Mi hermosa lavandería
Los días chicle
Se estiran y se encogen, los días. Algunos parecen inusitadamente largos: nos da tiempo a hacer todo lo que pensamos en hacer el día antes, todo lo de la lista de cosas para hacer, lista que elaboramos a sabiendas de que igual no lo tachamos todo ni en un mes. Pero, nadie sabe cómo, hay jornadas elásticas que parecen multiplicar el tiempo. Y aún nos sobra. Pasamos por el banco a firmar algo que la app no admite desde casa, tomamos café con alguien a quien llevamos posponiendo el encuentro desde hace semanas, escribimos un prólogo para un libro, grabamos un pódcast, comemos con nuestra madre, vamos a un estudio de sonido a hacer una mezcla, hacemos un Zoom con 18 personas (aquí reprimiendo a duras penas el bostezo, es verdad), pasamos a comprar un regalo para un recién nacido y otro para que la hermanita no tenga celos y un tercero para la madre de las criaturas, para finalmente cenar con un amigo que vive fuera, al que hace años que no vemos, que justamente hoy está en la ciudad. Vemos con asombro cómo hemos podido ir tachando una a una todas las tareas de la lista y a la cama llegamos felizmente agotados y caemos en un sueño de esos profundos y vacíos como pozos.
Hacer muchas cosas puede ser estresante, más si quieres hacerlas bien. Pero te libera de mirarte mucho el ombligo y de darle vueltas a las cosas hasta que ya no tienen sentido
Hacer muchas cosas puede ser estresante, sobre todo si quieres hacerlas bien. Pero te libera de mirarte demasiado el ombligo y te libera de darle ... vueltas a las cosas hasta que las cosas ya no tienen ningún sentido. Estar en la acción más que en la reflexión puede ser hasta salutífero. Ya sé que no es lo que los nuevos gurús del bienestar recomiendan, pero yo, personalmente, lo que no recomendaría nunca a nadie es hacerle caso a un gurú del bienestar (y, por supuesto, tampoco le recomendaría a nadie que me hiciera caso a mí).
Otros días, los más, las veinticuatro horas del día no nos sirven para mucho más que malcomer, empezar e-mails que no enviamos y perder la paciencia por cualquier cosa. Días en los que el chicle está duro como una piedra y no se estira nada.
Una de las cosas que me reprocha (a veces incluso cariñosamente) mucha gente es que hago muchas cosas. Es curioso porque en mi cabeza yo siento que hago poquísimas; de hecho, hago muchas menos de las que me propongo y muchísimas menos de las que me gustaría. Mi chicle de vida no se estira todo lo que quiero y sospecho que cada vez se estirará menos. Eso es lo que me digo a menudo, que si no es ahora... ¿cuándo? Y pienso en Fassbinder, que decía que ya dormiría cuando estuviera muerto, que dirigió cuarenta largometrajes, otras tantas obras de teatro y murió antes de cumplir los cuarenta. ¿Intuía Rainer Werner que moriría joven y se dio una prisa extraordinaria en escribir, dirigir, enamorarse de las personas equivocadas, beber, comer y drogarse todo lo que pudo? ¿Planeaba hacer aún más cosas y se le hizo corto su periplo en esta tierra? ¿Qué haría cuando no hacía nada? Un tanguillo de Diego Clavel ya lo decía: «Que las horitas del día son veinticuatro, las mismas que me tienen acorralao».