EL BLOC DEL CARTERO
Proporcionalidad
Con la segunda ola de la pandemia golpeando ya con fuerza a Europa, se acumulan los reproches y las preguntas. Algo hemos hecho mal, no ... solo los españoles, sino todos, ya que una amenaza que sabíamos ahí ha vuelto a encontrarnos la espalda y a sacudirnos sin piedad. Quizá sea una llamada a ser algo más humildes, a aceptar que nos falta demasiado por saber del virus y que todos los errores, nuestros y de nuestros vecinos, se resumen en uno: haber pensado que esto ya estaba hecho. En lo que toca a las preguntas, la principal ahora es dónde encontrar el punto justo a la hora de restringir derechos para no menoscabarlos más de lo que sea necesario. Tal vez, apunta un lector, este virus nos imponga otro sentido de la proporcionalidad, que va contra nuestra intuición, como tantas otras cosas en estos tiempos.
LA CARTA DE LA SEMANA
Vivimos en una sociedad habladora, cotorra e incluso, me atrevería a decir, cotilla. Hablamos hasta debajo de las piedras, en bares a grito pelado, en la cola del súper con esa vecina que vemos siempre y nos dice lo mismo, con el carnicero sobre el tiempo, con los amigos y sus novedades. Hablamos y no paramos y, de repente, un bicho nos ha bajado el tono porque, aunque no nos calla nadie, ahora hablamos detrás de ese muro impuesto desde el que nuestra voz ya no sale limpia y clara. Y es como si nuestros pensamientos en alto chocasen en esa tela, rebotando una y otra vez, subiendo hacia la nariz, que se las apaña para coger aire. Nos miramos sin saber si sonreímos o ponemos cara de asco. Por eso pongo este título: hablamos desde dentro, ignorando si nos habrán escuchado bien o si nuestras frases serán meros ruidos en el aire. Pero lo que más me preocupa son los niños que están despertando a la vida, porque verán a las personas todas iguales. Lo que me pasa a mí desde que me trasladaron a otra tienda en julio. Ni sé cómo son los clientes ni ellos cómo soy yo a cara descubierta, porque no me han visto y solo conocen mis ojos, mi pelo y una voz distorsionada que se va apagando con la jornada. Es muy triste, pero hasta que no llegue el milagro, seguiremos hablando y mirándonos desde dentro.
Victoria Montiel García. Pamplona
Por qué la he premiado… Por su mirada sobre esta nueva cotidianidad, que no deja de desconcertarnos.
Medidas desproporcionadas
Creo que a estas alturas todos deberíamos tener claro que hay una forma en la que cualquier país avanzado podría haber controlado la pandemia: sencillamente, aplicando a tiempo medidas desproporcionadas. Una medida desproporcionada es, por ejemplo, tras un único contagio confinar en su casa a una gran población y hacer miles de pruebas en pocos días. Con estrategias desproporcionadas, la vida social y económica se mantiene en marcha y se producen pocas muertes. Desafortunadamente, esta opción, además de para las dictaduras, solo está a disposición de gobiernos competentes que cuenten con la confianza de sus gobernados. En la medida en que falten tales virtudes, los gobernantes han de recurrir a medidas proporcionadas, como las que vemos cada día en los telediarios: «Por haber llegado a tal nivel de contagios, tomamos estas decisiones». De alguna forma, su autoridad sola no es suficiente, necesitan el apoyo de la propia crisis. Lo más grave es que, al contrario de lo que se consigue con la primera alternativa, esta estrategia supone un ritmo continuado de muertes, sufrimiento y penuria económica para toda la población.
Francisco López Gomáriz. L'Hospitalet (Barcelona)
Fuera de control
El coronavirus está, una vez más, fuera de control. El Gobierno es en parte responsable por dejación de funciones. Pero no es el único. Quiero dirigir esta carta a todas las personas que han hecho caso omiso de las normas establecidas para evitar la expansión del virus. Estas personas no solo ponen en peligro la vida de nuestros mayores, demostrando un egoísmo e insolidaridad mayúsculos. Además, ponen en peligro la vida de todas las personas que van a cerrar sus negocios o se van a quedar sin empleo a raíz de la paralización de la economía. Para terminar, una nota: esos jóvenes que continúan de fiesta (no son todos) no se dan cuenta de que los primeros perjudicados de su actitud infantil van a ser ellos mismos y sus compañeros, ya que cuanto más dure el estado de alarma, mayor será la crisis económica y, por lo tanto, más complicado van a tener encontrar un trabajo en el futuro inmediato.
Jacobo San Román Marshall. Madrid
Las cosas, en su sitio
Llevo unas semanas que, aunque por carácter tiendo a ser optimista siempre, me cuesta ver cosas positivas en las noticias que llegan: peleas, insultos, toques de queda, prohibición de reunirme con amigos y familiares, pandemias, intento de corromper el Estado de derecho, mentiras, conspiraciones globales… Encima, en Santiago no para de llover, y hasta pierde mi equipo de fútbol contra uno ucraniano que no conocía nadie hasta que se enfrentó contra nosotros. Y, de repente, ayer me cuentan la historia de Miquel, universitario de 18 años, sobrino de un buen amigo. Le diagnosticaron un sarcoma de Ewing. Empezó una 'quimio' de urgencia debido a que su estado de salud cae en picado. Consiguen salvarlo. Pasa un año, 15 ciclos de 'quimio', 40 tandas de 'radio', y sigue con un pronóstico muy malo y con tres tumores en el pulmón. Dice: «No tengo ningún miedo en afirmar que sí, nunca en mi vida he sido más feliz». ¿Cómo? Él lo explica: «Desde entonces, todo ha sido felicidad, he visto más claro que nunca que quiero ser herramienta de Dios para hacer más feliz la vida de los que me rodean y acercarlos un poco al Cielo. He aprendido a amar a todo el mundo, amar sin excepciones, amar sin medida. He aprendido a vivir de verdad, no a medio gas, sino con la máxima intensidad que la vida nos permite, con la sexta marcha siempre puesta... y a valorar las pequeñas cosas del día a día, la comida, una ducha caliente, el poder hacer deporte, el dormir en su cama, una charla con un amigo, el tener la libertad de hacer lo que le guste, porque un día todo esto se puede perder. El hombre está hecho para amar y ser amado». Y yo repaso lo que me preocupaba y entristecía. Sonrío, y le doy las gracias a Miquel por ayudarme a poner las cosas en su sitio y valorarlas en su justa medida.
Ernesto López-Barajas González. Santiago de Compostela
¿Qué nos está pasando?
No es una pandemia, ni es una crisis económica, ni es una crisis política. Cuando observo a mi alrededor, no solo veo a mis compañeros sanitarios cansados: veo odio en las miradas, crueldad en las palabras, rencor en los corazones y un ánimo que tiende a la indignación como primera respuesta a todo. Veo a paisanos míos que han estado yendo a bodas, bautizos, comuniones, botellones y saraos durante este verano –muchos de los cuales no han tomado en todo este tiempo una sola precaución– indignándose ahora con los políticos que recientemente han tenido una cena similar. Veo que las quejas no se acompañan de propuestas ni de voluntad de entenderse, sino de avasallar y acabar con el que piensa algo distinto. Y, en medio de todo esto, creo que falta una reflexión personal (y no social) mucho más profunda: ¿qué me está pasando y por qué me invade la crispación a mí, que me dedico profesionalmente a salvar vidas como médico (entre otras cosas)? ¿Cómo puedo crear más soluciones que problemas? No. No voy a permitirlo: yo quiero ayudar al que está en dificultades delante de mí, día a día, y que morirá si nadie hace nada por él. ¿Qué quieres hacer tú?
Samuel García Moreno. Logroño
Deuda
'Coronavirus', 'confinamiento', 'desescalada'. Estos son los términos más usados en los tiempos que corren, y no es para menos. Pero también hay otro término que debería preocuparnos y que nos lleva persiguiendo desde hace tiempo: 'deuda'. La situación española no podría ser peor, con una deuda pública que alcanza el 110 por ciento, que son aproximadamente 1.290.799 millones de euros en julio de este año. De media, cada persona debe unos 27.000 euros. ¿Y España qué ha hecho para solucionar esto? De momento, Vox arremete contra Sánchez con una moción de censura fallida, don Juan Carlos abandona España y nadie se preocupa por la crisis que se viene encima y que durará años. La nueva crisis vendrá con más fuerza que antes, ya que somos uno de los países con más deuda acumulada de la Unión Europea y, como la situación no cambie, España se hundirá y sufriremos una crisis que durará años y años.
Lucas Guijarro Gil. Correo electrónico
Ensuciarse
Mancharnos, jugar con palos y volver a casa con el pantalón agujereado. Aquello que hacíamos cuando éramos pequeños es justamente lo que imposibilitamos a millones de niños durante la primera ola de la pandemia. Desconocemos aún los efectos que dicha privación de jugar en la naturaleza tendrá en los niños, pero previamente, antes de la pandemia, ya existía un incremento en Occidente de enfermedades autoinmunes entre los más pequeños. Un reciente estudio finlandés afirma que los niños que pasaron un mes jugando durante un par de horas al aire libre entre plantas y tierra fortalecieron su sistema inmunológico. Estudios similares realizados en Japón con adultos muestran resultados similares. Si realmente se trata de un virus de interiores, esperemos que en esta segunda ola que estamos ya surfeando como podemos, tengamos en cuenta la necesidad de los niños de ser niños. La clave podría estar en lograr un equilibrio entre mantener las medidas de higiene y seguridad propuestas para hacer frente al SARS-CoV-2 en interiores y dejar a la vez que los niños se ensucien y vuelvan a casa con la ropa embarrada tras jugar al aire libre. Nunca me había molestado menos poner la lavadora.
Ekaitz Saies. Donosti (Guipuzcoa)
Todos somos responsables
A pesar de todo lo que se ha ido diciendo en estos últimos días de poscuarentena, los adultos no deberían juzgar sin saber, pensando que todos los jóvenes somos iguales, pues los jóvenes solo estamos siguiendo las instrucciones de nuestros mayores, quienes lo estarán haciendo mejor o peor, pero no cabe duda de que todos somos responsables en cuanto a la gestión de la pandemia, tanto los jóvenes como los adultos. No se debe juzgar a una persona sin conocer sus circunstancias, ya sea joven o anciana, y menos aún generalizar.
Jaime Poveda Hernández. Correo electrónico