EL BLOC DEL CARTERO
Sísifo
Como Sísifo se siente un profesor que nos escribe mientras acarrea hacia el aula los bártulos de la enésima reforma educativa no consensuada, ni entre las fuerzas políticas ni con la comunidad a la que se dirige. Como Sísifo se siente también este cartero, acarreando hasta aquí los mensajes de desesperación de quienes una y otra vez se ven solos ante nuestros jóvenes, sin las herramientas necesarias y obligados a hacer con ellos cosas en las que no creen, pero que la obligación legal les impone. Ni ellos tienen ya esperanza ni le asiste a quien publica estas quejas desde hace más de dos decenios. En un país donde ya no existe ningún consenso de Estado, es lógico seguir sin alcanzar este del que ya nos hemos habituado a prescindir. Aprenda quien quiera. O quien pueda.
Cartas de los lectores
Sísifo en las aulas
La enésima ocurrencia de la administración educativa tiene revueltas las salas de profesores, llenándolas de incertidumbre, desautorización y, lo peor, desincentivación del trabajo docente. La ... nueva ley educativa, como todas las anteriores, está llena de buenas intenciones y de denominaciones eufónicas. No obstante, como las anteriores, estará lejos de propiciar un cambio significativo. Enumerar las carencias de un sistema no otorga razón ni acierto a quien amontona prescripciones pedagógicas para solucionarlas. Como en leyes anteriores, los problemas reales quedarán intactos o empeorados. Enmarañar la programación didáctica de las materias no soluciona la inflación en los programas. La ley tampoco soluciona la inadecuación o ineficacia de la didáctica ni la dependencia adictiva de los libros de texto ni la falta de actualización. Multiplicar ad infinitum los instrumentos y criterios de evaluación no pretende una evaluación más rigurosa de los alumnos, sino el falseamiento de sus carencias mediante el desistimiento del profesorado ante regulaciones inicuas y que no entienden ni comparten. He visto ocho 'revoluciones educativas'. Las he visto fracasar todas en sus 'buenos deseos' y aumentar los efectos secundarios indeseables; desincentivación del esfuerzo y el aprendizaje, desacreditación del profesorado, falseamiento de la evaluación, descenso brutal de los niveles de los alumnos en un país que se pega tiros en los pies, pero necesita correr maratones. Veré la novena. ¿Los más perjudicados? Los alumnos que no puedan comprar formación o compensar una formación mediocre. No, no es casual.
Juan A. Muñoz. Alcalá de Guadaíra (Sevilla)
Retratados todos
Que si saben lo que es la intimidad les he preguntado esta semana con un enfado muy contenido a mis alumnas y alumnos de primero de ESO al enterarme de que en el aula me han sacado fotos y vídeos que luego han colgado en Internet, no sin un proceso de conversión artesanal a stickers y vídeos de diversa índole. Intimidad. (Ladean la cara). Les apunto, con toda la serenidad que atesoro, que eso a lo que han dedicado sus horas lectivas no es solo inmoral (caras impertérritas), sino ilegal (ojos como platos). Que si saben lo que es aprender de los errores, porque estos tienen consecuencias y que hay que educar en ello. Se lo pregunté a quienes tenían que tomar cartas en el asunto. (Algo de las manos atadas). Y aquí, ya que hace tiempo que entendí lo que es la desesperanza pegada a un teléfono que nunca contesta, pregunto a los que legislan sobre educación si saben lo que es la dignidad. La del profesorado. (Bocas cerradas). La única fotografiada, sí, pero no la única que queda retratada.
Mari Ane Eguía Sarachaga. Sodupe (Bizkaia)
Un nuevo libro
Con frecuencia, cuando leo un libro de novela histórica, sus personajes suelen formar parte de algún huerto de huesos donde son recordados, odiados o incluso olvidados. Más aun si este libro trata de guerras y batallas. Y en esas estamos, viendo como en Europa –también en el resto del mundo– surgen nuevos autores que se empeñan en escribir, llenos de orgullo, nuevas páginas de un libro donde un ejército invasor lucha contra un ejército defensor. Hechos que hacen emerger el aroma de un pasado, nunca olvidado, y nos desvela que todos los seres humanos estamos sometidos al contagio de la imaginación. Pero es al extraviarse esta cuando llegan el miedo, el fanatismo, los terrores religiosos y los grandes crímenes. Quizá hayamos pasado por alto, que el hombre más virtuoso puede ser el hombre más criminal; o quizá porque nos empeñamos en despreciar lo que la historia enseña, por creernos superiores a quienes nos han precedido. Y en esas estoy yo, empapado de desengaño por la mezquina suerte del estado humano y el exceso de guerras, aunque una vez fui soldado; y resignado a ver como se escribe un nuevo libro de guerras y batallas iniciadas por unos individuos que se empeñan en cultivar, a costa de los personajes de este, sus propios huertos de huesos. Preguntándome cuándo acabarán de escribirlo.
José Miguel Esparrell. Torre Pacheco (Murcia)
Perdone, señor revisor
Subo al tren sin mascarilla; ya me la pondré al sentarme. En cualquier sitio, por cierto. Soy guay. Mientras como unas tortitas de arroz a la puerta del vagón, veo subir a gente con prisa. Van en cualquier dirección, sentándose, como yo, donde les place. Otros, más disciplinados, buscan el número de su plaza. Pienso que está fatal que yo dejara mis cosas en cualquier asiento, sin comprobar que fuera el asignado. Antes de que la puerta se cierre, el revisor ya empieza a pedir billetes. Frunce el ceño, resignado a que otros como yo se han sentado donde les ha salido del bono. Del bono gratuito para viajar, oiga, pero de eso ya hablaron otros lectores. Me pongo la mascarilla y voy a mi sitio –que no es el mío– dispuesta a disculparme ante el revisor. Pero parece que ya no tiene fuerza de regañarme como a un niño. Comprueba mi billete y le doy las gracias, indicándole dónde están mis cosas. Resopla y mueve la cabeza como diciendo «esta gente no tiene remedio». Y sigue, sin oír mis disculpas. Termina de revisar el vagón y se mete en la cabina, preguntándose quizá por qué a la gente le cuesta hacer las cosas bien. Me pongo en su lugar y me propongo no hacerlo más.
Laura Fernández del Pozo. Ávila
Por qué la he premiado… Por conjugar, en nombre propio, el verbo que más omitimos y exigimos a los demás.