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El bloc del cartero

Libros

Lorenzo Silva

Narra uno de nuestros lectores el encuentro en un tren de dos de esas personas que conservan el hábito de leer libros mientras viajan. Antes podían ser más o menos comunes, pero la digitalización galopante de nuestras vidas, nuestros días, nuestras horas y nuestros minutos las ha convertido en una verdadera rareza. Cierto es que hay quien en una tableta o un móvil se dedica a leer igualmente libros, sin verse obligado a cargar con el peso de un volumen de papel; pero aun así el viajero lector y el libro en tránsito son especies en notorio retroceso, si no en extinción. A nadie sorprenderá que cuando dos lectores de libros coinciden se reconozcan con júbilo, incluso si no leen el mismo, como sucede en el encuentro que refiere la carta. Para que los libros desplieguen su poder, basta con dos almas que se fíen a ellos.

Cartas de los lectores

De libros y trenes

Soy uno de esos usuarios de tren cada vez menos habituales que dedican el tiempo que dura el trayecto a leer, ya sean novelas, revistas, ... suplementos dominicales y, hasta que la dichosa pandemia se los llevó por delante, también periódicos gratuitos. Ya que uno viene haciendo cuatro viajes diarios durante toda una vida laboral, que al menos no sea tiempo perdido. Una de estas mañanas, absorto por completo en las últimas páginas de La sombra del viento, del tristemente fallecido Carlos Ruiz Zafón, levanté la vista para pasar página y reparé en que una joven pasajera, de unos treinta años, me miraba de un modo simpático. Poco acostumbrado a los flirteos ferroviarios refugié mi vista en la lectura, hasta que la curiosidad me hizo levantarla de nuevo. La mayoría de los viajeros se concentraba en sus teléfonos móviles, a excepción de aquella muchacha, que leía por su mitad un voluminoso libro: exactamente del mismo grosor e idénticas tapas que el mío, pues se trataba del mismo. Ahora fue a ella a quien le tocó cambiar de página y nuestras miradas volvieron a encontrarse, cómplices en la coincidencia. Cuando el tren llegó a su destino, mientras los pasajeros nos apelotonábamos junto a la puerta de salida, me atreví a acercarme a la joven y, valiéndome de la ventaja que me concedía mi lectura más avanzada del libro, le dije con una sonrisa: «Te queda lo más interesante, que lo disfrutes». Frase lapidaria que bien pudiera trascender la novela de Zafón y aplicarse a su juventud entera, aunque no me atreví a tanto y esto último lo guardé para mí.

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