El bloc del cartero
Pertenencias
«La palabra alude a aquello de lo que sentimos formar parte. También esas pertenencias son pocas y están expuestas a menguar con el tiempo».
La palabra designa, por un lado, aquello que nos pertenece: nuestras posesiones, en el sentido de las más cercanas, las más pegadas al cuerpo. Como ... las que le quitan a un recluso cuando ingresa y le devuelven cuando sale. Son pocas, o ninguna: no hay nada, fuera de nuestro propio organismo y la conciencia que lo habita, de lo que no puedan despojarnos. Lo olvidamos y nos distraemos con facilidad, gracias a los objetos, cada vez más sofisticados, con que nos embrollan y engatusan. Y así algunos, absortos en ellos, no caen en que a un aula se va a adquirir un saber, por ejemplo. Por otro lado, la palabra alude a aquello de lo que sentimos formar parte. También esas pertenencias son pocas y están expuestas a menguar con el tiempo. Sobre unas y otras subsistimos, aunque nos resulte tan fácil descuidarlas.
LA CARTA DE LA SEMANA
¿Por qué la he elegido…? Porque en ese hilo perdido hay una imagen que nos interpela a los que lo recordamos.
El hilo
Soy de los niños que crecieron en un lugar prestado. Donde estaba el trabajo, mis padres levantaron el hogar. Cada verano, empaquetábamos la vida y cruzábamos España. El viaje duraba dos días y dormíamos a mitad de camino, con maletas y bolsas que metíamos en el hotel y recolocábamos al día siguiente. A veces, ya lejos de casa, nos cruzábamos con otro coche con nuestra matrícula: esas letras chivaban de dónde éramos. Nos reconocíamos como vecinos y mi padre le daba al claxon. Allí teníamos una segunda vida en la que mi padre tenía hermanos y nosotros, abuelos. Al final del verano, tocaba volver a empaquetar la vida. Lo recuerdo con tristeza. Volvíamos a cruzar España porque nuestras dos vidas tenían ese hilo en común. Y ahora que el viaje son seis horas en vez de dieciséis, todo está más lejos. Ya no sé si cruzo España o si el camino sigue: el hilo que unía los dos puntos ha desaparecido. | Teresa Rivera Iglesias. Urduliz (Bizkaia)
OTRAS CARTAS DE NUESTROS LECTORES
Unas horas más
«Falleció de repente, ha sido para bien, no ha sufrido…». Yo quisiera sufrir un poco, dar un último abrazo, un último beso, comerme una magdalena, ordenar mis cosas, acariciar al perro. Por si acaso… voy cerrando puertas, barriendo el alma de polvo antiguo, de viejas penas. Dame unas horas más, le pediré a la muerte, si viene de madrugada. Déjame pasar el día hasta la tarde para ver el sol desaparecer entre los árboles de mi patio. Dame unos días más, le pediré. Déjame pasar el invierno hasta la primavera y ver el despertar de la naturaleza. Déjame llegar al verano para escuchar el rumor salobre de las olas y tumbarme en la arena. Es tan hermosa la vida... No quiero renunciar a ella. | Nineta Villalonga. Es Castell (Menorca)
Algo anda mal
Como cada día, ocupo mi lugar entre el alumnado universitario. Las pantallas iluminan nuestras caras somnolientas hasta las primeras palabras del profesor. Armados con el arma más compleja, potente y eficaz que hayan tenido cuantos alumnos han pasado por estas aulas, avanzamos al compás de nuestros dedos sobre las teclas, a ritmo de ametralladora. Pronto, no obstante, las primeras bajas, alumnos que con un clic se pierden en un universo de distracciones. Pero no os sorprendáis: aquí no hay mástil al que atarse ni cera para los oídos. A la hora, el profesor cuenta tan solo con unos pocos fieles. El resto alza de vez en cuando su mirada vacía para inducirle la creencia de que siguen ahí, pero alguno incluso se ha puesto a ver una serie en Netflix. Finaliza la clase y solo unos pocos se han mantenido firmes. Podría pasar por una victoria (pírrica) de la enseñanza si no fuera porque la transcripción, por fiel que sea, no equivale a comprensión, y porque otra pista evidencia que algo anda muy mal en estas aulas. Nadie ha alzado la mano, nadie ha preguntado nada. | Ignacio de Zabala González. Aravaca (Madrid)
La luz común de la mística
Tendemos a demonizar el islam ignorando su dimensión más profunda y universal: el sufismo. Esta corriente espiritual no se queda en las formas externas de la religión: busca la experiencia directa de Dios a través del amor absoluto, el desapego y la purificación del corazón. Lo fascinante del sufismo, abanderado por gigantes como Rumi o Ibn Arabi, es que se conecta con todas las grandes místicas, desde la cristiana de San Juan de la Cruz, la Cábala judía de Moisés de León hasta las filosofías orientales. Todas comparten igual premisa: el amor es la fuerza cósmica que disuelve el ego y une a la humanidad. Para el sufismo, Dios no es un juez temible, sino el «Amado». Al recordarnos que todas las religiones buscan la misma luz divina, el sufismo ofrece un puente de tolerancia, paz y diálogo universal. Reducir el islam al fanatismo es ignorar una de las cumbres espirituales y literarias de la historia humana. | Venancio Rodríguez Sanz. Zaragoza
Ofensores y ofendidos
Siento una profunda vergüenza cuando, año tras año, durante el desfile del 12 de octubre, algunos asistentes insultan impunemente al presidente del Gobierno. Eso sí, siempre que este sea socialista y aunque haya sido elegido democráticamente. Cuesta entender que se toleren estas conductas groseras e incívicas que atentan contra el honor y que resultan tan perjudiciales para la convivencia. No basta con invocar la libertad de expresión para justificar estos comportamientos. La crítica política, por dura que sea, es legítima y necesaria; el insulto y la vejación personal degradan el debate público y erosionan el respeto institucional. Pero no solo avergüenzan los insultos en los actos públicos. También estamos hartos, hasta la náusea, de escuchar a determinados representantes políticos recurrir a calificativos infames contra sus adversarios, menoscabando su dignidad y envileciendo la vida pública. No podemos aceptar que la descalificación sustituya al argumento y la ofensa se convierta en arma política. Una democracia no exige pensar igual, sino discrepar con respeto. La libertad de expresión es un pilar democrático, no una patente de corso para el insulto. El respeto institucional no debería depender de la ideología de quien ocupa el cargo, sino de nuestra convicción de que la democracia merece ser defendida también en las formas. | Pedro Serrano. Antoñán del Valle. (León)
Como del rayo
El 11 de octubre de 2026 hizo 5 años en que se murió como del rayo mi padre, Javier Such, a quien tanto yo quería. Falleció de un glioblastoma multiforme que, quien lo conoce, sabe que es un golpe helado. Un hachazo homicida. Y, desde entonces, voy de mi corazón a mis asuntos. Y no puedo perdonar su muerte enamorada, ni a la naturaleza de la vida desatenta. Ni a la existencia en esta tierra. Ni a la nada de su ausencia. Y yo, que soy psicóloga, siempre supe que se moría. Que se moría. La voracidad del glioblastoma es tal que regala la agonía del cáncer terminal y la crueldad de una demencia a cámara rápida. Y quise ser llorando el hortelano, y ojalá hubiese podido escarbar la tierra con los dientes, y apartar la tierra de la realidad que se nos vino encima. Pero el glioblastoma no da oportunidades. Tan sólo certezas lapidarias e incompasibles. Y aunque no pudimos desamordazarte, ni regresarte, en esos cuatro meses besamos mil veces mil veces tu noble calavera. Papá, sigo sintiendo más tu muerte que mi vida. Mi corazón no es terciopelo, pero sí está ajado. Y ojalá algún día poder requerirte a las aladas almas de las rosas de un almendro de nata. Porque yo sí necesito hablarte de muchas cosas; mi padre del alma, mi compañero. | María Such de Lorenzo-Cáceres. Madrid