EL BLOC DEL CARTERO
Irse
Coinciden esta semana dos cartas que nos hablan del acto de irse, de bajarse del tren del trabajo y de la actividad orientada a la supervivencia económica para darle una oportunidad a otras dimensiones de la vida. Las razones son dispares: una va de esa gran renuncia que protagonizan quienes han dejado de creer en el trabajo, tal y como se les ofrece, como proyecto vital; otra, de quien renuncia a su actividad retribuida para devolver el cuidado a quien lo cuidó. En ambos fenómenos afloran costuras mal zurcidas de nuestras sociedades, que no siempre saben proteger a quienes necesitan e incluso se han ganado la protección y que fallan a la hora de crear en no pocas personas la conciencia de que el esfuerzo es el más digno modo de estar en el mundo. Dimitir no debería ser la solución.
Cartas de los lectores
Un año sin ingresos
Noviembre 2021. Cierro mi empresa y empiezo a cuidar de mi madre. Superados todos los males del principio, más que aceptada la situación, sigo viviendo ... así. Un año ya sin ingresos. No puedo trabajar por estar de 'misión'. Es mi misión: cuidar de mi madre. Somos dos hermanos, nos vamos turnando. Uno por la mañana y otro por la tarde. Uno busca trabajo y el otro se queda en casa. La casa con humedades (saco agua literalmente de debajo de mi cama). El banco o la caja pasan de sus propias casas y de mí. Yo llevo viviendo así desde 1995, las luchas son largas. Mi hermano salió ya de su cáncer. Él lleva tres meses sin ingresos, cerró su negocio por todo. El gas y la luz, muy caros. Cuarenta y cinco años cotizados entre los dos y los dieciocho últimos años, entre los dos, cotizados como autónomos. Y nos dejan tirados. Hay drogadictos a los que les pagan algo sin trabajar y para sus drogas. Comemos del dinero de la jubilación de mi madre. También llevo un año lesionado, me estoy curando solo. En la Seguridad Social no me curan y pasa el tiempo, y para mí es oro. Tampoco tengo número de cuenta: me cobraba mi caja por tener una cuenta sin ingresos. Tampoco tengo tarjeta de SEPE, me quieren obligar a hacer cursos. Pero no tengo tiempo, tengo que comprar, hacer muchos papeles y cuidar a mi madre. Y etcétera. No es ninguna queja. Es la vida que tengo. ¿Mi madre? Estupendamente y cuidada. Y libre en su casa. Ella lo quería así.
J. V. V. Burgos
La renuncia silenciosa
Actualmente se detecta en las empresas un fenómeno denominado quiet quit, es decir, renuncia silenciosa. Consiste en que el empleado, generalmente de la generación Z, no se toma el trabajo en serio. No es que les falte ambición, sino que carecen de alicientes, de estímulos, de motivación. No se sienten implicados en la empresa y adoptan una actitud pasiva o deliberadamente se limitan a realizar lo estrictamente necesario. No están dispuestos a efectuar esfuerzos o sacrificios extraordinarios. No les interesa trabajar los fines de semana, ni en días festivos, ni hacer horas extras. Anteponen la conciliación familiar, su personal bienestar, la calidad de vida. No se trata del burnout, es decir, del empleado quemado, propio de quien lleva una larga trayectoria en el mismo puesto de trabajo. Su prioridad no es el dinero, sino ser tratados como personas, el aspecto emocional. Algunos no presentan tolerancia frente a la mínima adversidad. Otros anteponen la mera comodidad a todo esfuerzo y prefieren ser desempleados felices que ocupados insatisfechos. Para quienes se han esforzado en el trabajo, renunciando a muchos proyectos vitales, haciendo grandes sacrificios, se hace difícil comprender esta actitud que llegan a tildar de pasotismo.
José María Torras Coll. Sabadell
Todas las víctimas de la pandemia
La pandemia fue dura; al principio no sabíamos muy bien a qué nos enfrentábamos. Tras muchas muertes e investigaciones se ha ido avanzando; hemos descubierto cómo es el virus, se han sacado cuatro vacunas, se están investigando nuevas... En fin, avanzamos. Pero también en ese tiempo se abandonó a los enfermos de otras enfermedades igualmente mortales o con altas probabilidades de provocar situaciones letales (diabetes, cáncer, enfermedades coronarias, renales, etcétera). Por supuesto que había que atender a los afectados por la covid-19, nadie dice lo contrario, faltaría más; pero que hubo ese abandono hacia los enfermos de otras enfermedades también es innegable, y los que estuvimos al pie del cañón y, para colmo, perdimos familiares por ello desgraciadamente lo sabemos muy bien. Que no nos hagan tragar con ruedas de molino ni tergiversen las cosas. Con esto quiero hacer un homenaje a todas las víctimas, tanto de la covid-19 como del resto de enfermedades que cayeron durante esas terribles fechas; víctimas inocentes que nos dejaron, pero su recuerdo perdura en nuestra memoria. ¡Va por vosotros!
José Ramón Delgado Andrino. Fuenlabrada (Madrid)
Por qué la he premiado… Por el recuerdo a esos olvidados, que encierra una pregunta y una interpelación para el futuro que, ya avisados, jamás deberíamos repetir.