Mi hermosa lavandería
Carreteras estrechas
Paso los veranos en un lugar de calles y carreteras estrechas. Dos coches a la vez no pueden pasar delante de mi casa, hay que esperar, recular, maniobrar y tener mucha paciencia. No es que la callecita que conduce al final del pueblo esté muy transitada, pero en las fechas cumbres del verano —31 de julio, 15 de agosto, 1 de septiembre— se oyen desde algún claxon aislado hasta el sonido inconfundible de la carrocería de un coche dejándose la pintura en las paredes, seguido de la palabra 'mierda' en alemán, flamenco o inglés.
También las personas deberíamos venir con estos pitidos de serie y que nos sonara uno en la cabeza para dar marcha atrás al acercarnos peligrosamente a alguien chungo
Yo reconozco que no sé maniobrar: aprendí a conducir en Los Ángeles, y como allí no tienen problemas de amplitud o de aparcamiento, directamente no ... te enseñan a hacerlo. Menos mal que los coches ahora van provistos de cámaras por todos lados y pitidos inflexibles que te indican por dónde tienes que ir y cuándo te vas a dar la castaña. Pienso que las personas también deberíamos venir con estos pitidos de serie: cuando te acercas peligrosamente a algo o alguien chungo, no estaría de más que nos sonara en la cabeza uno de esos pitidos para dar marcha atrás y no volver a cruzártelo en la vida.
Pero no, venimos al mundo sin dientes y sin libro de instrucciones: los dientes van indefectiblemente a doler cuando se abren camino por la encía y no hay manual de padres primerizos que valga para ahorrarle el dolor a la criatura. Hay que aprender: a aguantar el dolor, a dar marcha atrás y a rectificar cuando vienen mal dadas. Lo pienso en cada encrucijada, en cada camino, en cada puente exiguo donde apenas cabe un coche de los modernos, que parecen tanques. La mayoría de estos caminos sin siquiera arcén estaban pensados para un jinete en burro o un carro: no para que dos vehículos cargados de niños y bicicletas y mesas de camping se crucen grácilmente. Y ahí están los dos, parados, creyendo que es el otro el que tiene que recular y dejar paso, progresivamente enfadados.
A veces me pierdo por estas carreteras estrechas y puedo estar sin ver un coche durante horas. Aparco donde puedo y me adentro en el bosque, paseo un rato, los árboles me acompañan, temo por ellos. Aquí y allá hay algún abeto muerto, algún roble a punto de caer; me fijo en que el pequeño claro se ha agrandado, que en el riachuelo baja menos agua que la semana pasada.
¿Cuántas olas de calor ha habido este verano? ¿Acaso no empezaron ya en primavera? ¿Cuántos incendios? ¿Desde cuándo es normal una temperatura de 40 grados en una región rica en agua y bosques donde hace apenas unos años llegar a 30 grados era el colmo? ¿No debería ser esta la prioridad de todos los gobiernos del planeta? Es como si las lluvias de septiembre nos hicieran olvidar todo lo que ha pasado en los meses anteriores, como si lo borraran de nuestra memoria hasta que vuelve a ocurrir.
Cuando paso delante de mi puerta, ruego a San Cristóbal para que no venga nadie de frente. Este año lo he conseguido: todavía no he tenido que efectuar ninguna maldita maniobra. Pero el verano, aunque no lo parezca, no ha acabado todavía.