El bloc del cartero
Jardines
Corren tiempos inquietantes, en los que las aprensiones se multiplican. La guerra, el virus, la inflación. Y algunos otros fantasmas en el horizonte: la escasez energética y alimentaria, el hambre y sus consecuencias. Entre otras, las migraciones, que nos depararán más tragedias a los dos lados de las muchas vallas que hay en el mundo. En los últimos tiempos, decenas de migrantes asfixiados en un tráiler en Texas y otras tantas vidas perdidas en Melilla. Podemos y debemos preguntarnos quiénes son los culpables de estas tragedias, pero que esto no nos distraiga de lo principal. Un lector nos habla de jardines. Es hermosa tarea cuidar del que cada uno administra, pero más perentorio es que aprendamos a cuidar, juntos, del gran jardín común que nos sostiene a todos.
Destellos tras destellos...
Otro destello y el coronavirus parece desaparecer de nuestras vidas, lástima que ese destello sea la guerra de Ucrania. Nuevo destello, Aragón y Cataluña a ... la gresca por unos juegos de invierno que, lamentablemente, todos sabemos que no se van a celebrar ni en uno ni en otro lugar. Destello tras destello tras destello, así los llamo, cada vez que surge una noticia de calado, aparece otra como destello en la oscuridad que eclipsa la anterior cegándonos y desmemoriándonos. Estamos tan acostumbrados a estos fogonazos informativos que ya no les hacemos caso, dejamos de escandalizarnos por la matanza de ellas, dejamos de rasgarnos las vestiduras por la guerra en cualquier parte, siempre y cuando no sea en nuestra casa, desde luego; nos da igual que suba la luz a niveles impagables de la mano de la también impagable gasolina y nos olvidamos de que las camas de nuestros hospitales tienen sobrepeso de coronavirus. Nos ponemos delante de los medios de comunicación y nuestros ojos solamente pestañean ante el siguiente destello. ¿Habrá ganado este o aquel equipo de fútbol? ¿Se habrán cargado a alguien? ¿Maremoto mortal en Japón? No sé, esperemos al destello... Ya llega.
Daniel Marzo. Zaragoza
Otros jardines en tiempos de guerra
En las estanterías y anaqueles de muchas librerías proliferan los libros de jardinería. Cada vez son más, y destacan algunos enfoques infrecuentes. Es un fenómeno que ha aparecido hace pocos años y sigue en alza. Una nueva vuelta a la naturaleza desde la literatura, la botánica, la psicología y otras asomadas en torno al paisaje y, especialmente, hacia el jardín. Esta eclosión de publicaciones jardineras se encuadra en una concienciación medioambiental a escala global. Muchas de ellas aconsejables y beneficiosas. Revisitaciones a Pequeños paraísos.El espíritu de los jardines, escrito por Mario Satz; con La mente bien ajardinada, la de Sue Stuart-Smith, o los viajes de un escritor de Sarajevo por diversos jardines de Europa, durante la guerra de los Balcanes: Jardines en tiempos de guerra, de Teodor Ceric, alter ego, plausible, de Marco Martella. Recientemente han reaparecido un tipo de jardines que creíamos olvidados. Europeos del Este están utilizando sus parques, patios y jardines para enterrar los cuerpos de familiares, de vecinos, de amigos y enemigos. Víctimas de otras barbaries que también creíamos olvidadas en este continente. Jardines que volverán a recuperar sus afanes y a sus paseantes, a los amantes, a los niños y mayores y, como siempre, a sus jardineros. Tras un silencio, «vacío» y quietud temporal, perdurará en la memoria colectiva su destino ocasional como leves tierras para urgentes descansos, en inhumanas itinerancias.
José C. Sanz Belloso. Valladolid
Mi amiga Ana
Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Pues yo tengo esa suerte. En mi caso es una amiga. Una de esas que, por muy cargada que esté su agenda, que siempre lo está, hace lo que sea por estar un rato contigo. Me da algo de su tiempo, que es lo más valioso que tiene. No el que nos gustaría, ni a ella ni a mí, pero está cuando la necesito. Siempre. Y le cuento mis problemas, y me escucha, me aconseja, me ayuda y también, muy de vez en cuando, saca algo de su genio y me riñe. Por ir a mi bola y no contarle todo lo que me pasa. Por esconderle algo. Y hace bien. Como debe ser. Pero agradezco que siempre lo haga con una sonrisa, con el brillo en la mirada de quien disfruta del momento, con paciencia, sin mirar el reloj por mucha prisa que tenga, al menos conmigo. Aunque es verdad que lleva un par de años duros, muy duros. Que la noto más cansada y estresada de lo habitual. Es normal. Mi amiga se llama Ana. Y es mi médico de familia. Ánimo, Ana. Como tú me sueles decir, «esto también pasará».
Miguel Astigarraga. San Sebastián
Por qué la he premiado… Por revelarnos hasta qué punto el pundonor en un oficio engrandece a quien lo ejerce.