EL BLOC DEL CARTERO
Insensibilidad
Mira que fuimos solidarios y sensibles a los esfuerzos y los males ajenos cuando aún el espanto nos atenazaba. Mira que nos hemos olvidado de esa sensibilidad y esa solidaridad ahora que el miedo ha ido desvaneciéndose o mitigándose. Y qué poco ponen algunos de su parte para terminar esta historia de la manera más sensata y más decorosa posible, ahorrando todo el sufrimiento ajeno que podamos con nuestros gestos individuales, no necesariamente heroicos. Esa es la sensación que nos deja la carta de una médica de familia que reconoce su impotencia ante la resistencia de quienes la rodean a soportar la leve incomodidad de una mascarilla o a ponerse una vacuna que sí permiten que los proteja inoculada en otros. El derecho a rechazarla se lo reconoce la ley. No así el de ser admirados o premiados por ejercerlo.
Las cartas de los lectores
• A las 19, en nuestra cafetería
La niña que un día fui nació en los setenta y a veces quiere asomarse, porque me recuerda cómo se ve la vida desde otro ... prisma, pero cada vez lo hace menos. Las prisas. El asombro ante tanta tecnología, unido al modo de relacionarnos con los 'amigos' (WhatsApp, Instagram, Facebook, likes, caritas sonrientes), la entristece. ¿Dónde está el calor de las carcajadas, me pregunta, de esas contagiosas que ninguna pantalla logra transmitir? La niña de ayer se despide dejándome un mensaje claro. Corro a llamar a mi prima, con la que chateo cada día, pero que no veo desde hace meses. Quiero que su risa me abrace las arrugas del alma.
Alejandra María Rusell Giráldez. Tui (Pontevedra)
• Nunca héroe, ahora villano
Soy una médico de familia de 54 años, con 30 de experiencia. En diciembre de 2020 tuve que coger la baja por agotamiento físico, psíquico y emocional. No pude con todo lo que supuso el punto álgido de la pandemia: tantas horas, 70 pacientes al día, mucho pánico, enfermedad sin control, desconocimiento. Soledad. En una primera línea siempre invisible, incluso dentro del colectivo sanitario, donde médico solo es el hospitalario. Cuando las cosas parecían calmarse, tuve un ofrecimiento de juntarnos con quienes yo consideraba, si no amigos, sí gente con la que tenía una especial relación. Alegría por reunirnos… hasta que dije que había que ir con mascarilla. Pasé a ser la aguafiestas, una incomodidad. Tengo pocas amigas y estoy deseando verlas. Saben lo que pasé en los momentos malos. Ahora, me encuentro con que una de ellas no quiere vacunarse. Sus razones: «Los experimentos, con otros». Tampoco valen mis razones científicas. ¡Qué impotencia! Si no sirve mi ciencia, experiencia personal y clínica con mis más cercanos, ¿para qué sirve? Nunca me he cuestionado tanto seguir con mi profesión. Pero, a mi edad, qué hago y, además, ¡es que es lo que he querido ser toda mi vida, médico de cabecera! Nunca he sido héroe, pero, está claro, ahora sí soy villano. Gracias por darme una oportunidad de que quien lo lea pueda poner de su parte para que esta pesadilla acabe lo antes posible. Muchas gracias a quienes sí lo hacen.
Elena Pérez Urrutia. Vitoria-Gasteiz
• Nadie nos vino a buscar a casa
Me ha movido a escribir un comentario que en su revista Emilio Gutiérrez-Caba ha vertido sobre el funcionariado. Llevo veinte años trabajando como funcionaria y su opinión me parece desafortunada e injusta. En primer lugar porque no diferencia entre funcionarios y cargos políticos y asesores. No discuto que los puestos de confianza están sobredimensionados en este país, pero los sueldos en la administración son bastante más modestos de lo que el común de la ciudadanía piensa. ¿Que es un puesto para toda la vida? Pues sí; pero eso es lo que garantiza nuestra autonomía e independencia respecto a los vaivenes políticos. Y nadie nos ha venido a buscar a casa; si el señor Gutiérrez-Caba piensa que vivimos tan bien, él mismo podría haber optado a una plaza en la Administración pública española. Esos que él despectivamente llama «funcionarios de mesa» son los que han mantenido la maquinaria administrativa en funcionamiento. Pusieron sus ordenadores personales, impresoras, mesas de comedor, cocinas, redes wifi costeadas por ellos mismos y metros cuadrados de sus hogares para teletrabajar y dar servicio desde sus casas. Tramitaron infinidad de ERTE y otras ayudas, gestionaron impuestos, emitieron documentos… Trabajaron como los más visibles policías, bomberos, sanitarios, militares, profesores… pero acometiendo una labor menos 'vistosa' y más desagradecida. Lamento profundamente lo mal que lo han pasado y continúan pasándolo determinados colectivos, pero cargar las tintas contra los demás no soluciona nada.
Lorena Pulgar. Correo electrónico
•Lo que ellos no cumplen
Ya no nos acordamos, pero mi padre, en verano, dormía en el balcón, no por falta de espacio, sino por el calor asfixiante. En invierno, una capa de hielo cubría las fuentes y los barrotes de las casas. A mí me ocurría lo mismo. Hace ya unos días se han reunido en Glasgow los dirigentes del mundo para tratar el cambio climático e intentar evitar la contaminación descontrolada. Han llegado a la ciudad escocesa en decenas o cientos de aviones para hablar de lo que ellos no cumplen. Más interesante sería que hicieran como mi padre, así no existiría la temible contaminación o, mejor aún, fueran a la población británica como Colón fue a las Indias Occidentales.
Enrique Ocampo Salas. Plasencia (Cáceres)
Retrospectiva
Cumplidos mis 87 años, me paro a veces a repasar mi vida laboral en busca de los momentos en que me he sentido más feliz. Casi siempre me vienen a la memoria aquellos cinco años –allá por 1965– en que fui profesor de Filosofía en el instituto madrileño Cardenal Cisneros. Veía en los chicos una pulsión por saber, un interés y una entrega al estudio que compensaba con creces mis esfuerzos en preparar cada clase. Entre mis viejos legajos, aún conservo algunas fichas de aquellas lecciones. Los sábados no eran lectivos; pero se formaban grupos de una veintena de estudiantes que, voluntariamente, participaban en aquellos seminarios sabáticos y mañaneros, solo por la ilusión de explorar un tema que les intrigaba, y que ellos mismos habían elegido. Casi todos desarrollaban algún asunto que, acaso marginalmente, se había tocado en clase. Había tal ilusión en esos jóvenes que mi papel de moderador me resultaba de lo más gratificante. Mi entrega, como la suya, me hacía sentir bien: no había otro objetivo que buscar conocimientos, exponerlos en común y disputarlos. Aquellos chicos de 15 años andarán hoy por los sesenta y tantos. Ojalá que, en el cénit de sus profesiones, lleguen a gozar de aquella felicidad que entonces se nos presentaba como problema, vivencia o aspiración.
Abel Yebra. Madrid
Por qué la he premiado… Porque la juventud, en su más genuino espíritu, está donde a veces menos se piensa.