El bloc del cartero
Pobres
Nos recuerda un lector un libro del Antiguo Testamento que viene al caso de muchas de las noticias que en estos tiempos nos llegan, y de las historias de las que se hacen eco otras cartas de esta semana. Habla de los pobres, y de cuÔnto y cómo los vemos, o preferimos verlos solo un poco, o incluso dejar de verlos. Los pobres son los que salen malparados en el reparto de cartas que hace la fortuna: hay quien tiene siempre la tentación de culparlos por lo que les ha tocado, y la tentación es mÔs fuerte cuanta mÔs otredad se percibe en ellos. No digamos ya si existe algún pretexto para considerarlos enemigos. Y, sin embargo, no hay historia que quede bien contada prescindiendo del sufrimiento de aquellos a quienes les pasa por encima. Omitirlos convierte cualquier relato en patraña al servicio de los afortunados.
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titulosecundario titular="Las cartas de los lectores
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Tobit
En el capĆtulo cuarto del Libro de Tobit (uno de los mĆ”s bellos del Antiguo Testamento), Tobit āun anciano venerableā se despide de su hijo, que emprende un largo viaje. Teme no volver a verlo. En una escena conmovedora le dirige por ello unas palabras que hoy nos pueden ayudar. Tobit le explica su compromiso con los mĆ”s necesitados. Desde joven ha compartido su pan con ellos y les ha dado limosnas o un digno sepelio cuando era necesario. Ā«No apartes tu rostro del pobreĀ» (Tb 4,7), dice a su hijo. Por ese compromiso, Tobit fue perseguido por las autoridades y perdió sus bienes. No obstante, jamĆ”s se acobardó, y todo ello lo ayudó a comprender mĆ”s la situación de los empobrecidos, nuestros hermanos. Eso nos enseƱa: estamos llamados a escucharlos y a acogerlos descubriendo la sabidurĆa que Dios nos comunica a travĆ©s de ellos.
Martà Mancilla Muntada. Correo electrónico
Cada niƱa y niƱo
Cada vez que veo las imĆ”genes de niƱos y niƱas en cualquier guerra, se me cae el alma. La infancia refugiada, sin hogar ni seguridad. Los mĆ”s de 40 millones de niƱos desplazados en el mundo merecen mĆ”s que la supervivencia: merecen la oportunidad de crecer en un entorno seguro, de aprender, jugar y soƱar y tener un futuro como un lienzo abierto, no una neblina de incertidumbre. No sĆ© quiĆ©n habrĆ” dicho esa tonterĆa de que los hombres no lloran: yo afirmo que tambiĆ©n lloran. Lo digo por experiencia propia.
Alberto Ćlvarez PĆ©rez. Sevilla
Ćl
El lema del DĆa contra la Violencia de GĆ©nero de este aƱo era Ā«Se acabó», de MarĆa JimĆ©nez. Las mujeres maltratadas no oyen esa canción ni ven ni reconocen el mundo exterior. Su mundo es su casa, su mundo es Ć©l. Rezan para que Ć©l cambie. QuizĆ” un dĆa Ć©l llegue borracho o enfadado y la mate solo por estar ahĆ, solo porque puede. Puede porque ella aguantó el primer golpe, y el segundo, la primera paliza. Un dĆa ella miró desde el suelo a su hija de un aƱo en la trona, supo que debĆa irse y se fue. Ćl la esperó una noche a la salida de un bar y la atropelló; ella puso su primera denuncia. En la puerta del juzgado pensó que, si lo metĆa en la cĆ”rcel un par de aƱos, Ć©l, al salir, ya no fallarĆa. Alguna televisión les dirĆ” que denuncien, que hay juzgados dedicados a eso, y nos enseƱarĆ”n la tobillera que le pondrĆ”n y nos salvarĆ” si Ć©l se acerca. No hay juzgados, tobilleras ni PolicĆa para todas, y Ć©l lo sabe.
CorĆn Tellado (seudónimo). Correo electrónico
Por nuestra comodidad
Aparece una foto. Un hombre descalzo, despeinado y herido camina por una calle devastada con una niƱa ensangrentada en brazos. Su gesto es mĆ”s de desconcierto que de horror. El autor la titula: «¿A dónde ir? Sin ambulancias, sin hospitalĀ». Desaparece la foto. Era parte del Facebook de un periodista de Gaza. Sin hacer yo nada, la red me bombardea con fotos de gatitos y tortugas, cotilleos de celebridades y anuncios de almohadas ortopĆ©dicas. AsĆ, el palestino con la niƱa muerta es sepultado por mil informaciones superfluas, y el horror y la compasión que me despertaba se diluyen en mi memoria como megabytes en la nube. La fugacidad y la ingente cantidad de información que rigen este tiempo emponzoƱan nuestra capacidad de empatizar con el dolor ajeno. Si antes era una tentación cambiar de cadena ante imĆ”genes terribles, ahora las redes lo hacen por nosotros. Al parecer, velan por nuestra comodidad. Pero, cuidado, algĆŗn dĆa, los de esas imĆ”genes quizĆ” seamos nosotros.
Yemila Saleh Fraile. Bilbao
Por qué la he premiado⦠Porque retrata con certera crudeza nuestro contemporÔneo uso y abuso de anestésicos.