El bloc del cartero
Relato
El abuso que se ha hecho de la palabra la ha desprestigiado acaso injustamente. Como dice nuestra carta de la semana, somos seres narrativos, y necesitamos un relato casi para todo: para saber quiénes somos, para entender en alguna medida dónde estamos y, sobre todo, para ingeniar qué podemos hacer con los días que tenemos por delante. Cada uno, en lo que individualmente le concierne, y todos, de cara a los empeños comunes. Dice el autor de esa carta que treinta años atrás disponíamos de un relato común, y que eso es lo que añora por encima de todo. Que haberlo perdido, a cambio de multitud de relatos en conflicto, es la raíz de nuestros males. Tal vez el recuerdo embellezca algo el pasado, pero de la fealdad de esta cacofonía narrativa de hoy cada día quedan menos dudas.
Cartas de los lectores
Te ganaré, vejez
Mi madre transita entre los 80 y los 90 y tras unos meses difíciles (un ictus y más) me pesa en el pecho la nube ... del tiempo. La vejez me quiere robar a mi madre, figura celosa (vejez mezquina), me engaña para que olvide todo lo bueno vivido junto a ella y me enfade cuando no la entiendo. La veo reírse (perversa vejez) si me siento impotente porque en momentos no conozco a esa mujer de la que partí, pero yo la combato (cobarde vejez) y empuño armas diversas, empapelo mi tristeza (amarga vejez) con fotos de momentos, de viajes, de familia, recuerdos de nanas cantadas y cuentos oídos en la oscuridad, guardando en mi mesilla de noche, cercana al sueño, la preciosa postal que me escribió hace unos años para recordarme como se alió con el mar para ponerme su nombre. Te ganaré, vejez, porque puedes destruir el futuro, pero solo si los puentes de amor y cariño del pasado no son firmes, y los de mi madre conmigo son indestructibles, trenzados cada día durante 58 años. Te despojaré, vejez, de lo malo para que quede la serenidad en la que cada instante sea un rayo de luz.
Mar Eguiluz. Madrid
Claudicamos
La última generación es la nuestra. Las siguientes nunca podrán ir a lugares comunes de nuestros antepasados. No disfrutarán de ríos, bosques o fauna que por siglos estuvieron ahí. No habrá primavera, verano o invierno. Calor y frío extremos y desertificación serán a lo que se adapten nuestros hijos. Llega lo desconocido. Los expertos dicen que el cambio climático nos afectará sociológica y biológicamente. Lo peor es el razonamiento de un padre cuyos hijos acuden a la misma escuela que el mío: «No sufrirán porque no lo habrán conocido». ¡Qué impotencia! Hemos claudicado. Somos el fracaso del Primer Mundo. Me avergüenza pensar en el resto del planeta. Podíamos haber hecho mucho más y no solo culpar a gobiernos y empresas. Ellos no lo sufrirán, ni siquiera les interesa.
Arturo Fernández Ferro. Tarragona
Sabores de ayer
A mi abuelo, con cariño, lo llamaban «zoquete»: durante un tiempo se negó a salir de casa sin la zoqueta de carrasca que, en su mano izquierda, ocultaba un dedo cercenado. Parte de su jornal lo cobraba en especie y, cada semana, iba con su mujer a la aceña a transformar el grano en harina y pienso para los animales. Mientras, el que sería mi padre jugaba en la espuma que levantaba la rueda del molino. Mi abuela elaboraba y amasaba el engrudo, mandando luego a su hija al obrador, no sin antes hacerle una marquita distintiva para evitar conflictos de propiedad con los vecinos. Mi madre lo evoca mientras hacemos cola en la panadería. Añora la pérdida de los sabores y aromas naturales de ayer, también el hondo sentimiento de familia al sentarse todos a comer de ese pan en el que la aportación de cada miembro era vital para que la miga permaneciera unida.
David López Natal. León
La cultura
La cultura es la única herencia que crece a medida que es transmitida. Hoy, instituciones políticas y gran parte de la sociedad consideran que la cultura tradicional está obsoleta. Queremos ser hombres nuevos, progresistas, dejando la historia en su pasado. Hay una creciente inclinación a extender los poderes políticos sobre el ciudadano, no sólo por la opinión sino también por la legislación. Hemos decretado que la lengua es separatista; la literatura, sexista; la historia, modificable; la filosofía y el aprender de memoria; inútiles. El hombre progresista es contradictorio, ha revocado toda herencia cultural y se inquieta al ver surgir la violencia. Esta crisis de la cultura, de la familia y de los principios de autoridad no es un fracaso colectivo, es el resultado de un trabajo perfectamente meditado y planificado. ¿Qué quedará del hombre si la cultura es eliminada? ¿Sólo la barbarie? ¿Es eso lo que buscamos? ¿Por qué? Y ¿para qué? Revocar nuestra herencia cultural en función de consideraciones a la moda es destruir el único vínculo que nos conduce a la libertad personal y colectiva.
Adelaida Pérez Rodríguez. León
El relato perdido
Treinta años ya de los Juegos Olímpicos de Barcelona, de la Expo de Sevilla o de la Capitalidad Cultural Europea de Madrid. Imposible que nuestra mirada no se empañe con un velo de nostalgia. Sin embargo, las efemérides tienen una utilidad más allá de revivir recuerdos. También nos deberían servir para recuperar el contexto y extraer algunas enseñanzas. En 1992 éramos menos prósperos, diversos, globales y tolerantes. Pero, sin embargo, disfrutábamos de algo fundamental que hemos perdido: teníamos un relato. El ser humano es narrativo por naturaleza. Tiene que dar un sentido a su existencia. Saber, en definitiva, quiénes somos y hacia dónde vamos. Hace treinta años se sabía muy bien de dónde se venía y se tenía también un proyecto común compartido, el de ser un país moderno, es decir, equiparable a los de nuestro entorno. Ahora, en cambio, seríamos incapaces de encontrar un relato común, que nos oriente, que encauce nuestras muchas energías y capacidades. Hemos perdido el norte. De 1992 solo querría recuperar una cosa, el relato. Lo necesitamos tanto.
Àlex Ruiz. Sant Celoni (Barcelona)
Por qué la he premiado... Por mostrarnos que treinta años son mucho cuando uno se pierde en el camino.