El bloc del cartero
Entendimiento
Es una carta breve. Dice lo justo y deja adivinar lo demĆ”s. Y, sin embargo, todos comprendemos. Constata que ya ni nos escuchamos, y que no parece haber opción de que algĆŗn dĆa volvamos a hacerlo. Cada uno en su burbuja. Cargado de su razón. Tanto que ya no es que no se vea la del otro, sino que ni se contempla que tenga para sus posiciones sino los mĆ”s abyectos motivos. Demasiadas verdades incuestionables. Demasiados imperativos categóricos. Demasiada inquina alimentada de agravios reales o imaginarios, de errores ajenos o fracasos propios. Tanto da. La lectora que firma la carta, y nos la envĆa desde uno de los lugares donde mĆ”s brilla nuestro arte para desoĆrnos, pone el dardo en la diana: sin afĆ”n de entendernos, nada nos queda sino entorpecernos y menoscabarnos unos a otros. Da igual. Nadie escucha.
Newsletter
titulosecundario titular="Las cartas de los lectores
" antetitulo="
"]
Entendernos
No quiero ni pensar que se haya acabado para siempre la necesidad de entendernos los ... que pensamos distinto, de convivir los diferentes tratando de seguir construyendo juntos desde nuestras propias diferencias. Yo nacà en 1938 y he visto una España mucho mÔs gris desempolvarse la desesperanza y avanzar unida por nuevos caminos.
Anna MarĆa Muntada Batlle. Granollers (Barcelona)
El nulo valor de lo cotidiano
Cinco jóvenes fallecen arrollados por un tren. El alcalde del pueblo decreta tres dĆas de luto y el obispo preside una solemne misa. Dos mil muertos y miles de heridos en un terremoto en Marruecos. Decenas de jefes de Estado expresan su pesar y envĆan equipos mĆ©dicos y toneladas de alimentos. Tragedia ferroviaria en la India: 300 muertos y mĆ”s de 1000 heridos. LĆderes de medio mundo expresan tambiĆ©n sus condolencias. Unos 10.000 niƱos mueren de hambre dĆa sĆ y otro tambiĆ©n. O sea, 3,6 millones al aƱo. No es noticia. Es lo cotidiano.
Barry Russel True Trauger. Ronda (MƔlaga)
La loterĆa
Los lunes por la maƱana, como todo reciĆ©n jubilado, bajo temprano a la calle. Me dirijo, fijo, a mi vendedor de loterĆa. EstĆ” siempre sentado en su banco preferido. Cedido por el Ayuntamiento. Es vendedor subrogado, porque su minusvalĆa no le da para tener caseta. Le compro el mismo nĆŗmero desde hace aƱos y nunca me toca. Hablamos de sus estrategias de venta en los bares, de las novedades del barrio y de todo lo divino y humano. Espero que no me toque nunca y que la suerte no me traiga ese disgusto. A veces las pequeƱas conversaciones banales aportan mĆ”s que toda la propaganda institucional sobre
la tercera edad.
Samuel GarcĆa Moreno. LogroƱo
El fabricante de santos
El pasado tres de septiembre se cumplieron treinta aƱos de su muerte en ParĆs. Trabajador incansable, regenerador de la escultura contemporĆ”nea gracias a la vuelta a la talla directa, exiliado espaƱol republicano humillado al ser encerrado en la playa de ArgĆ©les, artista comprometido, creador de la escultura mĆ”s importante en recuerdo de los espaƱoles caĆdos para liberar Francia y enterrado con su mujer, Mercedes GuillĆ©n, en el cementerio de Montparnasse, junto a Julio CortĆ”zar y Carol. El olvido generalizado de la figura de Baltasar Lobo me duele aĆŗn mĆ”s porque nació y se crio a tan solo ocho kilómetros de mi casa, en Cerecinos de Campos. Cuando salió de su pueblo para ir a formarse al taller de un imaginero vallisoletano, ya le conocĆan como el fabricante de santos, pues gracias al material que su padre atesoraba en la carpinterĆa familiar, el joven Lobo se dedicó a copiar las esculturas de la iglesia de su pueblo. Hoy su memoria, al igual que sus esculturas, sigue imborrable en Francia, Venezuela, RepĆŗblica Checa, Estados Unidos⦠pero en EspaƱa apenas se le conoce ni valora. Incluso en Zamora se expone una mĆnima parte de la obra que nos legó, en un museo apenas publicitado, mientras el grueso de su creación adolece en un almacĆ©n a la espera del tan ansiado centro de arte que todos prometieron y ninguno levantó. Algunos seguiremos recordĆ”ndolo.
Alberto Maluquer Sarrias. Barcelona
Tras el pino, el arcoĆris
El lunes la ama se marchó para siempre despuĆ©s de una larga enfermedad. Hoy jueves he conducido dos horas bajo un cielo que lloraba su muerte para reencontrarme con el pino. El pino que me llamó para mostrarme el abrazo que disipaba el sinsentido de la enfermedad. Al encontrarlo he descubierto que habĆa muerto. Quedaba el tronco erguido, alto y algunas piƱas rodeĆ”ndolo en el suelo. Le saco una foto que mando a mi familia con un mensaje: Ā«En enero el pino estaba enfermo, ahora en septiembre el pino ha muertoĀ». Y tras el tronco oscuro se comienzan a intuir colores: rojo, naranja, amarillo, verde, aƱil, azul y violeta. Y tras el pino muerto aparece con toda su belleza el arcoĆris.
Ana Goikoetxea Lapresa. Donostia. San SebastiƔn
Cada hombre tiene su guerra
Llevamos nueve dĆas en el Hospital, acompaƱado a mi madre, tiene noventa aƱos y su situación es delicada. Los tres hermanos nos turnamos a su lado para que cada vez que abra los ojos nos vea, no podemos hacer mucho mĆ”s, pero sabemos la reconforta. En estos larguĆsimos dĆas, un batallón de enfermeras y auxiliares cuidan de ella solĆcitamente, no deja de sorprenderme el cariƱo que ponen. Veo a otros pacientes mĆ”s o menos acompaƱados y pienso en la pandemia; estar aquĆ sin los que te quieren, estar fuera sin los que te necesitan a su lado, no poder acariciarlos, despedirte siquiera⦠y se me encoge el corazón. Pero siempre estabais vosotros, los sanitarios, y me siento agradecido por ello, por vuestra profesionalidad, por vuestro coraje; porque no les dejasteis solos; ya os lo ha dicho todo el mundo, lo sĆ©. Pero estando aquĆ, soy mĆ”s consciente que vuestra dedicación va mĆ”s allĆ” del simple trabajo, y hace que os sintamos un poco como de nuestra familia. No se me ocurre mayor elogio. Mi madre estarĆa de acuerdo. EscribĆa Delibes: Ā«Cada hombre tiene su guerraĀ», y asĆ ha sido, la hemos tenido, nadie se ha librado y ha sido duro. Apenas espero que no solo hayamos aprendido a lavarnos las manos y que, como nuestros sanitarios, seamos capaces de ver el mundo con humanidad, con un poco mĆ”s de amor, que seamos un poco mĆ”s familia porque todos nos necesitamos y tal vez peor que la guerra sea la soledad.
Carlos JosƩ Esguevillas GonzƔlez. Palencia
El poder del orgullo
Este verano, en la playa de Oyambre, tuve un pequeƱo incidente con una persona que aparcó su vehĆculo junto al mĆo. AbrĆ mi puerta, golpeĆ© su lateral y dejĆ© dos pequeƱas marcas. Esta persona estaba dentro de su coche, con una niƱa de pocos aƱos. PasĆ© a la trasera del mĆo sin decir nada y me recriminó mi acción. PedĆ disculpas, pero ya era tarde. Mi orgullo me impidió decir o hacer nada. CallĆ©, oyendo sus merecidos lamentos. Solo veĆa a la niƱa asustada, que pensarĆa: Ā«Vaya seƱor tan malo que ha hecho enfadar a mi papÔ». No me considero maleducado ni faltón, pero esta situación me ha dejado un tremendo desasosiego y quisiera pedir perdón a mi desconocido contrincante. SĆ que notĆ© que chocaban las chapas y vi que Ć©l estaba dentro de su coche, pero me resultó mĆ”s cómodo hacerme el despistado. Lo siento muchĆsimo. Me venció mi orgullo.
C. S. Correo electrónico
Por qué la he premiado⦠Por si llega al destinatario y porque abdicar del orgullo es rareza cada vez mÔs inusual.