EL BLOC DEL CARTERO
Ellos
Han sido nuestro ejemplo durante décadas. Lo han vuelto a ser en este último año, acatando con una resignación estoica el sacrificio, el encierro, la ... renuncia, incluso la muerte en soledad. No se han quejado tanto como otros a quienes la vida les da la opción de acabar olvidándose de esto. A ellos no les queda tanto tiempo como para aspirar a conseguirlo, pero aun así han aceptado sin rechistar que estos sorbos penúltimos, para ellos tan valiosos, se redujeran al horizonte de sus cuatro paredes. Sólo ahora hemos podido empezar a inmunizarlos, después de perder a tantos de ellos, poniéndolos los primeros porque era lo mínimo que les debíamos. Volvamos a escuchar a los supervivientes, todo el tiempo que podamos seguir aprendiendo de ellos. Porque nos hace mucha falta. No hay más que mirar alrededor.
LA CARTA DE LA SEMANA
Estoy en las últimas. 88 años. Siento que en cualquier momento mi corazón se parará sin avisar. Tengo ganas de despedirme de todos los conocidos. Nadie cercano a mí lo ha hecho nunca. Quizá porque era complicado. Pero ahora es facilísimo con el correo electrónico. No les diré solo que me voy. Aprovecharé la ocasión para decirles lo mucho que ahora los quiero. Para bastantes de ellos, más de lo que los quise antes. Porque ahora me esfuerzo por desarrollar más cariño hacia todos. Creo que es lo que objetivamente se merecen. Vivimos para descubrir a fuerza de amor lo importantísima que es cada persona.
Pablo Osés Azcona. Fuengirola (Málaga)
Por qué la he premiado… Por si así llega el mensaje a quienes aún no lo han recibido
Los últimos niños de la guerra
La gente muere, es una regla natural, y nos hemos acostumbrado a que quienes mueren pasen a ser estadística social. Nuestros muertos del coronavirus son bastante más que eso. Siempre he oído hablar de los niños de la guerra, con las distintas trágicas circunstancias de diferentes colectivos, y también de esa guerra, fosas comunes, inhumaciones famosas o leyes de memoria histórica. ¿Qué mejor memoria histórica podemos tener que esta generación que no se merece la miserable despedida que les estamos brindando? Son los últimos niños de la guerra que han llegado hasta hoy. Nacieron en plena guerra o cerca; aquí se quedaron o volvieron padeciendo las penurias de la posguerra para trabajar como pluriempleados, incorporando a la mujer al trabajo; se inventaron un país desde cero; tuvieron hijos dándoles una educación y un porvenir; acabaron con un régimen infame sin futuro; diseñaron un país moderno, libre, demócrata, con leyes acordes; sentaron las bases de la igualdad de sexos; nos incluyeron en las organizaciones internacionales; y consiguieron una jubilación que han usado, hasta hoy, en ayudarnos a los irresponsables de sus hijos y a sus nietos y bisnietos. A cambio de esa vida ejemplar les ofrecemos lo que no esperaban: la última guerra, la más increíble. Los llevamos a la Edad Media para encerrarlos en sus casas o infectarlos con una enfermedad que somos incapaces de curar, los confinamos en escenarios dantescos sin casi atención, ignorando su voluntad de compañía y esperamos a que pasen a ser estadística sin permitirles despedirse de sus seres queridos y, aunque ellos ya no lo sepan, depositándolos en pistas de patinaje de hielo hasta que alguien se haga cargo de ellos.
Chencho Sánchez Barandica. Mompía, Bezana (Cantabria)
Mañana de primavera
Domingo, es primavera. La residencia huele a flores. Los abuelos llegan a la cafetería, se producen los encuentros con los familiares. Un señor de cierta edad, con voz ronca, trata a su madre como a una niña: la besa, le coge las manos y le dice en voz baja que la quiere; todo es cariño hacia ella. Al otro lado de la sala, una señora mayor llora desconsoladamente: al hijo se le han olvidado los dulces, el desencuentro entre ellos es muy llamativo. Al fondo, un abuelo con su andador, solo, su mirada es de un niño abandonado. El amor compartido ha ido envolviendo sus vidas. En estos encuentros puedo ver esos lazos que los unen: pueden ser hermosos, de colores, de cadenas pesadas o quizá estén rotos. Cuán importante es ese amor cotidiano, el de las pequeñas cosas que perdura para siempre.
Pilar Díaz. Mairena de Aljarafe (Sevilla)
Vive aún el viejo
Vivir a medio gas, qué distinto de hacerlo con intensidad. Es la disyuntiva general, también en la vejez. El aburrimiento producido por la costumbre de vivir y la resignación empujan en la primera dirección mediocre. A la otra el pujante deseo y la urgencia de apurar los últimos cartuchos que el viejo intuye que le quedan para vivir emocionantemente. Porque es cosa de emoción, la vida entendida como concatenación de experiencias que conmueven. Ante el apartamiento impuesto por la jubilación, el aislamiento obligado de la residencia de ancianos y el triaje sanitario que ve venir en el próximo brote, la persona cargada de años da un respingo. Tuerce el gesto horrorizado. Desde una soledad solo acompañada de achaques, activa su dignidad y, en tono audible, anuncia que puesto que le toca aún estar vivo, habrá de ser –sí o sí, como dicen sus nietos y bisnietos– con intensidad.
Carmelo Carrascal. San Sebastián
Mirada desde fuera
Veo con gran pena y nostalgia que la mayoría de los mayores en España son dejados de lado en la vejez. Vuestros padres se han sacrificado toda una vida por hacer hijos de bien, amándolos y entregándoles las armas para la llegada de la adultez; trabajando hasta partirse el lomo para alimentarlos y educarlos. Pero ¿qué hacen los hijos después? Se casan, abandonan el nido y se olvidan. ¿Cuándo vuelven a acordarse? Cuando llegan los hijos. ¿Para qué? Para que los abuelos se los cuiden y poder trabajar y divertirse. Pero ¿y cuando los hijos crecen y ya no los necesitan? Se olvidan de ellos. Me pregunto, dónde está el sentimiento de gratitud por los semejantes. Y qué vamos a decir por nuestros ancianos padres, que nos cambiaron los pañales, nos dieron el biberón y lo más importante: la vida. Entonces, lo más fácil: enviarlos a las residencias. ¿Creen ustedes que todos los ancianos de las residencias muertos hasta hoy por COVID-19 habrían fallecido si hubieran estado en casa y en familia? Y, de ser así, lo habrían hecho con dignidad y amor.
Mireya Inzunza Parra. Yecla (Murcia)
La generación del silencio y la obediencia
Se los educó a obedecer y callar. Y sagrada obediencia a quien ostentara autoridad. Vivieron entre leyes y Tribunales de Orden Público. Han propiciado una nueva sociedad, un régimen constitucional y nuevas relaciones familiares. Han consensuado decisiones con los hijos e incluso cedido a sus propuestas y caprichos. Su generosidad les ha hecho abrirse a nuevas formas de entender la vida. La obediencia y el silencio no los hicieron intransigentes, sino empáticos. Y con esta maldita pandemia, ya mayores y con una obediencia monacal, acatan las restricciones que nuestras autoridades exigen. Y siendo los más expuestos a la enfermedad y a que esta los lleve por delante, son testigos de cómo alrededor de su generación se cierra el círculo del silencio en los momentos de la muerte y la despedida, alejados de sus seres más queridos. Sin una caricia, sin un beso, sin su compañía. En el momento de la despedida, sin el generalmente numeroso grupo de familiares, amigos y amistades. Su sino ha sido el silencio. Silencio que ahora heredan sus seres queridos para que los lloren, también, en silencio. Que un silencio sea homenaje, oración y un respetuoso reconocimiento a la labor que desempeñaron… En silencio.
Eloy Fernández García. Pamplona
Mi tío Ernesto
El pasado 21 de marzo, sábado, falleció un hombre bueno, se llamaba Ernesto y era mi tío. Se crio sin padre durante la dura posguerra española en un pueblo pobre y perdido de Castilla, de esos que no figuran en los mapas. Con esfuerzo y tesón estudió Medicina y fue de los mejores de su promoción, hoy ya casi todos muertos. Ejerció de médico rural durante más de 40 años, sin faltar ni un día a su consulta, sanando con la ciencia y la palabra, a falta de otros medios, que hoy, al parecer, tampoco abundan. A lo largo de su vida vio morir a su hija con 28 años, a su nieto con 18 y a su madre, esta ya mayor. Pero, pese a su desdicha, jamás lo oí quejarse ni maldecir su destino, aceptándolo con resignación cristiana. Y cuando nacieron mis hijos, Alejandro y Martín, siempre me atendió con una sonrisa, fuera la hora que fuera, ante mis desvelos de padre hipocondriaco. No lo vi morir, como tampoco nadie de su familia, pero sé que murió en silencio, quedo y sin molestar, del mismo modo que había vivido, rezando por quienes aquí quedamos.
Alberto Antón González. Madrid
Choca el culito
Estamos en plena pandemia y tengo un pequeño problema: debo limitar el contacto con mi nieto, Sergio, mi más preciado tesoro. A veces paseo, solo de vez en cuando, porque soy persona de riesgo. También de vez en cuando lo veo. De lejos. A veces se me acerca. Se queda mirándome. Sus ojos me piden un beso que no puedo darle. Él amaga un abrazo, pero se contiene. «Aitona, choca el culito», dice en su lengua. Se vuelve de espalda a mí y espera mi contacto. Después me empuja suavemente, como con miedo. Se da la vuelta y me mira sonriente. «Ya habrá tiempo para más, ¿no?», dice. Yo sé que sí. Mientras esa mirada infantil me apunta, sé que todo es posible, que los problemas se solucionarán. Le creo.
Ángel María González. Correo electrónico
Los últimos… los primeros
Las noticias pasan por nuestras vidas casi sin darnos cuenta. En la cesta de prensa, un periódico de hace unos días me llama la atención: leo la noticia del entierro en Madrid de 59 fallecidos por la pandemia a los que nadie reclamó. Vivir en soledad, morir en soledad, no puedo imaginar mayor tristeza, un camino de sombras, de vida de recuerdos. Nadie a quien contar anhelos, alegrías, penas. Cómo sería la vida de estos seres y cómo habrían llegado a tal punto de soledad en nuestra sociedad. Personas que fueron jóvenes, amadas, puede que tuvieran hijos, hermanos, compañeros de trabajo, tal vez una vida difícil, o no… Sí sabemos que pasaron solos las vicisitudes de la enfermedad, nadie a quien llamar, a quien contar sus temores, con quien compartir. Tres meses… Sus cuerpos ya sin alma han sido los últimos en recibir descanso. Como aquel bonito pasaje de la liturgia cristiana, espero de corazón que los últimos sean los primeros, y sus almas encuentren la luz.
Nineta Villalonga Bagur. Es Castell (Menorca)