EL BLOC DEL CARTERO
Enmascarados
Lo podemos tomar por el lado amable: cuando vemos a una persona enmascarada a la que no conocemos previamente, le imaginamos los rasgos más gratos ... a la vista, y esa es la razón por la que, al desembozarse, la realidad nos decepciona. El fenómeno lo describe una lectora, pero seguro que lo comparten muchos otros. Hay, al parecer, una razón científica relacionada con el funcionamiento de nuestro cerebro, que tiende a transmitirnos armonía y equilibrio, salvo señal inequívoca de alarma, tal vez para que no vivamos permanentemente sumidos en el pánico y el desconcierto, que nos harían imposible la existencia. Desde que vivimos alarmados, la vida se ha llenado de esta clase de sobresaltos que, como nuestra lectora apunta, nos llevan a no querer ver ciertas cosas. Sin embargo, ahí seguimos, bajo las máscaras.
LA CARTA SE LA SEMANA
En mi primer día de universidad tuve que lidiar con un fenómeno dramático: una compañera estaba atormentada y perpleja. Un chico la había invitado a cenar. «No creo que vaya, tía. Lleva una pulsera de VOX», repetía dudosa. Un día, cotilleando en una aplicación de contactos, encontré un perfil de alguien que tenía la necesidad de dejar claro que, ante todo, era antifascista. Al comentárselo a un amigo, me contó una experiencia suya más calamitosa: encontró un perfil con esta descripción: «No me habléis si estudiáis Derecho, Administración de Empresas o sois policías. Aunque pase mala racha, nunca tengo sexo con fachas». Mi pobre amigo es un fascista peligroso al opositar para la carrera judicial. Todo esto es demencial y profundamente irracional. Todos mis amigos me llaman 'Cayetano' y siempre les digo que mi primer ejemplar de la Constitución me lo regaló un votante de Podemos, comunista y republicano. Explico también que la persona más especial que he conocido este curso es un punki anarquista, con el que tengo eternos y divertidos diálogos. Mi generación no debería caer en estos clichés. Un día quedaré con el punki y le daré un abrazo. Yo con camisa, mis Levi's y mi pulsera con la bandera de España. Él, con su pelo rapado, sus tatuajes, sus piercings y pulseras republicanas. Solo para ver las miradas perplejas de esta sociedad absurda.
Javier Cabrerizo Daniel. Ballobar (Huesca)
Por qué la he premiado… Por la invitación a constatar hasta qué punto estamos perdiendo los papeles.
Ver más de lo que quiero ver
Ya llevamos algo más de un mes yendo al colegio. Ha sido una alegría volver, aunque sea con estas mascarillas, estas filas para entrar a clase y estos geles de manos que nos damos a todas horas. Hay poco tiempo para jugar de verdad, y las tardes ya no son lo que eran antes, pero por lo menos hay cosas que sí he recuperado, como a mis amigos y a mis abuelos, con los que sigo pasando las tardes, siempre con mascarilla. Y me está pasando algo curioso: con la gente que ya conocía de antes no me pasa, pero con los nuevos –nuevos compañeros o nuevas profesoras– me pasa algo muy raro. Me he acostumbrado a que su cara no tiene más que ojos. Y mi imaginación ha continuado sus rostros de una manera. Cuando se quitan la mascarilla para almorzar, ¡me da un soponcio! No se parecen en nada a como los había imaginado. Es una sensación muy extraña. Casi hasta me molestan sus rasgos de verdad. Me recuerda a la sensación que alguna vez he tenido cuando he visto más partes del cuerpo de alguien que las que se ven habitualmente. Fueron visiones extrañas y, reconozco, para mí, desagradables, no porque sus cuerpos fueran feos ni nada por el estilo, sino porque repentinamente se me presentaba a la vista más de lo que quería ver. Pues ahora lo mismo me está pasando con las caras de las personas que estoy conociendo con la cara tapada. Me resulta extraño y casi un poco desagradable. No sé si a alguien más le estará pasando. ¡Ojalá estas cosas pasen pronto!
S. A. F. Navarra
El termómetro del paso de cebra
La pandemia en la que nos encontramos nos ha cambiado y nos sigue mudando la piel, así como nos está cambiando muchos conceptos de nuestras vidas, pero lo que parece que más le cuesta marcharse es algún comportamiento incívico que bien podríamos tildar de 'falta de educación'. En los últimos meses he acuñado la teoría del termómetro del paso de cebra. Con ella aludo a un planteamiento nada científico que tiene en cuenta el comportamiento de los conductores ante un paso de cebra como indicador del grado de civismo, de educación, de paciencia, de tolerancia, de empatía y de mirada hacia el prójimo. Cuando respetamos el paso de cebra, es porque divisamos al vecino, al viandante, al que camina por nuestro itinerario. No solo lo oteamos, sino que lo mimamos, sabiendo que es más débil que nosotros. Por el contrario, cuando los que conducen vehículos no paran a tiempo ante un paso de cebra, o pasan muy deprisa ahuyentándonos, o incluso llegan a discutir con los peatones para mostrarles su desdén, en estos supuestos deduzco que algo malo sucede. Durante el estado de alarma, con un país confinado, la respuesta era la primera. Me reiteraba entonces el anhelo de que continuara ese hábito durante mucho tiempo, pero para nuestra desgracia no fue así. En cuanto nos sentimos más libres, también experimentamos un deseo de volver a la jungla. Desde mi perspectiva, hemos de defender la libertad y la concordia como base de la convivencia. Si no aprendemos esto, si no lo palpamos, el resto del saber no sirve para nada.
Juan Tomás Frutos. Correo electrónico
¿Quién se encarga de ellos?
Hace unos años conocí a una señora que, a la hora de cobrar por mi trabajo, me daba doscientos y pico euros. Me los daba por algo que debía haber pagado en verdad por 35 euros. Por indicios, o lo que yo llamo 'indicios', deduje que la mujer tenía alzhéimer o alguna afección similar. Lo sé porque lo he vivido, y ahora me toca otra vez. A veces me encuentro en casas verdaderos dramas de personas enfermas, con problemas de enfermedades de sus parientes y situaciones de paro. Casi todo el mundo dice que en sus trabajos son psicólogos, yo también. El año pasado me llamó una señora, más que para que le hiciera mi trabajo, para hablar con alguien. Creo que estaba tomando pastillas. Porque no coordinaba bien. Hoy me ha vuelto a llamar, está sola, sin hijos, sin marido y no se acuerda ni de dónde vive. A estas personas, ¿quién las atiende? Estas personas no deberían estar solas o, al menos, deberían tener atención de alguien. Me imagino que irán a los centros de salud. Y los indicios delatan.
J.V.G. Burgos
Persona antes que médico
Doctor en Milán, ahora vivo en Madrid, donde me siento muy a gusto. Tras una vida dedicada a la profesión médica, quisiera observar cómo, desde mi experiencia y la de mis familiares, los médicos que aquí conocí, más allá de una indiscutible profesionalidad desde el punto de vista científico, no toman en debida consideración algunos aspectos que, en nuestra formación y en el de la práctica diaria, considero imprescindibles. En un sistema superburocratizado que no otorga elasticidad ni siquiera a quienes realmente la necesitan (si no hay lugar, no hay lugar), el médico siempre se sienta detrás de la computadora, no visita, no 'toca' casi nunca el paciente. Pospone la consulta después de la prescripción de nuevas pruebas y, muchas veces, el facultativo que concluye el proceso clínico es otro. Pero el médico es una persona antes que un médico, y también lo es el paciente. El paciente debe ser observado, tocado, sus problemas no se pueden entender en unos momentos apresurados: incluso sentir el pulso, medir la presión arterial, escuchar un corazón, estrechar una mano ayudan al paciente a sentirse escuchado, a estar tranquilo. Los viejos maestros nos enseñaron que cuando un médico no comprende lo que tiene un enfermo, en lugar de irse, debe estar cerca de él, esforzarse por comprender, compartir de algún modo sus sufrimientos para aliviarlos. Hoy, lamentablemente, esto no parece factible. Grandes cirujanos nos han enseñado la existencia de un 'vínculo de sangre' con los enfermos que hemos operado y curado, que de alguna forma nos une para siempre. En la práctica diaria, por el contrario, casi nunca se ve al médico acercarse emocionalmente al paciente, todo parece haberse convertido en un automatismo desalmado. Es una pena: en su verdadero sentimiento el médico puede encontrar en la relación con el paciente una satisfacción incomparable, válida para ambos.
Doctor Maurizio Gavinelli. Madrid
¿Extremista?
Hace poco, Netflix estrenó el documental A life on our planet. En él, sir David Attenborough ilustra cruda y magistralmente el daño irreversible que nuestro estilo de vida causa a nuestro frágil planeta. Entre las soluciones que propone, está la de basar nuestra alimentación en alimentos de origen vegetal y apunta al consumo de carne como un hábito peligrosamente extractivo y dañino. XLSemanal publica una entrevista con Joaquín Gutiérrez Acha que podría haberse convertido también en una valiosa llamada a cuidar nuestros espacios naturales. Pero no lo fue, porque el titular («Respeto todos los movimientos, pero el vegano me parece contranatura») es tan contundente como falaz. Un león vegano es contranatura; un humano vegano no. Primero, porque somos omnívoros, podemos (elegir) comer tanto animales como plantas. Segundo, a diferencia del resto de los animales, los humanos somos agentes morales, podemos discernir qué está bien y qué mal. Dice Phillip Wollen, exvicepresidente de Citibank, que si los mataderos tuvieran las paredes de cristal no habría nada que debatir al respecto. Tengo 33 años, soy madre de dos hijos, y hago todo lo posible para que mi alimentación sea cien por cien vegetal. ¿Extremista? Si considerar que el beicon sobre la hamburguesa no vale los chillidos desgarradores de los cerdos ni de la vaca cuando le arrebatan a su ternero, sí, lo soy. Aprovecho en todo caso la ocasión para expresar mi admiración por el contenido de calidad que suelen publicar, y mi deseo de que puedan servir de inspiración para el cambio de paradigma que tanto necesitamos.
Aizeti Carlos-de-Vergara Artola. Correo electrónico
Una tormenta perfecta
En estos tiempos de pandemia inmisericorde, que destruye vidas y puestos de trabajo, hay algo de lo que apenas se habla y cuyas estadísticas no existen. Me refiero a las personas, generalmente mayores, con patologías previas cardiovasculares y otras enfermedades crónicas que, ante el pánico que les produce pisar un hospital y salir de él contagiados, mueren en sus domicilios por falta de asistencia. Es una tormenta perfecta, ya que se juntan el miedo al contagio y una sanidad pública colapsada que no puede más y que está con todas las alarmas activadas.
Jesús María Axpe Álvarez. Correo electrónico