponerse en armonĆa con tanta vida destrozada por el camino. Llegamos a la Luna, pero nos queda mucho por conquistar en la raza humana.
Beatriz Salgado López. Baiona
El pino
He visto un pino enfermo que me ha llamado. Algunas de sus hojas son verdes, pero la mayorĆa, marrones. Hasta en los nidos de la procesionaria, ya marchitos, se ve su decadencia. El Ć”rbol mantiene las piƱas y, con ellas, algo de su majestuosidad. El pino me ha llamado y en Ć©l he visto a mi madre. La he visto en su decadencia. Enferma y mostrando un pequeƱo resquicio de lo que fue. Me acerco a su tronco y la corteza, dura y rugosa, me recuerda a la piel de las manos de mi madre. En su tronco, adheridas, hay acĆculas caĆdas y las voy quitando con el mismo cuidado con que quito los pelos blancos de su chaqueta negra. Las canas se desprenden de su cabeza como las hojas del Ć”rbol. Cuando lo atusas, es fĆ”cil recordar el cabello poblado, duro y fuerte que tuvo. Me abrazo al Ć”rbol y lloro. No responde a mi abrazo, como ya tampoco responde mi madre. Apoyo en Ć©l la frente y me quedo quieta mientras mis lĆ”grimas resbalan nublĆ”ndome la vista. Y ahĆ siento que algo, alguien mĆ”s allĆ” del pino, de mi madre y de mĆ misma, me abraza.
Ana Goikoetxea Lapresa. Donostia-San SebastiƔn
Por qué la he premiado⦠Por enseñarnos el pino y encontrar en él lo único que repara lo irreparable.