El bloc del cartero
Lectores
Nos describe un lector su experiencia en la Feria del Libro de Madrid y subraya un aspecto en el que alguna vez hemos reparado quienes no faltamos a esa cita desde hace ya décadas: lo que llama 'la paz de los libros'. Resulta significativo que en un acontecimiento multitudinario que llega a reunir a miles de personas, incluso en esta edición pandémica de aforo limitado, se respire civismo y sosiego. Aunque haya que guardar más de una hora de cola para entrar al recinto, como ha sucedido este año. Así son y se comportan los lectores. Por eso apenas hay un puñado de agentes para velar por el orden, cuando en otras citas con menos gente hacen falta cientos o miles. Quizá si hiciéramos más por crear lectores, poniendo en ello los medios y el afán que dedicamos a otras cosas, necesitaríamos menos policías.
Cartas de los lectores
• La paz de los libros
Este sábado visité la Feria del Libro de Madrid. Allí me encontré con instituciones, historia, arte, comportamiento, viajes, política y mucha novela que te invitaban ... a asomarte a la ventana abierta en cada una de las casetas. Muchos autores firmaban esa mañana de dulce clima. Colombia, país invitado, gozaba de una airosa carpa en donde prosistas y poetas de allí dialogaban con el público. Paz, sosiego y cultura por doquier. La gente, sin aglomeraciones, discurría pacíficamente por los pasillos. Personas de toda raza y condición, pero unidas por el mismo afán de encontrarte con el libro que no sospechabas o el autor que te apetecía conocer. Una joven amiga me firmó su libro sobre comunicación gestual. Después acudí a abrazar a la mujer del que fue mi mejor amigo, editora de Barcelona. Al salir de la Feria, el Retiro lucía impresionante en estos primeros días de otoño. Niños jugando, jóvenes tumbados por las praderas y turistas haciendo fotos en el estanque. Este casi idílico ambiente parecía contagiado del sosiego que la Feria del Libro expandía a su alrededor. Para celebrarlo, mi mujer y yo nos tomamos un vermú de grifo con aceitunas.
Agustín del Pino. Madrid
• No me acuerdo de tu voz
Háganme un favor. Si alguna vez se encuentran disfrutando de Galicia, deciden adentrarse en la Coruña, en Ferrol y en los pueblecitos de alrededores, no dejen de visitar la aldea de Caamouco. Su iglesia. Su cementerio. Un pequeño pedazo de tierra que mira el mar, vigilado por Hércules en su faro. Protegido por camelias, resguardado por hortensias. Una iglesia envejecida, verduzca por el musgo. Y se escucha el mar: a veces, tranquilo; otras, desconsiderado. Un murmullo que alivia el pesar de los muertos. Un canto; una voz. Mi abuelo lo estará escuchando: todos ellos lo hacen. Y han pasado muchos años, quizá solo días. Pero no me acuerdo de tu voz. Abuelo. Sí del mar, y su murmullo, y las camelias, y las lápidas, y tus gafas de montura oscura, y las velas del altar, y del olor de la madera, y de las margaritas al borde del camino, y de la iglesia, y del cementerio. Y de Caamouco. Pero no me acuerdo de tu voz, abuelo. No me acuerdo.
María Feal. Madrid
Papá, ¿qué le ha pasado al cine?
Caminaba distraído con mi hijo, hacia algún sitio, sin percatarme de apenas nada, cuando lo noto en mi mano y me pregunta. Yo agarro con más energía la mano del pequeño de 5 años y acelero un poco el paso, como intentando ganar margen en la respuesta, hasta contestar como lo haría Alexa o Siri: «Están haciendo unas obras, pondrán un…». Me paro. No quiero, algo dentro se niega a hablarle de qué es un casino de apuestas. Rabiado, furioso, me niego a contar a este pequeño la verdad, ilusionado aún con dejar a mis hijos un futuro mejor de lo que yo encontré. Sé que los casinos dan trabajo a muchas personas. Pero es el mismo cine en el que yo con 15 años esperé una cola que daba la vuelta a la manzana para ver el estreno de Forrest Gump . Aún recuerdo cada momento, los nervios de la cola y de antes de que apagaran las luces, las risas y sorpresas en la película. Los recuerdos de aquella tarde de cine me han acompañado toda mi vida y no es melancolía lo que siento, pero sí ciertas ganas de revancha. Me resisto a doblegar mi alma, quizá alguna vez será a la inversa. El día en que mi nieto me pregunte: «Abuelo, ¿qué le ha pasado al casino?», y yo responda dibujando media sonrisa en mi cara y desafiando al destino: «Pequeño, verás qué maravilla, ¡van a abrir un cine!».
Jorge Hernández Gómez. Valladolid
Por qué la he premiado… Porque a veces solo las utopías nos salvan de la fealdad.