EL BLOC DEL CARTERO
Honra
Quien pierde los barcos, ya lo descubrió hace tiempo un almirante español, para salir de un mal paso, siempre tiene el recurso de intentar salvar la honra. En Kabul no han perdido Estados Unidos y sus aliados ningún barco, porque la ciudad está en el interior y el país no tiene litoral, pero se han dejado casi todo lo demás que podía perderse: el crédito, el tiempo, varios miles de vidas, decenas de miles de armas, una flota de todoterrenos y blindados, decenas de helicópteros y de aviones. Ante esa derrota, total y sin paliativos, solo cupo hacer in extremis lo imposible por sacar al mayor número de afganos del lugar inhóspito que por diversos motivos ha pasado a ser para ellos su propio país. Son quienes han asumido ese alto riesgo los que salvaron, y a ellos les corresponde, la honra en medio de la catástrofe.
Cartas de los lectores
• Tal vez daría para una peli
Quizá una película a medio camino entre Argo y El ángel de Budapest. Una Lista de Schindler ... a la española. El argumento: una región en guerra desde tiempos inmemoriales, con un enemigo despiadado que avanza implacable asediando las embajadas de varios países; un poco como 55 días en Pekín, pero con la versión moderna de los bóxers cercando los diversos círculos del infierno de Dante. Buena parte de la población tratando de huir hacia esa zona del Kabul que parece ser su única salvación. Escenas de pánico, atentados, confusión... Los personajes, todos españoles: un embajador cesado hace días que se niega a abandonar el país, tal como han hecho sus homólogos de otras nacionalidades, sin terminar la evacuación. Una joven jefa, de la misma embajada española, que también permanece en su puesto hasta el último momento. Heroína de hechos, el codiciado papel para cualquier actriz que se precie. Además, 17 policías nacionales, sabiendo lo que se juegan –en su memoria los compañeros muertos hace seis años en esa misma ciudad–, que se internan en el caos para tratar de llevar a salvo al mayor número de personas posible. Soldados españoles, por supuesto, hombres y mujeres entregados al deber, y en su lugar de vacaciones, el máximo responsable de todo esto. En este caso y dada la proverbial apostura del personaje real, podría contemplarse la posibilidad de un cameo, en alpargatas, para que quedase más natural.
Juan Manuel López Vallina. Correo electrónico
• Rambo no ganó ni una guerra
El mundo se rinde ante el avance talibán en Afganistán. No han servido las ayudas millonarias para el adiestramiento del Ejército afgano. El régimen talibán ha conseguido en días lo que Estados Unidos no en décadas. Sí, décadas, porque nunca remataron la faena. Es muy distinto que un marine adicto a videojuegos maneje un dron cargado de misiles a luchar cuerpo a cuerpo con tu enemigo. Rusia lo sufrió en los años ochenta y a la OTAN le toca ahora. Cuando los Estados Unidos salió por patas de Vietnam, para lavar su imagen Hollywood creó a Rambo, que, recordemos, en Rambo III luchaba junto con los islamistas afganos contra su enemigo invasor, la Unión Soviética. Vale, es ficción, pero en aquellos años la CIA financió e instruyó a Bin Laden para luchar contra el comunismo ruso, y eso fue una realidad. Con millones de dólares alimentaron al monstruo que derribó las Torres Gemelas hace, ayer, 20 años. Y lo más triste de todo es que todas estas guerras creadas para instaurar la democracia son una patraña. Solo les importa el dinero, esquilmar recursos naturales o controlar la situación geoestratégica. Nunca tuvo que ver con la democracia ni los derechos humanos. ¿O pararon el genocidio a machetazos en Ruanda o el progresivo avance yihadista en África? Toda la comunidad internacional hoy dice: «Déjalo estar», mejor así que darle una patada a un perro rabioso que sabes que te morderá; a no ser que acabes matando moscas a cañonazos como en Hiroshima y Nagasaki. Mientras, seguro que otro Rambo volverá a las pantallas para hacernos creer vencedores.
Rafa Zamora Sancho. San Sebastián
• Día Internacional de la Solidaridad
En un mundo desbocadamente desigual es necesaria la cooperación entre naciones para equilibrar la balanza. Es una obligación moral: sin esta solidaridad será imposible erradicar el hambre, la pobreza o la guerra. Con esta convicción, Naciones Unidas acordó en 1972 que cada país destinaría el 0,7 por ciento de su producto nacional bruto para ayudar a desarrollar a las naciones más pobres. Casi 50 años después, no más de ocho países cumplen con la resolución, y España no solo no está entre ellos, sino que se sitúa muy lejos de la media de la OCDE, que es del 0,46 por ciento. Cuando España firmó el acuerdo, ¿de verdad creía en ello o solo buscó el boato que dan los foros internacionales? Solo siendo solidarios podremos hacer de este planeta un lugar mejor. ¡Y luego queremos que no vengan! ¡0,7 por ciento ya!
Miguel Fernández-Palacios Gordon. Madrid
La especia humana
Un mundo de brutales contrastes. Domingo. Noticias del fin de semana. Ciudades españolas: macrobotellón, enfrentamientos, lanzamientos de mobiliario urbano, fiesta hasta las siete de la mañana. Kabul: búsqueda desesperada de un medio que los lleve lejos de lo que se les viene encima. Marchar, alejarse cuanto antes para dejar atrás todo lo que supone retroceder varios siglos. Hay muchos mundos en este. Pero hoy chirría escandalosamente el contraste entre estos dos: mientras unos protagonizan la vida consentida, otros más cerca de las bombas que de la esperanza tratan de escapar al horror, provocado por los mismos con los que hasta ahora compartían tierra y país. Los protagonistas de estos dos mundos podrían intercambiar sus puestos de hoy, de ahora mismo, si el azar, el destino o la historia así lo dispusieran. Puede que no sean tan diferentes los que quieren salir de Kabul de los que disfrutan del botellón. Se trata de la circunstancia personal, del momento y del lugar que les ha tocado en suerte. Y todos, los fiesteros de un lado y los protagonistas del otro, pertenecen a la especie humana. Aunque a veces no lo parezca.
M. J. Vilasuso. As pontes (A Coruña)
Por qué la he premiado… Por recordar cómo la contradicción nos constituye, en grupo y de uno en uno.