El bloc del cartero
Cuidados
La Ć©poca en que vivimos, tan proclive a la novedad y el espectĆ”culo, tan gentil con quien reluce y se exhibe, tan implacable con quien renquea y no tiene mĆ”s remedio que volverse sobre sĆ, ha depreciado ese verbo, cuidar, del que todos necesitamos en algĆŗn momento de la vida y en el que encuentra su realización lo mejor y lo mĆ”s noble de cuanto somos. Cuidar deja de ser una necesidad personal, para quien cuida y para quien recibe el cuidado, y se convierte en una mercancĆa mĆ”s, negociable con un margen a ser posible creciente. Una cuidadora nos pone en la carta de esta semana ante esta Ć”spera e inelegante realidad. Hay una lĆnea donde acaba la eficiencia en la asignación de recursos y comienza la deshumanización de una sociedad. Y dirĆase que, hoy por hoy, en esa lĆnea no vigila nadie.
titulosecundario titular="Las cartas de los lectores
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Luna de Reyes
El pasado 2 de enero cumplĆ 65 aƱos. Oficialmente soy un anciano que ha activado su cuenta ... atrĆ”s, aunque en mi espĆritu se aloje aĆŗn la ilusión del niƱo que fui. Pocos dĆas despuĆ©s, la noche de Reyes, sobre las tres de la madrugada, y mientras los Magos repartĆan ilusión por los hogares, me levantĆ© de la cama y me asomĆ© a mi balcón. Nada habĆa pedido y nada esperaba. Sin embargo, al alzar la vista, en el cielo, pletórica de belleza, llena estaba la Luna. Una estrella fugaz surcó poco despuĆ©s el firmamento, dejando tras de sĆ una enorme estela. ĀæFue acaso una seƱal? No habĆa pedido nada y, no obstante, a mis 65 aƱos, los sabios de Oriente me obsequiaron con el mayor de los regalos: una soberbia noche de Luna llena.
Francisco José Eguibar Padrón.Madrid
Entre la muchedumbre de mirones
Acabo de ver la noticia de una enfermera que ha salvado la vida a una niƱa de dos aƱitos que, paseando con su mamĆ” y su abuelo, se desplomó sin conocimiento. Imaginen la horrible situación: la PolicĆa acordonando todo, el abuelo y la madre viendo que la niƱa no se movĆa... De entre la muchedumbre de mirones aparece ella, una enfermera, un Ć”ngel en la tierra que, tras poner un azucarillo bajo la lengua de la pequeƱa, vio como poco a poco volvĆa la luz al antes cianótico rostro. Una hipoglucemia, dijo la enfermera, una caĆda en el azĆŗcar de la niƱa. Desde aquĆ quiero romper una lanza en favor de la enseƱanza de los primeros auxilios bĆ”sicos en las aulas de nuestros colegios, no ese breve cursillo donde la Ćŗnica preocupación de nuestros adolescentes es a ver a quiĆ©n le toca hacer el boca a boca al pibón de turno, sino un curso completo: que se desplome alguien y se sepa quĆ© hacer, sin vergüenza por estar en medio de la calle. Un curso con una titulación acreditada. Seguro que sitio se le podrĆa hacer entre las demĆ”s asignaturas. QuiĆ©n sabe si somos los siguientes que se desploman. Lo mismo tenemos suerte y pasa un enfermero o una mĆ©dica, quiĆ©n sabe. ĀæSeremos tan afortunados?
Daniel Marzo DomĆnguez.Zaragoza
A los contenedores
El anciano, ya jubilado, sentado en su despacho, rodeado de libros, decide marcarlos con un sello personalizado y numerado que ha encargado. Se propone colocar los libros por orden alfabĆ©tico de autores y por temas para que sus hijos los hereden. Al terminar, llamó a cada hijo. Todos se mostraron en desacuerdo con el reparto designado. Los libros que no les interesaban se iban amontonando en el despacho, con el asombro del anciano. Uno de los hijos le explicó que en el móvil o en la tableta, pagando muy poco, tenĆan los libros deseados, que ya no tenĆan que ocupar espacio en la casa. Al morir el anciano, buena parte de su biblioteca fue arrojada a los contenedores delante de la puerta de su casa.
Pilar Valero Capilla.Zaragoza
Cuidadora
Creo que nacĆ para cuidar al prójimo. Ya de niƱa me encantaba cuidar de mis muƱecas, las maqueaba como una madre, y ya no te cuento cuando fui madre. Fue el trabajo mĆ”s precioso y pleno de mi vida... Tras aƱos de operadora en fĆ”bricas de alimentación, me salió un empleo en una residencia de ancianos; me gustó mucho, me hacĆa feliz y hacĆa feliz a los abuelos, les caĆa bien. EstudiĆ© y me hice sociosanitaria. Pasaron aƱos y ahora, a mis 50, he acabado aborreciendo el trabajo, demasiado cansancio mental, psicológico y fĆsico. Trabajo de mucha fuerza de peso hasta tener el cuerpo como uno de ellos. No hay derecho a que a los usuarios no se les pueda atender al cien por cien. No porque no queramos cuidarlos bien, pero es que nos viene enorme el tener que cuidar hasta a diez usuarios a la vez por cuidadora. Que tengamos que pedir a travĆ©s de sindicatos un sueldo digno por tanto trabajo: no llegamos ni a los 1000 euros. Muy triste que se nos vaya apagando una vocación tan poco valorada y que, cuando lleguemos a nuestra jubilación, nos tengan que cuidar como a uno de ellos.
Juana M.ª Leorri Fuertes. Buñuel (Navarra)
Por qué la he premiado⦠Porque, en cierto modo, a todos nos estÔ dirigida.