EL BLOC DEL CARTERO
Juventudes
Estamos condenados a hablar de ellos. Y los mayores, tentados siempre de fijarnos en lo que no hacen bien, en lo que aún no han ... aprendido, en los caminos que no los conducen a parte alguna –como solía decir cierto prócer que acabó un buen día varado en ninguna parte–, en su inconsciencia o su insolidaridad. Pero serán ellos, los que aún andan bajo el torbellino de las hormonas o apenas acaban de salir de él, los que recojan esto que les vamos dejando, tan mejorable en todos los sentidos, para tratar de entregarles a los que vengan detrás algo por lo que tampoco dejarán a su vez de verse recriminados. Conocemos sus sombras, la mayoría las tuvimos. Son sus luces, sin embargo, las que los hacen diferentes, y tendemos a verlas menos. Esta semana van algunas, de esas que sirven para alimentar la esperanza.
LA CARTA DE LA SEMANA
Después de mucho tiempo a oscuras, por fin, he visto la luz. Soy Lucía, una estudiante de Ingeniería de 18 años. Como muchas otras personas de mi edad, en septiembre empecé mi primer año de universidad. Estaba muy ilusionada, aunque esto duraría poco. Debido a la situación sanitaria, dimos todas las clases on-line. No pudimos vivir la experiencia universitaria. Ni conocer a nuestros compañeros, profesores e instalaciones. A decir verdad, eso tampoco me preocupaba mucho, pensaba que lo manejaría bien. Pero los días se hacían demasiado duros. Cinco horas de clases delante del ordenador. Muchos días ni siquiera eran productivas. Las clases me aburrían, así que me ponía a ver vídeos de YouTube o a mirar ropa por Internet. Por la tarde, más tiempo estudiando en casa. Sin ver a nadie. Esa rutina me estaba consumiendo. Sabía que esa no era yo, que no estaba dando lo mejor de mí. Mis esperanzas se sumían en el fondo de un vaso de agua. Que, junto con los demás zagales viviendo esta misma situación, conformaban un océano. Llegaron los exámenes finales. Me fue bastante bien. Pero no estaba contenta porque sentía que no había aprovechado el aprendizaje como se merece. Por fin, en el segundo cuatrimestre estamos yendo de forma semipresencial. Hemos empezado a conocernos entre nuestros compañeros, a vivir las clases con el profesor delante, en carne y hueso. Las risas en los descansos y el entusiasmo con el que los profesores nos transmiten sus conocimientos le han dado la vuelta a la tortilla. Nunca había tenido tantas ganas de ir a clase. Ni de aprender. Ni de vivir. Esta es la luz. Jóvenes, hay una llama en nuestro interior que nos hace fuertes, sentirnos vivos. En el primer cuatrimestre estaba ahí, pero le faltaba el oxígeno para prender. Ahora vamos a fuego. El futuro es nuestro.
Lucía Beltrán González. Utebo (Zaragoza)
Por qué la he premiado… Por haber encontrado esa luz y por mostrarla a quienes andan aún cavando túneles.
He sido joven
Y no los excuso. Porque antaño hacíamos locuras, pero no arrastramos a nadie, y hoy ellos ponen en peligro su vida y las de su familia y amigos. Pero los entiendo. Porque he sido joven, me considero joven (tengo casi ya 54), pero corro mucho y, si puedo, maratones. Qué decirles a unos chavales que se reúnen en una casa a hacer botellón o lo que sea. Que al menos en mi época no arrastramos a nadie y hoy vosotros arrastráis a los demás: familiares, amigos, gente desconocida. Os aseguro que os vais a cansar de iros de juerga. De verdad, la vida cunde para ir quemando etapas. Pero hay que sobrevivir a ellas. Yo conocía a muchos que no han sobrevivido, pero esto os da igual, lo sé. Al menos, no arrastréis a nadie y pensad en vuestras familias y amigos. Cualquiera se puede ir al hoyo, es así. Hoy ha fallecido un joven de 24 años. Y os insisto: en unos años hasta os cansaréis de ir de juerga. Y deseo que os canséis porque, si no, algunos vais a estar 'mu' perdidos y con muchos problemas en vuestras vidas. Problemas que ni os imagináis hasta que los estáis pasando. Pero nadie escarmienta en experiencia ajena; para esto hay que ser muy listo y tener mucha suerte. Por desgracia el Doctor Hostia le pone a cada uno en su sitio. Suerte en vuestras vidas, realmente os la deseo.
J.V.G. Burgos
Ovación por las heroínas
Son jóvenes, y trece. Y su profesora, claro. En un instituto de Tomares, Sevilla, en el que las chicas se han movilizado para salvar la asignatura de Griego de un ostracismo tal vez definitivo. Mujeres tenían que ser, como Aspasia, la que hace veinticinco siglos escribía los discursos del gran Pericles, 'el rodeado de gloria', gracias, en no escasa medida, a su famosa amante. Heroínas, revolucionarias y sabias: conocen la estrecha relación simbiótica que se establece entre lenguaje y pensamiento, y son conscientes de que, a mayor riqueza léxica, más amplia es la capacidad de reflexión, más probable la adquisición de un espíritu crítico capaz de cuestionar los pseudovalores de la dictadura de lo políticamente correcto. La lengua griega, tan rica en palabras como los mares lo eran en peces, se prestó a un elevadísimo nivel de pensamiento que hizo posible la eclosión, hoy inconcebible, del genio filosófico de Pitágoras, Heráclito, Platón, Aristóteles y tantos otros. Creo que por eso se trata de sustituir el Griego por la 'nuevalengua' (Orwell), concebida y diseñada con la finalidad de que los receptores de cualquier mensaje no piensen ni interpreten, pues todo se les da mascado y digerido. Leamos al 'profeta' de 1984: «La reducción del vocabulario se consideraba un fin en sí mismo, y no se permitía la supervivencia de ninguna palabra que se considerara prescindible. La 'nuevalengua' estaba pensada para disminuir el alcance del pensamiento, reduciendo al mínimo el número de palabras disponibles... 'Democracia', 'ciencia' y 'religión' sencillamente dejaron de existir». Trece heroínas en Tomares, y su profesora, han optado por salirse del rebaño. Para ellas mi ovación.
Javier Poch Zatarain. San sebastián (Guipúzcoa)
Cuando estoy solo
Cuando, hablando, me preguntan qué tal en casa encerrado los meses pasados, yo, decidido, digo: «Como nunca». «¿Y eso?», se extrañan. Pues bien sencillo: mientras otros se empachan a redes sociales, pantallas y noticias, decidí dar un paso al lado. Dediqué incontable tiempo a una de las cosas que hoy no se aprecia, ni de lejos, lo suficiente. Estuve solo. Simplemente dediqué todo el tiempo que el día a día nos quita para desconectar. Gasté las horas 'moscosas' acumuladas. Y creo que las he invertido más que bien. Conseguí leer casi un libro al día, descubriendo autores geniales como Zweig, Chaves Nogales o Conrad. Escuché mucha música. Floté con los grandes compositores de bandas sonoras, jazz o música clásica, y me encontré con varias canciones de esas que aparecen como cometas un par de veces al año. Vi cine, documentales, escuché podcast... Gasté tiempo en ocio y cultura. Y siento que ya cada día necesito un ratito para esa soledad. Descubrí que, como decía Miguel Hernández, yo nada más soy yo cuando estoy solo. Introvertido. Fluyendo. No tengamos miedo al silencio...
F.J. Añíbarro. Valladolid
Ajenos a la amenaza
En otro tiempo, la estructura de hormigón albergaba una actividad frenética y daba tajo y sustento a trescientas almas. Luego llegaron la crisis y el acero asiático; las ilusiones y el futuro hicieron las maletas; y el hormigón conoció la hiedra y el olvido. De las máquinas y la luz solo quedan el eco tenue y las hileras de fluorescentes mortecinos. Hoy es punto de encuentro nocturno para almas sin rumbo, alrededor de un fuego que hace más llevadero el invierno. Todo lo que tienen cabe en dos cartones de vino que se pasan, junto con los pitillos, que también rulan. Son ajenos a la amenaza invisible del virus, al que, lejos de temer, retan cada día. Ellos bromean diciendo que hasta el virus tiene clase para elegir huésped. No hay mascarillas ni límite de miembros congregados. Tampoco hay toque de queda, porque no hay lugar al que retirarse, salvo los albergues, llenos de normas que aborrecen. Así que solo tienen ese fuego y el consuelo de la miseria compartida. A veces hay un hueco entre los que se sientan alrededor de la hoguera, una baja a la que el resto muestra su respeto con un brindis al cielo y un alias susurrado que se pierde en la noche. El lugar pronto lo ocupará otro; mientras llega, todos se aprietan más para que el calor no se escape. La distancia social se limita a la que les permite pasarse el vino con tan solo girarse.
Luis Bañeres. Bilbao
Mi amigo Juan está dormido
Somos amigos desde hace unos quince años, casi la mitad de lo que llevo en este mundo. He tenido gente entrando y saliendo de mi vida, pero Juan siempre ha estado ahí, aunque todo a mi alrededor fuese cambiando. Siempre lográbamos encontrar huecos para vernos, pero últimamente no consigo que quede conmigo. Echo de menos tomarme un café con él, ir al cine a reírnos con una película mala o dar un paseo para recordar viejos tiempos. No importa cuánto insista, cada vez que le escribo o lo intento llamar sigue durmiendo. No soy el único en la fila, hay mucha gente impaciente por verlo y hablar con él. Ese ha sido siempre el don de mi amigo, se hace querer por todos. Lo admiramos porque es un luchador que ha superado muchos obstáculos en la vida. Si tenía un problema, sabíamos que lo solucionaría, no nos inquietaba demasiado. Mi amigo Juan está dormido, pero no despertará. Se lo ha llevado un virus horrible que nos ha privado de su compañía y de su amistad. Abrazad a vuestros amigos y decidles lo mucho que significan para vosotros, porque quizá algún día ya sea tarde.
Pablo Reigada Ocaña. Zaragoza
¿Generación perdida?
Somos el resultado de miles de años de evolución. La resistencia que derrotó al ejército de Carlomagno en Roncesvalles; el Cid que peleó contra la invasión del sarraceno; Clavijo contra el moro Muza; también somos los navarros que acabaron con el Borgia en Viana; y Agustina de Aragón contra el francés. Somos una historia de sangre y fuego, con escasos momentos de paz. Fuimos república y ahora monarquía; los de a pie sufrimos la dictadura de Franco, otros se enriquecieron. Fuimos exiliados del franquismo y prisioneros en campos de concentración franceses; fuimos emigrantes en Suiza, en Alemania, y a veces se nos olvida. En 1919 arrancamos al Gobierno la jornada laboral de ocho horas frente a la explotación empresarial. Nadie nos regaló nada; al contrario, nos encarcelaron. Todo lo tuvimos que arrancar con la lucha. Lo llevamos en la sangre, es el sentimiento atávico de considerarnos cada vez más pobres frente a los diputados de 65.000 euros. Es nuestra rebeldía interna, nos desgasta la injusticia. Quizá la nuestra sea una juventud extraviada, pero no le ofrecemos expectativas y la llamamos con descaro la generación perdida. ¿Con qué derecho? Si ellos no tienen la culpa de nada. Jóvenes excluidos de la ruleta de la fortuna y sin futuro. No saben qué hacer. Rompen cristales, queman contenedores, algunos son delincuentes, sí, pero eso lo han aprendido de las altas esferas de cuello blanco. Ofrezcamos un trabajo digno a la juventud, unos estudios adecuados, un techo decoroso donde vivir, un futuro decente, y nos habremos ahorrado el horror de sus protestas.
Luis Enrique Sobrino Díez. Logroño