EL BLOC DEL CARTERO
Primaria
Nos hemos cansado de oír en los últimos meses lo importante que es la Atención Primaria para detectar y contener los problemas de salud pública ... antes de que nos desborden. Coinciden en ello todos los expertos, y los políticos lo recogen en sus discursos y lo proclaman a los cuatro vientos: otra cosa es que se preocupen de dotarla como deberían o en la misma medida en que se preocupan de asegurar que no faltan recursos para sus prioridades partidistas o personales. Pues bien, la carta de la semana ofrece una instantánea nada halagüeña de esa Atención Primaria que debe protegernos y a la que ni los que mandan ni los que la usamos le tenemos el respeto y la consideración que merece. Nuestro enemigo microscópico no se da por aludido por nuestras proclamas. Solo le afectan nuestros actos.
LA CARTA DE LA SEMANA
'Su' normalidad
Los profesionales de un centro de salud nos reencontramos con ciertos usuarios y/o acompañantes con kilómetros de derechos y centímetros de obligaciones que exigen 'su' normalidad, dando por hecho que, para ellos, no existe pandemia alguna. No aceptan esperar el triaje en la entrada. No usan la mascarilla correctamente. No pliegan el patinete. Acuden con mucho tiempo de antelación, haciendo corrillos sin distanciamiento en las salas de espera. No aceptan el criterio del profesional. Son maleducados. Exigentes. Chulos. Impacientes. Nos tachan de que no trabajamos, de que solo se trabaja en el hospital y de que solo usamos el teléfono (no voy a especificar el esfuerzo y trabajo que se realiza cada día, el número de pacientes que se atienden presencialmente y que se desconoce). Nos insultan, nos ningunean, nos amenazan y nos agreden. Y siguen a sus anchas, sabedores de su prepotencia. ¿Qué profesional les enmienda la plana a sabiendas de que puede que le partan la cara? Este es parte del día a día de los profesionales de la Atención Primaria. Seguimos invisibles e indefensos. Aun así, seguimos cuidándolos. ¿Qué tal un poco más de respeto y atención al profesional?
José María Marín. Málaga
Por qué la he premiado… Por si se da por aludido quien corresponda.
Sustituto de la espiritualidad
Nuestra época se las da de escéptica. La mayoría afirma que solo cree lo que ve y que ha dejado atrás la religión en favor de otras formas más racionales de ver la realidad. Sin embargo, las creencias son hoy más fuertes que nunca. Pero no las basadas en la religión, sino en las ideologías políticas, pobre sustituto de la espiritualidad. Los creyentes en una ideología actúan como los más cerrados seguidores de un dogma: disculpan cualquier falta de sus líderes, eximen a sus ideas de cualquier refutación por la experiencia, esperan el porvenir beatífico al cual sacrifican el presente, caen en un sesgo de confirmación que los lleva a fijarse solo en lo que refuerce sus creencias… Nuestra época se felicita de haber superado las antiguas formas de creencia, pero ha transformado una forma de elevación en otra forma de sumisión.
José Manuel Sánchez López. Huelva
Sintonizar en blanco y negro
Pese a la distancia y las mascarillas, la convivencia en el aula en la jornada electoral fue enriquecedora. Interventores, miembros de la mesa, apoderados y organizadores nos limitamos a lo cotidiano y olvidamos por unas horas las txartelas que nos identifican con un color o unas siglas. Apenas hablamos de política y compartimos risas, cafés y bocadillos. He visto a militantes de posiciones antagónicas saludarse, ofrecer ayuda y felicitar al adversario. Y, al salir, cada uno a lo suyo. ¿Por qué es tan difícil trasladar este clima a la calle, a los medios, a los debates o a los congresos?
Luis Bañeres. Bilbao
Europa como patrocinadora
Holanda representa al liberalismo puro donde el individuo, debe hacerse responsable de su vida. Existen derechos, pero más responsabilidades con uno mismo y con los demás. Su ética protestante profundiza en el individualismo y la autosuficiencia. En los países latinos pensamos que la familia y el Estado deben protegernos hasta de nosotros mismos. La realidad de no gastar más de lo que tenemos ni nos interesa ni nos concierne. España o Italia exigen solidaridad a otros por la incapacidad de gestionarse a sí mismos. Es bochornoso y triste que nos quejemos de todo por no saber ni querer asumir nuestras responsabilidades como sociedad adulta. No entendemos que la deuda o el déficit del Estado son tan importantes como nuestra cuenta bancaria. El problema es la moral derivada del pecado y la virtud. La solución está dentro de España, como dijo el presidente Rutte. Cambiar la moral católica, eso nunca, ¿verdad?
Pablo Fuentes Cid. Valladolid
No solo de pan muere el hombre
Quiero referirme a ese que lleva por apellido 'demia', convertido ya en el último grito de cualquier parrilla informativa. Y, aunque las reflexiones éticas no activen suscripciones con la misma efectividad que las –supuestas– cifras de muertes y contagios, nuestras vidas ya adolecían de un virus irrefrenable, ruin y mezquino acoplado a nuestro día a día. Lo digo porque su ADN incorpora indiferencia, acomodamiento y victimismo a raudales. Por desgracia, contra esta enfermedad social no existe tratamiento ni vacuna viables. Quizá podamos aprovechar esta situación a la que nos enfrentamos para fabricar un antídoto, sin limitar nuestro altruismo a pancartas de colores y aplausos de ocho en punto.
María Ruiz de la Cuesta Vela. Pamplona
TikTok
La polémica TikTok es amplia. Tenemos a Anonymous pidiendo que la borremos porque China la usa para espiarnos; a China negándolo; a psicólogos alertando de su uso por niños cada vez más pequeños; y, por último, a los usuarios divirtiéndose con ella. Lo del espionaje es una estupidez porque, si no te espían los chinos, serán los americanos con Google, Alexia o tu smartphone y, si no, tu madre. He entrado en TikTok y los vídeos son geniales, no hacen daño a nadie. Pero una sensación de vacío se apodera de ti tras usarla, ya que solo hay gente haciendo el tonto y animándote a que lo hagas. Es genial porque a todos nos gusta hacer el tonto, pero si convertimos esta app en la base de nuestro ocio, de tanto ver y hacer el tonto nos volveremos idiotas, como ya está sucediendo.
Roberto Rodríguez Vesga. Bilbao