Al calor del debate sobre las denominadas –o autodenominadas– redes sociales y el acceso a ellas de los menores, que esta semana asoma a nuestras ... cartas, quizá sea el momento de ir más allá y preguntarnos en qué medida y hasta qué punto un recurso que surgió y todos acogimos, con mayor o menor entusiasmo, como una herramienta para nuestros fines se ha convertido en otra cosa. Las redes entre seres humanos mediadas por la tecnología, y explotadas por corporaciones que rara vez o nunca rinden cuentas, han venido a suplantar a las verdaderas redes sociales, las humanas, donde la inmediación, física y afectiva, introduce valores que brillan por su ausencia en estas otras. Para colmo, llega la IA, con la que muchos sustituyen ya su propia red de neuronas, delegándole la funesta y penosa tarea de pensar.
No todo lo que es técnicamente factible es moralmente deseable; también la tecnología y sus usos deben atenerse a reglas. Lo que se precisa es que las restricciones reúnan la doble condición de ser legítimas y racionales. Es obvio que el manejo indiscriminado, a edades tempranas, de smartphones y de redes sociales produce más inconvenientes que ventajas: la atención en el aula y el rendimiento académico flojean, se propicia el ciberacoso, aumentan el narcisismo y la competitividad, se posibilitan el sexting (sexo por Internet) y la difusión de pornografía. Y, sobre todo, los teléfonos 'inteligentes' y las redes sociales generan adicción, comparable a la causada por las drogas: los chicos pasan demasiadas horas enganchados al móvil, desatienden la vida real y sustituyen las relaciones cara a cara por contactos virtuales, a veces con desconocidos que ocultan su verdadera identidad. A través de las redes se obra la desinformación de las fake news. Se manipulan los datos y las ideas, así como las imágenes, que pueden ser trucadas con ayuda de la IA. Todo ello contribuye a difuminar el sentido de la realidad, que se mezcla cada vez más con la ficción. El aislamiento y la dependencia tecnológica redundan en trastornos precoces de ansiedad y depresión. En estas condiciones está justificada la intervención de los gobiernos democráticos, por motivos evidentes de preservación de la salud pública y de protección del desarrollo psíquico, intelectual y social de las nuevas generaciones. | Pedro Feal.Correo electrónico
Somos un país con dilatada y variada historia. Hace bien poco, vivió la tremenda experiencia de la guerra civil y una modélica transición a la democracia (pese a voces discordantes con el adjetivo). La incorporación en la UE ha reportado muchos beneficios. Vivimos un momento en general positivo (algo complicado en los tiempos que corren), aunque ello no evita graves problemas: muchos sueldos precarios, precio disparatado de la vivienda, paro muy elevado. Y muchos de nuestros representantes políticos no están a la altura del pueblo que representan. Debates inútiles y rastreros; corrupción y acusaciones de «y tú más»; ineptitud en demasiados casos o amor por el asiento están reportando una serie de durísimos golpes físicos y morales a los ciudadanos con dramas que se pudieron evitar o mitigar en gran manera: la dana de Valencia, el apagón del 28 de abril pasado, los tremendos incendios del verano, las catástrofes ferroviarias. No merecemos estos desastres.| Manolo Romasanta Touza.Sigüeiro (A Coruña)
Que cada uno de nosotros pagamos un dineral en impuestos, no es noticia ya. Que lo recaudado con esos impuestos no va destinado a lo que de verdad se necesita, no es noticia ya. Que la incompetencia de los políticos en la gestión en general y en las catástrofes en particular es una cuestión que nadie en su sano juicio discute, no es noticia ya. Sería una noticia, y no una cuestión de magia, que hubiera una aportación en impuestos justa y equilibrada, destinada a lo que hace falta y gestionado por personas competentes. ¿Se imaginan? | Angela B. P. .Madrid
Tengo un hermano que ha cumplido los 65 años. Se ha dedicado en su vida laboral a la enseñanza universitaria. Por motivos de enfermedad de un familiar, se ha retirado del mundo laboral. Siempre ha estado estudiando, acumulando carreras. Un día me dice por teléfono que se ha matriculado en Filosofía y Letras. Sus compañeros de curso tienen sobre 20 años. Su profesora tiene 40 años. En la clase se siente muy cómodo rodeado de gente joven, parece el padre de todos y quiere vestir juvenil pero con ropa antigua. Los chavales se ríen de sus pintas. A menudo levanta el dedo para interrumpir a la profesora y decir tonterías. Si la profesora habla de Roma, dice «¡qué me va usted a contar, si yo hice allí la mili», y todos se carcajean. Si la profesora pone un examen, pide «chuletas» a sus compañeros, todos se las niegan. Me lo contaba todo con la ilusión de hacer otra carrera. Lo animo a seguir. | Pilar Valero Capilla. Zaragoza
¿Por qué la he elegido…? Porque conviene recordar que nada como la adversidad afila y afina nuestra mirada.
Desde hace un año, debido a una osteomalacia, mi caminar es lento, doloroso e inestable. Eso ha cambiado totalmente mi perspectiva de la vida en general y de la accesibilidad en particular. En cuanto a lo primero, de mi vida han desaparecido a la fuerza las prisas, y contemplo con una mezcla de envidia y compasión cómo los demás me adelantan a toda velocidad, afanados por su trabajo, sus obligaciones familiares y, también, por aprovechar al máximo su tiempo de ocio. Y, por otro lado, cómo echo de menos rampas de acceso, más anchura en las aceras, y un mayor respeto a los peatones por los responsables de las obras públicas. No deseo la enfermedad a nadie. Pero sí aconsejo a todos parar de vez en cuando y preguntarse qué pueden hacer por quienes viven peor que la mayoría
Alberto Asensi. Algemesí (Valencia)
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Lorenzo Silva es escritor y columnista español conocido especialmente por sus novelas policíacas protagonziadas por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Ganador del Premio Nadal y del Premio Planeta
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