El bloc del cartero
Ucrania
Las historias de guerra son complejas y en ellas se entrecruzan oscuros y a veces inextricables intereses. Antes de que suenen las armas, siempre hay enredos y casi nadie está libre de malicia. Sin embargo, en todas las guerras hay alguien que abre el fuego y que procura hacerlo desde la ventaja. Es una decisión que lo convierte en agresor y que siempre pudo no haber tomado. Nunca hay razones inapelables para bombardear al prójimo: quien lo hace quiso, por algo, ir por ahí. Y si coincide que no es la primera vez, que gobierna por el miedo y no rinde cuentas a nadie, solo quien tenga alma de siervo puede justificarlo. A los ucranianos les ha tocado sufrir la ira de un déspota y su resistencia conmueve e inspira. Imposible no admirarlos, como a los valerosos rusos que osan oponerse a la iniquidad de esta guerra.
Cartas de los lectores
Mr. Petkov
Era búlgaro de raíz y ruso adoptado. Y profesaba. Lo conocí en San Petersburgo y, después del evento, quedamos para unas copas. Me habló de ... años muy duros, los de un chaval de doce que no entiende lo que pasa. «El tuétano helado, el hormigón, las alambradas, las sirenas. Un mundo de paredes. Todo un imperio, y pintado con solo dos rotuladores, chaval, a ver si te enteras. El gris y el verde tono sumiso. Tan militar y tan triste. ¿Cómo no íbamos a ser tan buenos en álgebra y ajedrez? Y me explicaban –en el tono de quien se dirige a un sordo– que más allá no había nada mejor. Y si no lo entendía, me lo ordenaban. No te imaginas lo que era un gulag, Luis. Lo de los campos de los nazis, pero con muchos menos likes. Luego hubo un poco de luz, cuando lo del muro. Vimos otros colores». Hace una pausa, me hace un gesto, le digo que sí, y me sirve un vodka. Él se pone dos. Y le tiembla un poco el pulso. Me mira, y veo en sus ojos la vida de un hombre de verdad. Si esa reunión hubiese tenido lugar hoy, mi nuevo amigo Petkov reviviría los grises y los verdes. Y tendría que controlar el vodka.
Luis Bañeres. Bilbao
Mi madre
Una madre es lo mejor del mundo. Una madre lucha por ti, se sacrifica por ti, lo da todo por ti, llora cuando tú lloras y ríe cuando tú ríes, te ayuda, te mima, te consuela, te aconseja, te escucha, te cuida y te quiere con toda su alma. Por esto y por muchas razones, yo la voy a ver cada noche y charlo con ella. Y le entrego un poquito de mi corazón. Y la cuido y la abrazo. Y la ayudo todo lo que puedo y más. Ella está enferma, sufre depresión mayor, insuficiencia renal y artrosis fuerte en una rodilla, por lo que apenas puede caminar, pero solo mi presencia hace más que toda la ciencia (medicación). Hay quien no me entiende… Muchas veces vuelvo llorando, de pena y de tristeza, pero más me va a doler su ausencia. Siempre quiero volver a verla, la adoro. Se llama Florentina, no quisiera escribir sobre ella a título póstumo, prefiero que lo lea aquí, ahora que puede hacerlo todavía y que leemos el XLSemanal cada domingo. Ella ha sido una gran luchadora, y lo sigue siendo. Es muy valiente, muchos días tiene que hacer un gran esfuerzo para levantarse. Y, además, ¡es tan buena! Nunca he conocido a una persona tan buena como ella. Desde aquí, mi pequeño homenaje, mi admiración y mi respeto. Ella sabe lo mucho que la quiero porque muchas veces le he escrito cartas, postales, poesías y dedicatorias. Así pues, hija mía, Lucía, aunque solo tienes diez añitos, sé que entiendes mis ausencias y valoras mi esfuerzo. A ti también te adoro y te cuido, te mimo, te consuelo, te escucho, te ayudo, te aconsejo y juego y te entrego mi corazón. Por todas las madres e hijas del mundo. Que nunca nos falte este amor.
Ana Barciela Tuda. Zaragoza
El precio de la libertad
Muchas veces, en las sociedades desarrolladas –y en concreto en España–, la función de los militares ha sido menospreciada, con frases «como los militares no hacen nada», «van a pasar el día a los cuarteles», «viven muy bien»... Desgraciadamente, ahora Rusia ha invadido Ucrania y –como siempre he comentado a todos los que no valoran el trabajo de los militares– cuando un militar tiene que salir a trabajar fuera de sus cuarteles o campos de maniobras es que algo malo ocurre. Llevamos dos años en los que se ha puesto de manifiesto el valor y la necesidad de contar con unas Fuerzas Armadas bien preparadas. La pandemia, la tormenta Filomena, la Operación Balmis, diversos incendios e inundaciones, rescates de todo tipo, el volcán de Cumbre Vieja en La Palma y el despliegue por distintos países ponen de manifiesto la importancia de los militares, que –incluso siendo los peor pagados de todas las administraciones: poco más de mil euros cobra un soldado– se juegan la vida al servicio de la sociedad y en aras de su libertad. Pese a que en su momento el presidente del Gobierno considerara que los presupuestos destinados a Defensa eran un gasto superfluo, el tiempo le está demostrando que hacer demagogia con ciertas cosas resulta muy frívolo, porque te hace bajar de las nubes: la libertad no tiene precio.
Agustín Aznar Sánchez. Zaragoza
El joven con la cara de cera
Ayer pude ver a un chico con la cara de cera. Lo vi en la portada de un diario de tirada nacional. Estaba tumbado, las manos sobre el pecho, con su casco de soldado a un lado, y muy cerca de una enorme rueda de caucho de un camión militar. Se le veía muy tranquilo y relajado. Dicen que al morir de esa manera, tan joven y de forma antinatural, el rostro puede adquirir un rictus forzado de dolor y sufrimiento. Pero su cara tenía un aspecto sereno. Muy bello. Se podía intuir que era muy joven, y en ese momento tenía un hermoso rostro blanco esculpido en mármol. Seguramente ese joven la semana pasada disfrutaba tomando cervezas con los amigos en alguna taberna de Khreshchatyk, la calle más comercial de Kiev. O paseaba y hacía planes con su preciosa novia en el parque Mariinsky. Pero ahora permanecía tumbado para siempre en un suelo lleno de barro. Sin vida. Casi con toda seguridad, lo había matado otro joven que hablaba su mismo idioma, que bien podría ser su hermano. Sin saber por qué. Sin motivo... Porque se lo habían ordenado. Estaba muerto porque un tirano malnacido así lo había decidido. Al ver esa foto, con el corazón encogido y sumido en la incredulidad, solo me queda pedir una cosa: que exista el infierno, Vladimir... Que exista el infierno.
Roberto Ibáñez Ferrer. Albacete.
La nueva guerra fría
Estamos asistiendo a la invasión de un autócrata a un país democrático. Putin, sin ninguna oposición en su país, llama al ejército ucraniano a dar un golpe de estado para convertirlo en un país autocrático, lo mismo que tiene en Bielorrusia y otras exrepúblicas soviéticas. Pero no solo eso: también amenaza a Suecia y Finlandia que su entrada en la OTAN les llevaría las mismas consecuencias que a los ucranianos y, seguramente con la misma receta. Llueve sobre mojado, porque en 2014 este gobernante ruso hizo lo mismo con Crimea, sin que las sanciones económicas occidentales le hayan cambiado su “tipo de gestión”. Hoy las amenazas occidentales suenan a soluciones que van a caer en “saco roto”, porque cuenta con el apoyo y colaboración de su aliado natural en China. Tras la última reunión entre Putin y Xi Jinping. en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Beijing, estrecharon aún más los lazos de unión; accidentalmente, la invasión rusa no se ha producido hasta que no han finalizado los Juegos. Estamos asistiendo desde hace un tiempo a la división en sistemas políticos democráticos y autocráticos en el mundo, donde la democracia cada vez está perdiendo terreno en países y ciudadanos. Es la nueva guerra fría del Siglo XXI. A diferencia de la del XX, esta vez los gobiernos autocráticos disponen de finanzas, materias primas y tecnología punta, junto a sistemas económicos y financieros como los que se establecieron tras la II Guerra Mundial en Bretton Woods, que les permiten no depender del mundo occidental. Estos acontecimientos nos recuerdan a los acaecidos en la antesala de la última guerra mundial. Sin duda, más pronto que tarde, el enfrentamiento bélico entre occidente y las autocracias va a ser inevitable. Si China se anexiona Taiwán, ¿qué harán las potencias occidentales?
Pedro Marín Usón. Zaragoza.
Tenían cosas más importantes que hacer
Eran jóvenes: él, delgado y de ojos claros y médico; su prometida, rubia y esbelta. En el verano de 2012 viajábamos en el mismo coche-cama que nos llevaba de Donetsk a Kiev, quizá el mismo en el que hoy huyen familias ucranianas. Yo iba con amigos a la final de la Eurocopa que España ganó. Llevaba todo el torneo siguiendo a la selección. Charlábamos mientras cruzábamos Ucrania desde el Dombás. Recuerdo los ojos de ella mientras escuchaba las aventuras de mi viaje, nada del otro mundo y todas alrededor del fútbol, pero que le parecían interesantes. En un momento le pregunté a él si le gustaba el fútbol y, muy serio, me dijo: «Yo soy médico, tengo cosas más importantes que hacer». Me sorprendió con qué convicción lo dijo y he tardado diez años en comprenderlo. Viendo cómo resiste el pueblo ucraniano, he vuelto a ver la misma actitud y la responsabilidad del deber, de tener cosas más importantes que hacer. Días más tarde, paseaba por la plaza del Maidán y escuché mi nombre. Eran ellos, sonrientes y joviales. Nos saludamos, eran tiempos felices. Recuerdo mucho lo acogedores que ellos y los demás ucranianos fueron con nosotros. No los podemos abandonar.
José María Carrascosa Díaz. Talavera de la Reina (Toledo)
Por qué la he premiado… Por una historia que ilustra la lección de coraje que hoy nos dan los ucranianos.