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EL BLOC DEL CARTERO

Ignacio

Lorenzo Silva

Todos los argumentos pueden objetarse. Todos los alardes dictados por impulsos sospechosos (y hay unos cuantos: el resentimiento, la vanidad, la esperanza de premio, terreno ... o ultraterreno, entre otros) cabe cuestionarlos, no importa lo extremos que sean, ni siquiera que terminen con la vida de su autor. Hay algo, sin embargo, que no admite objeción ni cuestionamiento: el gesto de sacrificarse por otro, sin más motivación que procurar el bien de ese otro o impedirle un mal. Eso es lo que convirtió a Ignacio Echeverría en un ser humano inobjetable e incuestionable cuando andaba a otras cosas por las calles de Londres. No disponemos de palabras ni de recompensas para corresponder a lo que hizo por todos. Solo nos cabe constatar que era uno de los mejores. Y tratar de aprender algo de él.

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