El bloc del cartero
Prepotencias
Recurre nuestra carta de la semana a un inspirado símil taurino para dar cuenta de los riesgos que corren y hacen correr quienes aspiran a convertir el ejercicio de su libertad individual, a priori legítimo, en criterio supremo al que se ha de someter el conjunto de la comunidad, so pena de ser degradada a la condición de rebaño que trata al disidente como chivo expiatorio. Como ilustra ese símil, las sociedades no pueden condicionar sus consensos ni sus reglas a lo que consideren oportuno los más temerarios o refractarios de sus miembros. En la gestión de los asuntos comunes hay que tomar decisiones y estas acarrean consecuencias. Cabe exigir que se decida en función de la experiencia y de la razón. Reclamar que el criterio, la experiencia y la razón de uno fijen la pauta excede la libertad para tornarse prepotencia.
Cartas de los lectores
Crisis de valores
La mañana del 7 de enero comí en un bar junto al mar, separado de la playa por una escalera de unos veinte escalones. En ... la mesa de al lado, una familia: dos parejas jóvenes, una mujer mayor y dos niños, de unos cuatro o cinco años, cargados de juguetes nuevos de gran tamaño. Mientras los adultos comen, los niños pasean y juegan entre las mesas y a veces bajan a la playa. De pronto, se acerca la niña corriendo hacia la mesa de sus padres gritando: «¡Miren lo que trae Pepe!». Detrás de ella, porque al ser algo menor corre menos, Pepe aparece agitado y muy feliz llevando en su mano algo que no puedo distinguir. Puede ser una concha, una piedra o un cangrejo muerto y lo enseña con orgullo a todos los comensales. Sin embargo, ellos exclaman al unísono: «¿Y los juguetes?». Habían quedado abandonados en la playa, a unos cien metros de la mesa donde comían. Inmediatamente dos comensales se levantaron de la mesa y salieron a gran velocidad a buscar los juguetes nuevos. Ni ellos ni yo sabremos nunca qué traían de la arena, orgullosos, los niños porque todos hemos cambiado los valores y cada vez vale más lo que de verdad importa menos. Recuerdo con cariño cuando alguna vez mis hijos, aún lactantes, disfrutaban más jugando con las cajas vacías, plásticos y papeles de regalo rotos que con sus juguetes nuevos.
Leonardo Miño Vásquez. Carmona (Sevilla)
Optimismo
Me considero una persona optimista, aunque debo confesar que también me he encontrado al borde del precipicio, pero esta vez ni siquiera me asomaré. No me da la gana. Me despidieron el 21 de diciembre, alegando reducción de personal por pérdidas de beneficios. Esto no tendría nada de particular si no fuese porque me enteré de esta circunstancia cuando en mi móvil apareció un icono en su pantalla, informándome de que en mi cuenta bancaria se había efectuado un ingreso de dinero, con los conceptos: despido objetivo, indemnización, nómina de diciembre… Sí, de esta manera. Después de 31 años cotizados, jamás me he sentido tan humillada laboralmente e insignificante en esta sociedad, donde la empatía, la palabra y las formas se han sustituido por la maravillosa tecnología que nos ofrecen estos dispositivos inalámbricos. Pensándolo bien, tuve suerte de que no me enviasen un emoticono. Todo esto –más el añadido de que, debido al retraso en la gestión de documentación en las delegaciones gubernamentales, no me aseguran ni que en febrero pueda percibir mi prestación por desempleo, sumado a mi edad madura de 50 años, un menor a mi cargo y salpicada por esta pandemia– forma el cóctel perfecto para intuir una depresión ante el hecho de que no sé cómo voy a afrontar mi vida. Pero no me da la gana, ni por la pandemia, ni por esta incertidumbre personal, no caeré; todo lo contrario: cada mañana echaré a andar, saldré a la calle y me sentiré afortunada de este sol mediterráneo que cada día colorea mis pupilas para ofrecerme esta luz clara y brillante con que afrontar la vida.
Mari Carmen Espadas López. Tarragona
Los que se quedan
Hace unos 45 años, más de 500.000 españoles emigraron a Alemania gracias a un acuerdo entre España y Berlín. No pretendían buscar refugio, aunque algunos lo encontraron, pero sí pretendían obtener ingresos que les permitieran tener un poco de calidad de vida y, por qué no, dignidad y bienestar para su familia. Uno de estos emigrantes fue mi padre, albañil, que, para darnos una vida mejor, dejó a su mujer y a los nueve hijos que habíamos nacido separados por una cuarentena. Cada Navidad, esperábamos al 'Rey Mago' que nos traía a casa regalos, amor y calor. Eran las mejores navidades que recuerdo. Me pongo en lugar de los familiares de Elton, Alaa, Haaron y tantos refugiados acogidos en Europa, como los del reportaje en XLSemanal; me pongo en el lugar de aquellos que esperan recibir mes a mes los envíos de algo de dinero o alimentos, pero, sobre todo, que desean volver a ver al padre, hermano o hijo que salió de casa y que algún día llegará vestido de Rey Mago.
Juan Manuel Rodríguez Gurces. Almería
Vacas resabiadas
Soy navarro, de Pamplona. Médico jubilado, por lo que sé algo de toros y encierros y algo de virus y vacunas. Soy, además, oriundo de un pueblo de la Ribera de Navarra donde se corre ganado bravo en fiestas. Hay pastores y recortadores que conocen bien a estos animales. Si hay alguna ciencia en esto, ellos la tienen por su experiencia. En cualquier fiesta, se termina cantando aquello de: «Las vacas del pueblo ya s’an escapau. Riau Riau. Y ha dicho el alcalde que no salga nadie, que no anden con bromas, ques muy mal ganau . Riau Riau». Podría ser que llegara alguien al pueblo y creyera que se trata de una sociedad pastoreada por demagogos que comercian con sus miedos y que a él nadie puede decirle que no salga de su casa. Si le advierten desde la experiencia que –si se pasea delante de la vaca brava– estaría poniendo en peligro al resto porque las reses bravas aprenden y se transforman en vacas resabiadas, pensaría que le están intentando incorporar al rebaño. Igual, prepotente y todo, cree que puede correr el encierro borracho, pese a estar prohibido. Los colegas corredores habituales tratarán de disuadirle porque se pone en peligro a sí mismo y a los demás, y cuando la Policía, con la aquiescencia del público, le saque, se considerará un chivo expiatorio. Con las reses bravas es muy claro: se ven y tienen cuernos. Con los virus hay un inconveniente: no se los ve sin un dispositivo científico. Se puede defender el individualismo como hipótesis y desarrollar sesudas reflexiones sobre chivos expiatorios, pero, a veces, un bichejo invisible evidencia nuestra debilidad e interdependencia y quizá sería una oportunidad para reflexionar sobre la cooperación como un modelo de vida más humano; es decir, menos prepotente y más realista.
Francisco del Amo del Villar. Pamplona (Navarra)