Mi hermosa lavandería
Blossom Dearie en el Danny's Skylight Room
Era uno de esos días de calor asfixiante en NYC, el asfalto se pegaba a la suela de los zapatos y las cucarachas del Chelsea Hotel salían a manadas y te las encontrabas de parranda cuando abrías los ojos, en el cabezal de la cama. No había bastantes zapatillas en el mundo para matar las cucarachas del Chelsea; los de recepción te miraban raro si pedías un matacucarachas. Uno me dijo: «¿Por qué no pruebas a hacerte amigo de ellas?» mientras los otros se reían por lo bajo. Resistí tres noches en el Chelsea y luego un amigo me dio cobijo en su apartamento del Bowery frente a un descampado donde las ratas celebraban sus raves cada noche. La ciudad parecía más amenazante que nunca entre la sinfonía de cláxones y sirenas de ambulancia y rostros sudados y el aire malsano saliendo de los aires acondicionados del Pleistoceno. Como tantas veces en mi vida, quizás incluso más en NYC que en otros lugares, la sensación de estar perdiéndome algo. Algo que me pasaba rozando en el metro, o en las escaleras del Metropolitan, o entre los patinadores a toda velocidad en Central Park, algo inasible, indefinible, eso que siempre estoy buscando y se escurre como arena fina azul en uno de esos relojes con caballitos de mar incrustados. En Central Station, me sentaba y pensaba en la escena de The fisher king cuando todos bailan, y pensaba en Amanda Plummer y en el cariño que le profeso y pensaba en todas las cosas buenas que había vivido hasta ese momento en mi vida, pero nada de eso bastaba para que esa sensación de ahogo y tristeza y agobio y nostalgia desapareciera de su refugio favorito: el hueco tras el esternón donde se acumulan todos los malos pensamientos y las ansiedades sigilosas. Compré el New York Times. Abrí por la página de Cultura y allí, en un anuncio muy pequeñito, estaba su rostro: Blossom Dearie se despedía del Danny's Skylight Room y daba su último concierto en un par de horas. Llamé temblando para preguntar si había entradas, temiendo que todo estuviera completo: había entradas. Caminé desde Grand Central Station y ya no me importaba tanto el calor o las manadas de turistas de rostro sudoroso: iba a ver a una de mis ídolas. Una cantante que me había acompañado desde la adolescencia cuando compré por veinte pesetas dos de sus álbumes en un mercadillo: nada sabía de ella, me gustaron su rostro afable y sus gafas sonriendo tímidamente en technicolor un poco gastado.
Daba su último concierto en un par de horas. Llamé temblando para preguntar si había entradas: había...
El descubrimiento de Blossom Dearie, como el de Kevin Ayers o Yma Súmac o Harry Belafonte o Frank Zappa, fue una revelación: ¿cómo una voz ... tan fina, de niña mayor, puede expresar tanto? ¿Tanta dulzura, tanta amargura, tanta melancolía, tanta dicha y tanta tristeza? Su voz me había acompañado en muchos momentos de mi vida, era la banda sonora de encuentros y desencuentros, veladas solitarias en hoteles sin estrella en lugares hostiles. Entré en el club, que era exactamente como me lo había imaginado: un lugar con la calidez de los lugares vividos, cortinas de terciopelo azul gastadas, mesitas con manteles raídos alrededor de un escenario con un piano. Y allí estaba ella, con su corte de pelo tazón, sus gafas, su risa cristalina. Una rebeca azul encima de un vestido de satén también azul, bromeando con un camarero. Sola en la barra del bar, donde le habían servido agua caliente con limón. Tragué saliva, me acerqué, me presenté y le di las gracias: por cantar como nadie las canciones de amor más bonitas del mundo, por seguir actuando con su rebeca azul y sus gafas, por haber interpretado Try your wings, que había formado parte de la banda sonora de Mi vida sin mí… Me cogió las manos cuando oyó el título de la película, me dijo: «Preciosa, qué película tan bonita…». Así nos quedamos un rato. Luego salió al escenario. Y me dedicó Try your wings y me di cuenta de que llevaba rato llorando y que fueron probablemente las lágrimas más curativas de mi vida.