El bloc del cartero
Libros
Narra uno de nuestros lectores el encuentro en un tren de dos de esas personas que conservan el hábito de leer libros mientras viajan. Antes podían ser más o menos comunes, pero la digitalización galopante de nuestras vidas, nuestros días, nuestras horas y nuestros minutos las ha convertido en una verdadera rareza. Cierto es que hay quien en una tableta o un móvil se dedica a leer igualmente libros, sin verse obligado a cargar con el peso de un volumen de papel; pero aun así el viajero lector y el libro en tránsito son especies en notorio retroceso, si no en extinción. A nadie sorprenderá que cuando dos lectores de libros coinciden se reconozcan con júbilo, incluso si no leen el mismo, como sucede en el encuentro que refiere la carta. Para que los libros desplieguen su poder, basta con dos almas que se fíen a ellos.
Cartas de los lectores
De libros y trenes
Soy uno de esos usuarios de tren cada vez menos habituales que dedican el tiempo que dura el trayecto a leer, ya sean novelas, revistas, ... suplementos dominicales y, hasta que la dichosa pandemia se los llevó por delante, también periódicos gratuitos. Ya que uno viene haciendo cuatro viajes diarios durante toda una vida laboral, que al menos no sea tiempo perdido. Una de estas mañanas, absorto por completo en las últimas páginas de La sombra del viento, del tristemente fallecido Carlos Ruiz Zafón, levanté la vista para pasar página y reparé en que una joven pasajera, de unos treinta años, me miraba de un modo simpático. Poco acostumbrado a los flirteos ferroviarios refugié mi vista en la lectura, hasta que la curiosidad me hizo levantarla de nuevo. La mayoría de los viajeros se concentraba en sus teléfonos móviles, a excepción de aquella muchacha, que leía por su mitad un voluminoso libro: exactamente del mismo grosor e idénticas tapas que el mío, pues se trataba del mismo. Ahora fue a ella a quien le tocó cambiar de página y nuestras miradas volvieron a encontrarse, cómplices en la coincidencia. Cuando el tren llegó a su destino, mientras los pasajeros nos apelotonábamos junto a la puerta de salida, me atreví a acercarme a la joven y, valiéndome de la ventaja que me concedía mi lectura más avanzada del libro, le dije con una sonrisa: «Te queda lo más interesante, que lo disfrutes». Frase lapidaria que bien pudiera trascender la novela de Zafón y aplicarse a su juventud entera, aunque no me atreví a tanto y esto último lo guardé para mí.
Iñaki Túrnez García. Arrigorriaga (Vizcaya)
De mal en peor
Hace unos cincuenta años, mis padres construyeron una casa, para descanso y disfrute de su familia y, más tarde, para los nietos que fueron naciendo. Mi casa está al borde del mar Menor, en la localidad de Los Urrutias, perteneciente al municipio de Cartagena. Recuerdo La Manga del mar Menor cubierta de dunas y bañarme jugando con los caballitos de mar o recogiendo las numerosas conchas que aparecían en una playa sin arena, pero con un mar espectacular para pequeños y mayores. Desconozco en qué momento se reunieron las personas implicadas en la apertura del puente del Estacio para permitir el paso de barcos del Mediterráneo al mar Menor ni quiénes autorizaron la creación de puertos deportivos en la laguna, ni los que decidieron instalar espigones para crear una playa ficticia e innecesaria. Porque mi casa de Punta Brava es un remanso de paz, sin discotecas, chiringuitos, grandes edificios, contaminación y todo aquello que se aleja de la atracción del turismo. Desde hace más de veinte años denunciamos, protestamos, nos manifestamos por el deterioro del agua y vamos de mal en peor. Sugiero que se reúnan con el agua hasta las rodillas y que se traigan a sus familias para que disfruten del fango y del aroma hediondo que percibimos los residentes y/o veraneantes. Ante las numerosas noticias de proyectos maravillosos, y, mientras deciden qué hacer, hagan el favor de coger una fregona y limpiar la mierda. Siento que mis nietos no disfrutarán de ese mar y diremos aquello de que «entre todos lo mataron y ella sola se murió».
Enriqueta Ortiz Cánovas. Molina de Segura (Murcia)
Nunca es tarde
Después de muchos años de trabajo y por la crisis o por cualquier otro motivo, me vi fuera del mercado laboral. En esta vida damos por hecho que a ciertas edades encontrar trabajo es misión imposible. Con mis más de cincuenta y cinco años, y tras presentarme a una prueba donde había mucha gente joven y más preparada a nivel de estudios que yo, mi actual empresa decidió apostar por mí. Confió en una persona mayor y al año me hizo fijo en plantilla. Para mí ese día, poco antes de Navidad, fue como recibir ya el gordo. La tranquilidad y la felicidad que supone no haber seguido buscando un trabajo no tiene precio. La peor entrevista laboral es la que dejamos de hacer, por miedo o por inseguridad. Animo a toda la gente mayor a no rendirse. La vida siempre nos depara –siempre–sorpresas que no podemos ni imaginar. Y nunca –nunca– es demasiado tarde.
Javier Freire. Reus
Añicos de un espejo
No, esto no va de los años que pueda tener un espejo para un maño, sino del reto que se plantea a los mayores de componer una visión retrospectiva global de sus vidas. Durante la jubilación se dispone, por fin, del tiempo y perspectiva suficientes, así como de las condiciones adecuadas para hallar el sentido de la vida de cada uno. Los recuerdos, sacados de su ataúd, afloran y aletean desordenadamente, dada su condición fragmentada. Son a modo de trocitos de un espejo roto por la larga y desbaratada sucesión de los hechos. El jubilado busca el sentido del conjunto de experiencias vividas. Lo hace como quien recompone un puzle con los añicos de un espejo en el que siempre añoró el imposible de mirarse. Trata ahora de corregir aquella sucesión de desazones. Pero no es el espejo como objeto el que se desea recomponer, sino el paisaje de toda una vida de pronto reflejada en él y la satisfacción consiguiente. No va de ramalazos nostálgicos, sino del paso de gigante hacia el autoconocimiento. Quienes saben que su muerte no está lejana desean saber quién se despide en realidad de este mundo y, sobre todo, quién de sí mismo.
Por qué la he premiado… Por invitar a construir una memoria que ayude a acabar en paz con el mundo y con uno mismo.