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El bloc del cartero

Fanatismos

Lorenzo Silva

El cuchillo que ha acabado alcanzando a Salman Rushdie es la última expresión de una intolerancia tan antigua como el hombre y que convierte a quien no acata una creencia predominante en un enemigo de la tribu al que se debe eliminar. Son muchos los nombres de Dios que a lo largo de la Historia han convalidado el homicidio, pero cada caso lleva su firma y este la tiene de un torvo imán que hace décadas decretó que el autor de una novela no merecía vivir. El humanismo y la Ilustración nos enseñan que nadie, como dice Montaigne, puede tener su propia creencia en tan alta estima como para matar por ella a otro. No hay excepción a este principio, ni agravio que lo derogue. Hace ahora veinte años que este cartero lee sus cartas. Y agradece, sobre todo, las que le aportan otra visión de las cosas.

Las cartas de los lectores

Fanatismos religiosos

Tras el gravísimo ataque en Nueva York al escritor Salman Rushdie, unos políticos condenaron el atentado, otros guardaron silencio y otros quisieron nadar y guardar ... la ropa. Este fue el caso de Esteban González Pons, vicepresidente del Partido Popular Europeo, diciendo que era «urgente dejar de normalizar el fanatismo religioso como si se tratase de una manifestación cultural más cuando no es otra cosa que atraso histórico», o el ministro Miquel Iceta, que se descolgaba citando a Rigoberta Menchú: «El respeto a la diversidad es un pilar fundamental en la erradicación del racismo, la xenofobia y la intolerancia». Común en ambos mensajes era la atribución del atentado al fanatismo religioso (¿acaso budista, cristiano, judío, bahaí?) y a la intolerancia en general, pero sin atreverse a mencionar el fanatismo que no cesa de derramar sangre en el planeta: el islamista. Y en esa misma línea del «alguien ha matado a alguien», hubo medios que incluso añadieron que se desconocían los motivos del presunto agresor... Una evasiva de un humor casi tan negro como las vestimentas del ayatola Jomeini, que lanzó la mortal fetua contra Rushdie en 1989. Y por cierto: es surrealista llamar ‘presunto agresor’ a quien cose a puñaladas a otro, ante testigos y siendo detenido in fraganti. Occidente y sus bobos complejos y prejuicios.

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