EL BLOC DEL CARTERO
Ligerezas
Coinciden varios lectores en dar la voz de alarma frente a la ligereza con la que buena parte de la población se está tomando la ... convivencia con un virus que sigue ahí, activo y con ganas, y que ya ha acreditado su capacidad para llevarse a decenas de miles de los nuestros en apenas mes y medio. También de poner bocabajo a nuestro sistema sanitario, hasta el punto de que cuatro meses después de su irrupción sigue sin haber recobrado la normalidad, como denuncia otra lectora, y enferma crónica, que no puede acceder aún a la consulta de su especialista. A lo mejor nos estamos pasando de chulos, y va por la ciudadanía y también por algún preboste con más afán de mandar que capacidad de gestión. Ojalá no tengamos que lamentarlo de la peor forma posible, que, para nuestro mal, ya conocemos.
LA CARTA DE LA SEMANA
Vuelta a las aulas, vuelta a la vida
No he vivido nada más parecido a las películas sobre guerras, en las que tras los bombardeos la profesora vuelve a la escuela y no hay niños ni risas ni llantos. Tampoco baloncesto en el patio ni fútbol ni flirteos ni miradas ni risas. Solo silencio y vacío. Los pasillos conservan los murales del mundo submarino, de la jungla, de los escritores de la generación del 27. En las paredes cuelgan obras de artistas en potencia. Pero no hay luz, han permanecido más de tres meses sin moverse, esperando la vuelta de esos pequeños genios que los crearon. En la pizarra de una clase se lee en tiza un mensaje de amor, firme a pesar del tiempo, de la guerra, del cierre, de la distancia. «Marco y Claudia forever». En la sala de profesores, un calendario se detuvo en marzo y el reloj de la pared mantenía el horario de invierno. Una sensación de melancolía le invade. No oye las risas de los compañeros, las voces, los comentarios y los buenos ratos que pasan juntos. Vuelve al patio, respira hondo y siente que vuelve a casa. Y esto le hace feliz, y sonríe y piensa que lo peor ha pasado, y que pronto esos pasillos volverán a llenarse de risas, de llantos, de voces, de vida.
Beatriz del Pino (Correo electrónico)
Por qué la he premiado… Por invitar a la esperanza, sin dejar de anotar el cariz de lo que aquí nos ha traído.
¿Nos han dejado a nuestra suerte?
Después de pasar tres meses de pandemia sin poder asistir al médico ni de familia ni especialista, parece que esto va a continuar; o es lo que quieren algunos sanitarios, porque para ellos es muy cómodo. Te atienden por teléfono tres minutos y ya está. Alguna vez tendrá que ser presencial porque algunos no hemos fallecido, gracias a Dios, por COVID-19, pero es posible que fallezcamos de las patologías que teníamos antes y que seguimos teniendo sin que nos vea un especialista. A mí, en concreto, me suspendieron seis consultas por el coronavirus y sigo sin que me vea un médico. ¿Nos han dejado a nuestra suerte? ¿Solo les preocupa el COVID-19? Porque cuando llamas al consultorio para que te den cita te preguntan: «¿Es para COVID u otra enfermedad?». ¿Toda la sanidad está volcada en el coronavirus? No me parece normal que en julio aún estemos así, se podían reanudar muchas consultas atrasadas y en Valladolid, la ciudad donde vivo, no se ha hecho.
Rosario Benito Singul (Valladolid)
Por favor, usad mascarillas
La pandemia de coronavirus nos obligó a todos los españoles a cambiar nuestras rutinas, hábitos y costumbres mediante un confinamiento que duró casi cien días. Una de las modificaciones –la más importante– se encuentra en el uso obligatorio de mascarilla. Una obligada imposición a la que algunos se resisten debido a la incomodidad que implica su uso. Las máscaras son inconvenientes e incómodas. Pero ¿acaso no es peor que miles de bares, tiendas y talleres de todo tipo cierren y que, por consiguiente, se pierdan empleos? ¿Que los trabajadores de la salud lleguen a la extenuación absoluta? Este virus se ha llevado muchas vidas porque no estamos haciendo suficiente. ¿Ya lo hemos olvidado? Tengo fe en la bondad natural de las personas y sé que todos podemos usar mascarilla, pero aún hay muchos, de todas las edades, que se niegan a tomarse esta 'pequeña' molestia. Con este sencillo gesto contribuiremos a dejar la curva de contagios plana. Estas personas parecen más preocupadas solo por sus derechos al pedirles que usen una máscara. Sin darse cuenta de que esta obligación simple y efectiva se está cuestionando a riesgo de la vida de las personas. Si os importa la vida en general, la de nuestros familiares y vecinos en particular, por favor, no lo dudéis. Poneos la mascarilla y animad a los que os rodean a que también la usen, solo así lograremos contener el virus. Que no quede por nosotros.
Pablo Delgado (Correo electrónico)
Estadística mayoritaria
En estos días en los que, tanto en España como en Europa y el resto del mundo, hemos estado en estado de alarma, y en los que los diferentes especialistas nos han invitado a reflexionar, dicho mensaje me ha permitido pensar profundamente sobre lo que nos está ocurriendo. He observado que, mientras algunas personas cumplen las medidas de aislamiento social a rajatabla, otras no. La gente de la llamada 'estadística mayoritaria' no es consciente de que lo que les ha ocurrido en estos días es lo que las personas con discapacidad vivimos de forma constante. Es decir, la dependencia de una serie de circunstancias para salir a la calle. Soy una persona con una discapacidad crónica de nacimiento, empeorada desde hace algunos años, y eso me ha llevado a reflexionar sobre la fragilidad de la vida. Lo que hemos vivido debería hacernos más conscientes del día a día tan dispar que podemos llegar a tener. Todos tenemos suerte en unas cosas y no tanta en otras, pero la gente que pertenece a la 'estadís-tica mayoritaria' debería reflexionar sobre la suerte que tiene.
María Ortiz Suso (Tarragona)
Jornada de playa
Hice con ilusión mi bolsa de playa. En ella metí toalla, crema solar, agua, un libro y algo que este año era sentido común. Una vez ocupé mi lugar, guardando la distancia social y controlando que, pese a estar en primera línea quedase espacio para el paseo a orillas del mar, me dispuse a retomar mi lectura. Sobre el mediodía llegó una pareja que, viendo el espacio (que yo había dejado), se ubicó pegada a mí. Enseguida me dispuse a recriminar esta actitud (de forma educada) alegando que no guardaban dicha distancia de metro y medio con respecto a mí. A lo que ella me contestó de malas maneras que si tenía que traer metro a la playa. Mi contestación fue inmediata. «No, señora, no. Lo que hay que traer son leídas las normas y, desde luego, sentido común».
Marisa Sebastián Martínez
La concertada, desconcertada
Acabamos de enterarnos de que el Gobierno ha decidido no aportar un solo euro para ayudar a la enseñanza concertada, que se ha quedado fuera de los fondos de reconstrucción para la educación. Nadie se iba a quedar atrás y todos los sectores de la población iban a verse protegidos; uno de los derechos inalienables, imprescindible en toda nación libre y amante del progreso, es la libertad de enseñanza. Nadie pone en duda que la enseñanza pública debe ser un bastión que proteger y fortalecer, pero ello no debe ser excusa para asfixiar a la concertada, que no debe ser considerada como competencia desleal, sino como un baluarte complementario que ayuda en aras de la prosperidad y bienestar, sinónimos de enseñanza plural, variada y diversa. Las aulas tienen como función preparar a los alumnos y hacerlo bien, sin vendas, mordazas ni anteojeras que las conviertan en 'jaulas' donde se adoctrine e implante una uniformidad que lamine la libertad de disentir y elimine la tan cacareada diversidad. La enseñanza concertada goza de mucha popularidad y se ha ganado a pulso su acreditada fama. Por algo será que tantas y tantas familias le confían la educación de sus hijos. Evitemos los vetos y las reprobaciones que solo sirven para empobrecer a la sociedad. Velemos por una educación libre, fuerte, sana y diversa, algo indispensable para cimentar un futuro mejor.
Francisco Javier Sáenz Martínez, Lasarte-Oria (Guipúzcoa)
La generación de los titulares
Desde que tengo constancia, en mi casa siempre ha habido conexión a Internet. Esto ha hecho que el acceso a la información haya sido natural, como el que aprende dónde tiene su madre escondido el chocolate o dónde esconder las chuches que compraste sin autorización. Lo que también nos ha convertido en la generación de los titulares. El ritmo frenético al que nos enfrentamos a diario, la pereza de dar un clic o el flujo constante de apps y anuncios nos ha llevado a nutrirnos de información solo por sus encabezados. ¿Cuántas veces nos han pasado una fake new con un titular explosivo, donde al final de la misma el propio titular quedaba desacreditado? Muchos son los medios que conocen el impacto que logran tener y se nutren solo de titulares en estos tiempos donde prima lo inmediato y nos aburre aquello que nos quite más de dos minutos de nuestro tiempo. Por ello, me van a permitir realizar un minialegato en favor de nuestros escritores, periodistas y redactores que día a día intentan transmitirnos aquello que nos hace realizarnos como sociedad. Esperemos que esta no sea una carta-titular.
Jesús Martínez Ganuza (Correo electrónico)
No somos más fuertes
Que nadie olvide que seguimos en tiempos de pandemia. Y la pregunta, a la vista de lo que sucede tras el duro confinamiento, es: ¿qué ha sido de aquellas frases de «que saldríamos más fuertes, hemos aprendido, seremos más humildes...»? El tiempo nos ha puesto en el punto de partida. Los políticos siguen a la greña, mirándose el ombligo y sus intereses; los profesionales de la sanidad, reclamando mejoras en sus puestos y necesidades; una más que posible nueva oleada; e incluso han vuelto las agresiones a los aludidos tras los aplausos. Empresarios y trabajadores clamando ante la gravedad económica que se plantea. En cuanto a la ciudadanía, podemos decir que ha olvidado lo vivido. Afluencias masivas a playas y lugares públicos, botellones, fiestas de todo tipo sin guardar las mínimas precauciones; hasta los agentes del orden han dejado de actuar, hartos y ante las críticas recibidas. No hemos aprendido nada. No somos más fuertes ni más humildes ni, por supuesto, responsables, ya que no vemos el peligro o no queremos verlo. Luego nos quejamos de que nos manipulan y controlan, cuando somos nosotros quienes provocamos con nuestro comportamiento que nos 'aten en corto'.
Ángel Santamaría Castro (Bilbao)