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Mi hermosa lavandería

Hablar de ojos

Isabel Coixet

Isabel Coixet

Los veranos son propicios a los encuentros insospechados. A que te cruces con personas a las que de otro modo jamás conocerías. La calle, el aire libre, las noches en las que refresca un poco te hacen tragarte tu pretendida misantropía, y un pueblo pequeño es el lugar ideal para esos momentos compartidos con extraños que de pronto se convierten en rostros familiares a los que casi aprecias.

La calle, el aire libre, las noches en las que refresca un poco te hacen tragarte tu pretendida misantropía, y un pueblo pequeño es el lugar ideal para los momentos compartidos con extraños

Este verano ha estado lleno de encuentros así, espontáneos e inesperados: familias de catedráticos de San Petersburgo anestesiados por el calor, convencidos de que el ... régimen de Putin caerá pronto (aunque no supieron decirme cuándo); mujeres solas –viviendo en enormes mansiones con la única compañía de dos gatos– que a los ochenta y cinco años deciden aprender una nueva lengua; mujeres que dicen 'basta' a las olas del pasado y empiezan una nueva vida, lejos de este; mujeres que aprenden a cantar en un coro pasados los setenta años; parejas que deciden abrir una librería después de retirarse de sus respectivos trabajos, porque ese ha sido siempre el sueño de sus vidas. Y mujeres jóvenes como esta que viene de Anatolia y lleva tan sólo once meses en Francia y está en ese momento en que ha aprendido el suficiente francés como para darse cuenta de todo lo que le falta aprender.

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