El bloc del cartero
Fanatismos
El cuchillo que ha acabado alcanzando a Salman Rushdie es la última expresión de una intolerancia tan antigua como el hombre y que convierte a quien no acata una creencia predominante en un enemigo de la tribu al que se debe eliminar. Son muchos los nombres de Dios que a lo largo de la Historia han convalidado el homicidio, pero cada caso lleva su firma y este la tiene de un torvo imán que hace décadas decretó que el autor de una novela no merecía vivir. El humanismo y la Ilustración nos enseñan que nadie, como dice Montaigne, puede tener su propia creencia en tan alta estima como para matar por ella a otro. No hay excepción a este principio, ni agravio que lo derogue. Hace ahora veinte años que este cartero lee sus cartas. Y agradece, sobre todo, las que le aportan otra visión de las cosas.
Las cartas de los lectores
Fanatismos religiosos
Tras el gravísimo ataque en Nueva York al escritor Salman Rushdie, unos políticos condenaron el atentado, otros guardaron silencio y otros quisieron nadar y guardar ... la ropa. Este fue el caso de Esteban González Pons, vicepresidente del Partido Popular Europeo, diciendo que era «urgente dejar de normalizar el fanatismo religioso como si se tratase de una manifestación cultural más cuando no es otra cosa que atraso histórico», o el ministro Miquel Iceta, que se descolgaba citando a Rigoberta Menchú: «El respeto a la diversidad es un pilar fundamental en la erradicación del racismo, la xenofobia y la intolerancia». Común en ambos mensajes era la atribución del atentado al fanatismo religioso (¿acaso budista, cristiano, judío, bahaí?) y a la intolerancia en general, pero sin atreverse a mencionar el fanatismo que no cesa de derramar sangre en el planeta: el islamista. Y en esa misma línea del «alguien ha matado a alguien», hubo medios que incluso añadieron que se desconocían los motivos del presunto agresor... Una evasiva de un humor casi tan negro como las vestimentas del ayatola Jomeini, que lanzó la mortal fetua contra Rushdie en 1989. Y por cierto: es surrealista llamar ‘presunto agresor’ a quien cose a puñaladas a otro, ante testigos y siendo detenido in fraganti. Occidente y sus bobos complejos y prejuicios.
Miguel Ángel Loma Pérez. Sevilla
Afganistán, año cero
A un año de la toma del poder en Afganistán por parte de los ‘fundamentalistas’ talibanes, parece que la llamada ‘comunidad internacional’ se ha olvidado (ocupada al parecer en otras cuestiones) de la situación ‘limite’ que vive el país, en la que cabe destacar, como en ningún confín del planeta, la de las mujeres y niñas. Será necesario volver a recordar una vez más que se les niega la oportunidad de ganarse la vida, el acceso a la sanidad y la educación, con trata de niños y matrimonios precoces y forzados. Hace un año, los talibanes mintieron descaradamente al decir que respetarían sus derechos, largamente trabajados. Ser mujer o niña en Afganistán es ser menos que nada. Asimismo, las clases medias de antaño se han visto sumidas en la pobreza y el hambre, dependiendo en gran parte de la ayuda humanitaria internacional, con suerte. Pocos o ningún régimen exterior los reconoce como gobierno, obsesionados como están en perseguir a periodistas o miembros de la sociedad civil y a todo aquello que suponga progreso. Afganistán, un país marcado por las luchas y guerras civiles casi desde el momento de su independencia de los británicos, merece ya un poco de sosiego, con la plena participación de las mujeres y las niñas, para la paz y el desarrollo económico.
Olga Santisteban Otegui. Zalla (Bizkaia)
Piedras del Hambre
La fuerte sequía en ríos de Alemania está dejando al descubierto las llamadas Hungersteine (Piedras del Hambre) que contienen advertencias en algunos casos centenarios relacionados con el peligro de hambrunas que traía en el pasado el bajo nivel de los ríos. “Si me ves, llora”, dice la inscripción en algunas de las piedras que otra vez pueden verse y que forman parte de una tradición que se remonta hasta el siglo XV. Esa leyenda aparece por ejemplo en una piedra encontrada en el río Elba, que data de 1616. En el siglo XIX muchos viajeros, en momentos de sequía, registraron las Hungersteine y escribieron sobre ellas. Actualmente, el problema no es tanto la amenaza que implica la sequía para la agricultura como los problemas que el bajo nivel de los ríos trae para el Transporte fluvial, según la Confederación de la Industria Alemana (BDI), es una amenaza para las cadenas de suministro, lo que puede afectar toda la actividad económica. Además de los problemas para la industria, la sequía y el bajo nivel de los ríos representan una amenaza ecológica. “Si me ves, llora”, ha sido relacionada con el hecho de que una de las consecuencias de la sequía era que hubiese malas cosechas, lo que a su vez podía desembocar en hambrunas.
Jose Mateos Mariscal. Wüppertal. Alemania
Niños expósitos
Esta última semana se hizo viral un vídeo de la red social Tik Tok en el que se muestra el funcionamiento de lo que su inventora, Monica Kelsey, ha dado en llamar baby boxes: pequeños receptáculos empotrados en la pared de los parques de bomberos que permiten a las madres dar en adopción a sus hijos recién nacidos de forma anónima, evitando así un posible abandono. El invento no es nuevo, ya que existen desde 2016, saltando ahora a primera plana tras la revocación del fallo de Roe vs. Wade de 1973 que hace del aborto una cuestión de código postal. Estados Unidos, más allá de los que nos muestran sus películas y series, dista mucho de ser una nación progresista, perviviendo en sus pequeñas poblaciones sociedades de raíces puritanas en las que un embarazo adolescente o incluso fuera del matrimonio es fuente de estigma y ostracismo. Cabría preguntarse si no sería más conveniente destinar los recursos y la inventiva a apoyar a esas madres que con profundo dolor y alma desgarrada se separan de sus hijos.
David López Natal. León.
La maquinista o el caos
Gracias a los correos o como se llame la comunicación entre el tren y el puesto de mando, y la caja negra o similar que lleva el tren, por fin, no podrá imputarse el suceso del incendio al de siempre. En este caso una profesional que a falta de ni un solo auxiliar, no ya digo revisor o ni un viajero con cierta autoridad, agente de la autoridad o similar, aunque fuera de servicio. Alguien que la echase una mano. Me pongo en su lugar y tiemblo al pensar como las debió de pasar al pasar de vagón a vagón tratando de convencer a los viajeros que no abandonasen el convoy. Mientras trataba de anular las palancas de alarma pulsada por los viajeros una a una. Esa maquinista es una heroína y lo ha demostrado. No como los que desoyeron sus peticiones de dar la vuelta. Que una vez más estaban a por uvas. No fue ella la culpable de que “algunos” viajeros decidiesen bajar del convoy ni de que activasen los frenos. Mi solidaridad y mi respeto a una profesional sin cuya actuación hoy seríamos noticia macabra internacional. Sólo un apunte. Los revisores no sólo deben estar para picar billetes. Tan sólo deben estar. Los controles de acceso a los andenes no deben evitar que alguien sea responsable de la atención y seguridad de los viajeros. ¿O tenemos que esperar que algo similar suceda para darnos cuenta? Hay puestos que son necesarios y otros que no. En fin, que cada uno saque sus conclusiones. Pero que dejen actuar a la gente que sabe. Que un tren en medio de un incendio no es cualquier cosa como emular a Jack en el Titanic.
Luis A. Díez. Correo electrónico.
Robo en el bus
El pasado viernes iba en el bus 59 de camino a casa. Un chico me preguntó por una dirección y por una línea de metro; yo amablemente le respondí, ya que me gusta ayudar en lo que puedo. Cuando bajé del autobús, me di cuenta de que me habían abierto el bolso y me habían robado el móvil. Enseguida me percaté de que había sido el chico al que ayudé. Me quedé en shock y me puse muy triste. Necesitaba contarlo, y a la primera persona que se lo expliqué me dijo que cómo no me había dado cuenta. Aluciné con el comentario, ya que si me hubiera dado cuenta no me habría robado el móvil. La segunda persona a la que se lo expliqué me dijo que la culpa era mía por ir distraída. Acabé llorando y flipando, ya que, en lugar de criticar al ladrón, me estaban haciendo culpable. No entiendo nada: ahora resulta que me roban el móvil y la culpa es mía. Yo tengo clarísimo que la culpa no es mía, ya que yo me distraigo cuando me da la gana, y no tengo por qué ir en alerta pensando en lo que me van a robar, y por supuesto pienso seguir ayudando a quien lo necesite. La culpa es de que estamos en una ciudad insegura, donde se protege a los ladrones y se culpa a las víctimas.
Lidia Ruiz Sánchez. Barcelona