EL BLOC DEL CARTERO
¿Prescindibles?
No son pocas las voces que se alzan frente a los efectos que las medidas para el control de la pandemia tienen sobre la vida ... de los mayores, especialmente de los que viven en una residencia. Mientras buena parte de la población hace una vida casi normal, incluso en un escenario de rebrote o de segunda oleada, ellos llevan desde marzo con restricciones a su actividad y posibilidades vitales que, como nos apunta una carta, llegan a comprometer su dignidad y su libertad. Nadie puede a estas alturas ignorar el riesgo aumentado que la enfermedad representa para ellos, y creemos que esas limitaciones se imponen para su protección, pero a los afectados les asalta la duda de si el recorte que sufren en su ya mermada capacidad de acción no se deberá a que, en cierto modo, de ellos creemos poder prescindir.
LA CARTA DE LA SEMANA
Maestrillos de bolsillos
«Vago, sinvergüenza, ya es hora de volver a trabajar tras tantas vacaciones, quién fuera maestro…». Palabras que cada septiembre duelen. Ahora mételas en tu mochila y vete al colegio, al curso más difícil que quizá vayas a vivir. Toma aire, ensaya tu sonrisa y entra en la sala de profesores. No hay ya murales ni decoración, todo está señalizado y las ventanas, abiertas. Tus compañeros también han cambiado. Unos llevan mascarillas de arcoíris o con dibujos de colores pensando en sus alumnos; otros han aprendido a sonreír con la mirada. Y los más fuertes lloran por todos nosotros de impotencia ante tanta injusticia y falta de recursos. Pero tenemos algo en común: si de algo sabemos los maestros es de disfraces. En diez minutos empezará la clase y nuestro público espera impaciente... Nos pondremos nuestra larga capa con dos grandes bolsillos. En uno guardaremos lapiceros, tizas, gafas, tiritas... En el otro, los besos y abrazos que daremos a nuestros alumnos cuando esto pase. Suena el timbre. Empieza el show. Y qué hacemos con las malas palabras, pregunta el conserje. Las tiramos al contenedor de reciclaje: así podrán reutilizarlas quienes, cada año, hagamos lo que hagamos, nos critican.
Nerea Axpe González (Correo electrónico)
Por qué la he premiado… Por la reivindicación, tan humilde como emocionante, del propio oficio.
Derecho a una vida digna
Como familiares de una persona residente en un centro de mayores, queremos mostrar nuestra disconformidad y preocupación ante las medidas restrictivas que se están tomando debido al incremento de casos de COVID-19 y que repercuten directamente sobre la población anciana residente en estos centros. Creemos que estas medidas, adoptadas bajo el argumento de proteger la salud de las personas mayores, suponen una vulneración a sus derechos fundamentales con consecuencias físicas y psico-sociales que no están siendo suficientemente consideradas, ya que es sobre las personas que habitan en residencias sobre quienes se han tomado las medidas más restrictivas durante el estado de alarma, y es a quienes primero se está limitando la movilidad, mientras que el resto de la población podemos seguir haciendo nuestra vida en esta 'nueva normalidad'. Y esto es así no solo por su mayor vulnerabilidad, sino también porque son un colectivo 'prescindible'. No producen ni cotizan (aunque lo hayan podido hacer) y tampoco consumen (o no lo suficiente). Resulta, por tanto, más ventajoso para el sistema económico y sanitario capitalista actual que se queden el mayor tiempo posible en lo que hasta ahora era su hogar y al que ante estas circunstancias más bien podríamos llamar internado o cárcel. ¿Y cuántas voces disconformes se han escuchado? No las de las y los propios afectados (una generación educada en el sacrificio por el bien común, obligada a acatar mandatos y a no quejarse). Tampoco hemos escuchado las voces expertas de quienes los atienden, que conocen las consecuencias que todo ello va a tener (y ha tenido) sobre la salud de sus residentes. La lógica del modelo de residencia actual responde más a las condiciones de quien provee los servicios que a las necesidades sociosanitarias de las personas mayores. No debemos olvidar que la autonomía y la dignidad no se pierden con la edad.
Familia Laquidain Azpiroz, Pamplona (Navarra)
Bar de barrio
Frente a mi casa, junto a un colegio, hay un bar de barrio de los de toda la vida. Es una zona de paso y no de tomar cañas. El dueño, de más de 60 años, se mantiene gracias a los cafés de los profesores y padres de alumnos, a la espera de la ansiada jubilación. Es un buen hombre, amable y atento. En los 20 años que lo conozco siempre había cerrado domingos, festivos y en agosto. A menudo lo veía esos días paseando con su perro. Este verano, me ha dolido verlo cada día abierto, festivos y domingos incluidos. Buscando los ingresos que no tuvo en el confinamiento, consumiciones de gente que, como él, estaba en la ciudad a pesar del calor. No ha tenido playa, montaña, chiringuito, barbacoa ni cocodrilo hinchable. Un verano diferente; áspero y duro, con la incertidumbre de lo que pasará con el curso escolar y la certeza de los cargos bancarios, que llegan inexorables y no entienden de pandemias. Mi respeto y admiración hacia todos los que, como él, luchan por sobrevivir en esta época.
Roberto Rodríguez Vesga (Bilbao)
Mi hijo no lo merece
He leído la Carta de la semana de hace unos números y, antes, en el periódico, las contradictorias medidas contra la COVID-19, parecidas a las que alude la carta. Apelan al sentido común, pero no lo tienen al no poder ser aplicadas. En la carta se dice que lo normal hubiese sido reducir el número de alumnos, contratar más docentes y otras medidas lógicas. Hace meses sabíamos de los rebrotes... ¿Por qué no se han preparado docentes, sanitarios, espacios públicos y privados? Somos una ganga para este sistema. Por primera vez en mis 52 años vi a todos los expertos y gobiernos decir lo mismo. No hubo incompetencia, dejadez o falta de coordinación. No quieren, así de simple. Como decía José Luis Sampedro: «Nos educan para ser productivos y consumidores, nada más». Sin pensamiento crítico, no le daremos la vuelta a este sistema neoliberal de siglos. Nos han hecho creer que no hay posibilidad de cambio. Todo es mercancía; el dolor y la muerte también. Habrá contagios y muertes, todos asumidos... Mi hijo no merece 'acostumbrarse' a esta normalidad.
Arturo Fernández Ferro (Tarragona)
Los buscadores de tesoros
Ya nos avisaban de que lo digital iba a terminar con lo impreso, pero afortunadamente muchos años después seguimos utilizando los periódicos impresos; debe de ser por la erótica del papel, por el tacto de la noticia y la diversidad, y también porque quedamos muchos románticos a los que nos encanta ir a comprar el periódico y echar el chascarrillo con el vendedor habitual. Pero ahí está el problema, amigos: en localizar el punto de venta de nuestro querido periódico, no ya el quiosco, que es muy obvio. Y es que en poblaciones pequeñas, como en la que yo habito, se han ido cerrando las papelerías. Bien por la edad de los propietarios o por la desidia de unos y otros, los periódicos han pasado de venderse en los 'puntos de venta habituales' a los supermercados, panaderías, fruterías, etcétera. En espera de que lleguen a los bazares chinos. Este es un homenaje a los buscadores de tesoros impresos, a los que nos gusta el tacto y el olor real de las noticias, y que recorremos las calles en su búsqueda.
Francisco José González Martínez, Tarazona de la Mancha (Albacete)
Mejor es callar
Hoy cualquiera sabe de todo. Basta una breve estancia en cualquier terraza, local o establecimiento para comprobarlo. No se asombrará usted si encuentra a varios epidemiólogos instando el confinamiento de tal o cual municipio, un puñado de juristas debatiendo sobre la constitucionalidad de las medidas adoptadas por el Ejecutivo autonómico o nacional, y más de un conspiranoico que, en una especie de conciliábulo improvisado, alude a supuestos complots a escala mundial. Tal y como la mascarilla impide la transmisión del virus de la COVID-19, los ciudadanos han de reflexionar sobre su contribución a la propagación de otro 'virus', el de la desinformación, que lleva a la constante crispación y cuestionamiento de toda decisión proveniente de las autoridades. La necesidad de una sociedad crítica no es óbice para reprobar la actitud de quien opina sin conocimiento de causa y, por si fuese poco, todavía trata de imponer dicha opinión. En estos momentos tan trascendentales conviene recordar las últimas palabras del Tractatus logico-philosophicus, de Ludwig Wittgenstein: «Sobre lo que no se puede hablar, mejor es callar».
Alejandro Velo Rodríguez (A Coruña)
Transformación
Seguimos pensando en un pasado que no va a volver. Los sucesos que estamos viviendo desde la primavera de este año están marcando un futuro en distintas materias. El teletrabajo es una realidad de distintas percepciones según quién lo analiza. La hostelería es otra realidad. En un país, tal vez, con el mayor de número de bares y restaurantes por habitante del mundo. Como sabemos, la pandemia ha acelerado cambios como los comentados. El futuro nos está marcando que la tecnología y la digitalización son la tendencia. Debemos empezar a pensar la necesidad de crear actividades económicas en torno a ellas. Mirar al pasado en busca de respuestas nunca ha sido la solución. El Estado debe dar cobertura económica en este proceso de transformación, que va a exigir reciclaje y formación a muchos trabajadores de sectores obsoletos.
Pedro Marín Usón (Zaragoza)
Así nos va
Día 3 de septiembre, doce de la mañana. Paseo por la calle de Fernández de los Ríos con mi nieta de tres años. Nos vamos a cruzar con un joven que está sentado en el alféizar de una tienda mientras habla por el móvil con la mascarilla de 'sujetapapadas'. Aparcado junto a él, un coche de la Policía Municipal con la ventanilla bajada. Me dirijo al conductor, su compañero está dentro de un garaje, haciéndole ver que el joven está sin mascarilla. «Es que está hablando por teléfono», responde. Le informo de que yo, cuando uso el móvil, no me quito ni me bajo la mascarilla. «Bueno, es que hace un momento estaba fumando», le disculpa ante mi sorpresa. «Pues haberle multado porque en esta acera es imposible mantener la distancia de dos metros», le digo. A todo esto, el joven en cuestión permanece totalmente ajeno, metido en su conversación. El agente, que no logra evadirse de mi insistencia, decide, claramente incómodo, llamar la atención al joven para que use la mascarilla, sin más. Así nos luce el pelo en Madrid... y en España.
Miguel Fernández-Palacios Gordon (Madrid)