El bloc del cartero
Ética
Según un conocido filósofo moral de nuestro tiempo, cada español tiene una ética, y algunos cabe sospechar que dos o tres, por lo que perfectamente podríamos andar por cincuenta millones de concepciones sobre el deber ser de las cosas, todas ellas convenientes a las apetencias y propósitos de sus usuarios, que se aproximan así al plácido y perpetuo goce de la felicidad. O no: o esto, como sabe cualquiera con dos dedos de frente, un mínimo de conciencia y alguna experiencia de la vida, es una burda falacia de la que, justamente por su propio bienestar, hay que proteger a los más inmaduros de entre nosotros, no sea que les dé por tomar esa vía al precipicio, individual y colectivo. Nos lo recuerda, en la carta de la semana, un docente de Ética. De la de verdad, no ese blandiblú acomodaticio que practica alguno.
Aquellas melenas
Ahora que me acerco a los 70 años, a menudo me sorprendo recordando historias de mi juventud. Hoy, sin ir más lejos, pensaba en el ... gesto rebelde que suponía para mi generación el (intentar) llevar el pelo largo en los años sesenta. En pleno esplendor de la beatlemanía, nuestro ferviente deseo era poder dejarnos el pelo largo como esos ingleses. Pero, en mi casa, no estaban por la labor. Cuando el pelo me empezaba a asomar por encima de la oreja, mi padre me mandaba al peluquero. Yo procuraba chafármelo, para que no lo notara, pero el engaño duraba pocos días. Hoy, los jóvenes llevan el pelo cortísimo, al estilo que le gustaba a mi padre, al cepillo y yo… sigo sin animarme a cortármelo así. El pelo largo ya no es sinónimo de rebeldía, ya nadie se escandaliza. Para nosotros, cuando al final conseguimos llevarlo hasta los hombros, significó un triunfo ante esa sociedad anticuada y cerrada como era la española de los sesenta. Y cuando nos decían que parecíamos nenas, contestábamos que Jesucristo lo llevaba así. Y nos quedaba una sensación de triunfo. Pero si hoy le contara esto a algún jovencito de cogote rapado, me miraría extrañado y pensaría: «Este tío es del siglo pasado». Como yo pensaba de mi abuelo. Lo triste es que el chaval tendría razón.
Fernando de la Torre Melchor. Barcelona
Progreso
Estamos viviendo una época donde los avances tecnológicos absorben la propia personalidad, convirtiéndonos en autómatas dependientes de una inteligencia artificial manejada con fines interesados. Programas como el Pegasus vigilan nuestras vidas; en las autopistas nos hacen pagar con dispositivos que nos cobran; en el súper o restaurantes, sírvase usted mismo y cóbrese. En los bancos, realice sus propias operaciones, y ahora hasta en la gasolinera hágase su propia factura que ya se la enviaré para que usted la imprima. Todo esto y mucho más son las situaciones que se nos presentan habitualmente cada día, lo que nos obliga a tener conocimientos y depender de caros dispositivos para realizar las operaciones, perdiendo el contacto humano y aumentando el paro considerablemente, pero al parecer a esto se lo llama 'progreso', por lo que tan solo se me ocurre decir: lo bien que vivíamos cuando vivíamos mal.
Diego Fernandez Villar. A Coruña
Sonrisas inesperadas
Está ocurriendo algo insólito. Desde la retirada de las mascarillas nos hemos vuelto a reencontrar con esa mínima fracción que nos separaba en los espacios interiores. Existía gente que solo conocíamos bajo esas circunstancias y, ahora que podemos vernos cara a cara, las reacciones no se hacen esperar. Es imposible disimular esa sonrisa que aflora, vergonzosa y tímida, por la comisura de los labios y, por más que la intentes ignorar, allí está. ¿Será que nos estamos reencontrando con una sencillez que no creíamos echar tanto de menos? Como viejas compañeras, las facciones se saludan, ausentes de nuestras intenciones, como queriendo decir: ¡por fin! Tengo tanto que contarte...
Ismael Martínez Pérez. El Temple (Cambre)
No tienen quien les escriba
Nací en un pueblo al sur de Granada, donde la vida es más fácil para un turista con dinero que para un oriundo del lugar. Mi padre, un jubilado que se dedicaba a la construcción; mi madre, a sus labores, y aún lo hace. Con 18 años me fui de casa para empuñar un fusil, con una mochila llena de sueños. Ya han pasado más de veinte primaveras, y ahora, que estamos invadidos por noticias sobre una guerra entre Ucrania y Rusia, emergen en mi memoria los recuerdos del sufrimiento de una madre, cuando su hijo le dice que se marcha para la guerra de Irak. Aquella experiencia vivida no cambió mi vocación (servir a los demás); pero sí cambié de uniforme. También aprendí una de esas lecciones que te enseña la vida: que cada mes de mayo se celebra el Día de la Madre y, debido a las consecuencias de una guerra, muchas de ellas no tienen quien les escriba una merecida felicitación. Por ello, no quisiera faltar a mi cita y poder escribir, una vez más: ¡felicidades, mamá!
José Miguel Esparrell Rodríguez. Torre Pacheco (Murcia)
Todo perfecto
Soy profesor de la asignatura, en proceso de extinción, de valores éticos. Escuchar en una clase el palique sobre fútbol es el pan de cada día. Sí, para muchos es un culto y los futbolistas son ídolos en el pleno sentido de adoración como deidad. En los últimos días se ha destapado cierto tema de ese mundillo con millones de por medio, signos de un importante conflicto de intereses y una escasa ética. Pero ¿qué más da? No han hecho nada ilegal, ergo, no hay problema. Es más, han ayudado tanto a consolidar unos derechos de un país tercero como económicamente a equipos modestos del nuestro. Esto ya cruza todo cinismo. Estoy seguro de que para ciertas personas hablarles de ética es poco más que una abstracción conceptual del tipo de cuando teníamos cinco años y nos dicen que somos mortales. Es un «pues vale», pero no lo sentimos como algo real. Es algo distante, ergo, no nos implica. A estos los invitaría a pasarse un par de horas en una de mis aulas de forofos. A hablar de ética, por supuesto.
Aitor Lorenzo. Irún (Guipúzcoa)
Por qué la he premiado… Por cuidar algo de esa enseñanza, como del lince ibérico, ya que la erradican del aula.