El bloc del cartero
Juguetes
Entona uno de nuestros lectores una elegĆa por los jugueteros y los juguetes, esos objetos de los que entre nosotros cada vez menos niƱos se sirven durante menos aƱos. La virtualización de la existencia tambiĆ©n los alcanza a ellos: aun si sus padres retrasan la edad del primer móvil, les salen al paso tabletas y otros artilugios, con los que incluso en la escuela les sirven las enseƱanzas. El mundo apantallado tiene una ventaja: es dócil, obedece al capricho del usuario āal menos a prioriā y no estĆ” sujeto a las limitaciones innumerables de la realidad. Permite incluso abolir las mĆ”s odiosas de todas las leyes, las de la fĆsica, esas que se ceban inmisericordes con nuestros pellejos y nuestras osamentas. La pregunta es si quien no jugó de niƱo con juguetes tangibles sabrĆ” aceptar de adulto el drama cierto y sólido de la vida.
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titulosecundario titular="Las cartas de los lectores
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¿Por qué corremos tanto?
Este es un canto desesperado al contarme un amigo juguetero que su profesión ya no ... es rentable. Juguetero es una de las pocas palabras que no tiene sinónimos en nuestro idioma; tampoco sustituto, ni Ć©l ni lo que vende o fabrica. La razón por la que no es viable su oficio es que ya solo se venden juguetes hasta los 7 u 8 aƱos. Cada vez hay menos niƱos y lo son menos tiempo. Yo tengo recuerdos de inventar historias con mis Playmobil o montar el Scalextric hasta el doble de esa edad. ĀæPor quĆ© corremos tanto? ĀæA dónde queremos llegar? Un niƱo que no juega tiene muchas posibilidades de convertirse en un adulto sin imaginación y sin capacidad de improvisación. Los paĆses nórdicos han concluido que estaban equivocados al introducir tanta tecnologĆa en las aulas y han vuelto a los libros en papel. A toda costa quieren fomentar la lectura, que consideran el mejor obsequio que se le puede hacer a un niƱo. EspaƱa todavĆa no se ha enterado y continĆŗa en su carrera por tecnificar sus aulas. Los niƱos solo tienen un defecto: quieren ser mayores e imitarlos. A una niƱa le llama mĆ”s la atención una tablet que una muƱeca, porque la tiene su madre o su padre, no porque le divierta mĆ”s. Mi hija de 4 aƱos habla de si algo es caro o barato, concepto que solo yo de manera descuidada le he podido transmitir, pero, cuando se despista, sale su verdadero yo y canta a grito pelado por la calle y pregunta, pregunta muchĆsimo, cosas tan obvias y cotidianas que son dificilĆsimas de responder. Ella ve el mundo desde cero, lo ve como un juguete. Ella quiere ser como yo, y yo solo quiero ser como ella.
David Tuero RodrĆguez. Gijón
Sobrevivir sin móvil
Hay algunas personas que, por edad provecta u otras razones, sobre-vivimos sin móvil y, claro, es duro, marginal y extraƱo en tiempos en los que todo parece moverse, aunque en dirección peligrosa o suicida. Complicado es sobrevivir sin dicho 'artefacto', por mĆ”s smart que te consideres y que estimes sus ventajas o beneficios siempre que lo controles, y no al revĆ©s. O por mĆ”s que seas capaz de procesar o discriminar todo lo que por Ć©l llegue. SerĆa entonces cuando te puede dar por justificar tu rareza: no doy mal ejemplo a la infancia ni atropello, molesto o accidento a nadie, no hago selfis peligrosos, no voy ensimismado por la calle sin saludar, aparte de no perjudicarme la vista y el oĆdo. Con tendencia a empeorar lo tenemos, porque incluso puedes tener problemas con las citas sanitarias, o no te creen si no das el 'móvil'. Incluso acabarĆ”n recomendando psicólogos a la pobre gente que no tenemos uno inteligente, o al menos sencillo y bĆ”sico para mayores. Un suponer que las escuelas de adultos ayudarĆ”n a quienes se sientan frustrados o arrepentidos por manejar bien un artilugio que comunica e informa tanto, como lo contrario.
Vicente Polidura Valle. Santander
Todos un poco ajenos
Como cada lunes, volvemos a la biblioteca. Todos los aquĆ presentes luchando por nuestro futuro, todos estudiando con un objetivo claro; todos un poco ajenos a la realidad del mundo tras estas paredes. Cuando Ć©ramos infantes, quizĆ”s pensamos en ser otras personas diferentes a quienes somos ahora, o seremos en el futuro. Pero si nos paramos a pensar⦠quĆ© posibilidades tienen un niƱo o un joven que viven en zonas de conflicto, o que tienen que cruzar un mar o un ocĆ©ano, para poder, simplemente, vivir. AquĆ nos preocupamos por mantener con vida el 'Ć”rbol' de la aplicación Forrest, que nos cuenta las horas de estudio, pero bajo ningĆŗn concepto nos planteamos tener que preocuparnos por mantenernos con vida un dĆa mĆ”s. Triste.
Carlos GarcĆa Hurtado. Granada
Batalla cultural
Efectivamente, nuestro vecino europeo del norte es el mejor ejemplo de que la cultura merece una autĆ©ntica y decidida polĆtica de Estado. No olvidemos que la cultura es uno de los grandes sectores económicos e incluso industriales de la propia Unión Europea. Por lo que ataƱe a nuestro paĆs, a partir de ya mismo la cultura tendrĆ” que ejercer un papel esencial juntamente con la educación, si es que lo queremos vertebrar de forma creĆble promoviendo y proyectando todo nuestro patrimonio. EspaƱa puede ser un sĆmbolo de una cultura que, sin olvidar su pasado, mire hacia un futuro mĆ”s comprensivo y a la vez mĆ”s humano. Tenemos, quizĆ”s hoy mĆ”s que nunca, todos los hilos necesarios para tejer esa cultura diversa, solidaria e inclusiva.
Anna Maria Muntada Batlle. Correo electrónico
Mi memoria y su arena
A mi memoria y su arena se la lleva un temporal. Vivo en Tarragona, Costa Dorada: Salou, Torredembarra, Altafulla... Una maravilla. Desde hace aƱos ācreoā vengo leyendo sobre el azote del mar contra las playas de los pueblos costeros. El mar va cobrando facturas en forma de arena, paseos y locales a pie de playa. Hace unos aƱos leĆ y vi que era verdad. El mar llega y se lleva lo suyo, despuĆ©s hay planes de choque como sofocar con mĆ”s arena o piedras los estragos de ese mar que tanto se disfruta en verano. DĆas atrĆ”s leĆ en el diario local que el Gobierno desestima seguir poniendo parches arenosos o rocosos. Argumentan una obviedad: que no sirven para nada, aunque hace poco dijesen lo contrario. Lo mejor, ahora, Ā«serĆa retrasar la lĆnea de costaĀ». Me hace pensar en la covid persistente que padezco y la continua pĆ©rdida de memoria y fuerza fĆsica. Un virus lo llaman. El mar se lleva la costa por otro virus llamado ser humano. He tardado tres horas en escribir esto. Me resisto a retrasar mi lĆnea de costa.
Arturo FernƔndez Ferro. Tarragona
Por quĆ© la he premiado⦠Porque en la defensa de esa lĆnea, hasta el Ćŗltimo aliento, es donde se ventila lo que somos.