EL BLOC DEL CARTERO
Optimismo
¿Cabe el optimismo en un escenario como el que nos dejan la pandemia y sus secuelas, tanto sanitarias como económicas y políticas? Habrá quien ... se resista a admitirlo, pero un lector nos invita a considerar la posibilidad: no sólo porque puedan hallarse argumentos para imaginar que vendrán días mejores, sino porque a fin de cuentas no nos queda otro remedio. Sobre todo, no les queda a los más jóvenes, a quienes apenas empiezan a vivir y a los que llevamos semanas abrumando con visiones apocalípticas y feas reyertas partidistas a cuenta de los muertos y los vivos, sin que entre los contendientes abunde la caridad para con unos ni para con otros. Pensemos en quienes han de crecer en el mundo que esto deja. En sus dudas y en sus ilusiones, a las que tienen derecho.
LA CARTA DE LA SEMANA
Hoy, tras dos meses, he vuelto a ver a mis padres. Nunca antes los deseos fueron tan estremecedores. Han tenido que volver a subir a por las mascarillas al octavo piso. Después, han salido a la calle para evitar compartir un espacio cerrado. Y allí, expectantes, dos de mis hijos y yo, sin saber casi cómo empezar. Mi padre, sin malicia, acercándose a nosotros. Yo, temerosa, respirando despacio, alejándome. Con los deseos reprimidos de lanzarme sobre mi madre, cuyos ojos languidecían tristes sobre la mascarilla. Tras ese espacio… maldito espacio. Mi padre, con 92 primaveras, no entiende de vacíos. Demasiadas batallas para reblar ante esta... No permite que nadie le usurpe su idiosincrasia. Y se acerca... Y lanza una mano que roza un brazo. Le he traído a mi madre un estuche de cremas, de día y de noche. No le hace falta, dice, pero me encanta que su piel siga aterciopelada, para cuando la roce de nuevo. A mi padre, un vino de los nuestros. Clarete. Para que sus cosquilleos lo mantengan anhelante. Espero volver pronto. Y coger el ascensor al octavo piso sin importarme la mascarilla. Espero expandir el vino y derrochar la crema… noche o día.
Arlette Alegre Bernués, Sabiñánigo (Huesca)
Por qué la he premiado… Porque seguro que muchos se sienten identificados con ella en estos días.
Seamos optimistas
Además de lo mal que lo estamos pasando con esta pandemia, no hacemos más que hablar del mal futuro económico que nos espera, cuando deberíamos hacer todo lo contrario; es decir, darnos ánimos, y exponer soluciones que puedan ayudarnos a recuperarnos. La banca tiene un papel muy importante, ayudando a aquellos clientes que tenía, y que funcionaban: autónomos, industrias... A nivel individual: dejar de comprar por Internet y hacerlo en el pequeño comercio; con ello ayudamos al reparto de la riqueza, y que no se lo lleven todo los 'gordos'. A la industria, apoyo incondicional. A nuestros administradores, que no se les ocurra subir los impuestos: si los bajan, mejor. Ayudar a jóvenes emprendedores, de los que tenemos un gran potencial, para que puedan desarrollar sus proyectos, sin agobios financieros. A los inversores, que es el momento de comprar bolsa, porque más no va a bajar, y a los que disponen de tesorería, que gasten, que el dinero guardado no sirve para nada. Si todos ponemos nuestro granito de arena, sacaremos esto adelante. ¡Seamos optimistas!
Antxon Villaverde (Correo Electrónico)
Un mar de dudas
Hoy el cielo está nublado, pero mis ojos solo ven ese pequeño claro a lo lejos, ese trocito sin nubes. En estos días inciertos, largos y llenos de dudas no podemos olvidar que el sol sigue estando detrás de las nubes y también lo está detrás del mar de dudas de todos y cada uno de nosotros, deseando salir y brillar. No podemos caer en el desánimo. No ahora que hemos llegado tan lejos. Sabemos que queda mucho camino por andar, tenemos mucho que aprender para estar preparados para la nueva realidad que nos espera fuera del refugio de nuestras casas. Pero somos jóvenes, estamos llenos de energía y de buenos propósitos, dispuestos a apreciar más las cosas y personas que valen la pena y compartir tiempo de calidad con ellas como lo estoy haciendo ahora mismo con vosotros, con esta carta.
Alba A. A. Santa Cruz de Bezana (Cantabria)
España está de luto
¡Sí, España esta de luto! Es hora de que las banderas estén a media asta y con crespones negros. Se sale todas las tardes a ventanas y balcones para aplaudir, no solo a todos los que tienen que ver con la sanidad, sino a todos aquellos que de una forma u otra han contribuido con su esfuerzo, sacrificio y riesgo de sus propias vidas a que otros permanezcamos recluidos en nuestras casas sin que nos faltase lo básico para vivir. Estamos con ellos y se lo merecen, tienen nuestra estima y gratitud. Pero creo que ha llegado el momento de rendir un homenaje y guardar silencio en honor de todos aquellos que tristemente nos han dejado, así como a sus familiares y allegados que no les han podido dar su último adiós. Hemos tardado mucho en hacerlo. En hacerles saber que no están solos, que muchos los hemos llorado en soledad, que hemos rezado por ellos, que hemos pedido para que superaran tanto abandono y desolación; en una palabra, que han sido y son parte inseparable de nosotros. Ofrezcamos ahora nuestro dolor, respeto y recuerdo a los difuntos. ¿No sería bueno que en nuestras ventanas y balcones ondeasen crespones negros? ¿Que en lugar de aplausos, pitidos, sirenas y música, saliésemos en silencio y recogimiento, y que cada uno de nosotros pensase en ellos y sus familias? ¿Nos hemos parado a pensar que quizás muchos de nosotros, sin saberlo, tengamos algún vecino que ha perdido a un ser querido, y que los aplausos pueden ser un viacrucis más para ellos? Que cada uno de nosotros los homenajee como su corazón, religión o creencia le dicte, pero en silencio y con respeto. Descansen en paz.
David Bermejo Redondo, Getxo (Vizcaya)
Luis Sepúlveda: novelas de amor
Nos dejó Luis Sepúlveda, una víctima más del coronavirus, hombre inquieto, romántico, reivindicativo, inconformista. [El escritor, periodista y cineasta chileno, residente en Asturias falleció por COVID-19 el pasado 16 de abril, a sus 70 años]. Literariamente polifacético, yo siempre lo asocio a su novela Un viejo que leía novelas de amor. Podría revivir todos los momentos de esta novela, situados en la selva amazónica ecuatoriana, que nos transmite una realidad mágica y consigue que nos identifiquemos con los hombres que respetan las leyes de la naturaleza y no con los antagonistas, que se creen poseedores del progreso y tratan de alterar el orden natural. Es una propuesta ecológica, que quiere defender la pureza de 'los salvajes', su hábitat, el de los Shuar (los mal llamados jíbaros). El protagonista es un viejo, un neorromántico, que empatiza con ellos, cumple sus leyes, que respeta y se sitúa en su campo axiológico y en su forma de vida, neófito de la selva, pero que intenta aprender, asimilarlo todo. Defiende lo justo, lo equitativo, la armonía natural y, por todo esto, es aceptado por la selva y esta no lo devora, ni lo devora la tigrilla. Él es aceptado por los Shuar, aunque no de pleno derecho. Como antítesis, como antihéroes, están al alcalde y los gringos que representan 'la civilización blanca' que altera el equilibrio y rompe la virginidad de la Amazonia. Los Shuar, la selva y la tigrilla se sublevan contra ellos y serán devorados. No así nuestro viejo, Antonio José Bolívar, hombre pacífico, enamorado de su mujer a su manera y costumbres, al que, además, le gusta leer novelas de amor, de las que hacen sufrir, pero con final feliz. Amigo y admirado Luis, descansa en paz.
Mariano Aguas Jáuregui, Zaragoza
¿Qué culpa tengo yo?
No paran de preguntar por mí. Sin embargo, mi naturaleza no me permite acudir si me llaman. Como mucho, me dejo llevar por el viento: sople por mi derecha o por mi izquierda. Me da igual. Les dejo hacer, no tengo más remedio. A pesar de esas limitaciones, dicen que tengo mucha fuerza. Que solo con verme se despiertan las más profundas y antagónicas emociones. No lo entiendo. Yo soy la misma. Yo no cambio. Espero que pronto me devuelvan a la tranquilidad de mi mástil. Desde ahí tengo la falsa sensación de que ondeo para todos los españoles.
Juan Pablo Monge, Madrid